Sin titulo

La Compañía de Jesús ha sufrido innumerables expulsiones particularmente de España y otras tantas ha sido rehabilitada. La última expulsión de los Jesuitas que nos atañe tuvo lugar en la segunda República mediante decreto de 24 de enero de 1932. Tras el fin de la Guerra Civil la Orden es de nuevo restablecida en España.

Esto nos hace pensar que en Segovia los Jesuitas se instalan en la segunda mitad del año 1939 es decir una vez concluida la Guerra Civil.

Al haber sido despojada, en otros tiempos, de sus sedes e iglesias que en Segovia fueron parte de lo que ocupa el seminario conciliar y su iglesia bajo la advocación de San Felipe y Santiago, sita en la Plaza del Seminario hoy de Adolfo Suárez, ésta de imponente fachada renacentista de bloques graníticos almohadillados, fueron alojados en un antiguo caserón sito en la plaza de Colmenares 1, (donde hoy se ubica la UNED pero en un edificio reconstruido), adjudicándoles para el culto la iglesia de San Sebastián. Su director fue el Padre Félix Fernández Achiaga al que no conocí.

El edificio tenía dos plantas: Baja y primera. En la planta superior los jesuitas tuvieron su residencia con capilla y en la planta baja en la que existía un hermoso patio porticado tenían su acceso dos grandes locales y una habitación de recibimiento de visitas con piano.

Una vez acomodados los clérigos implantaron dos clubes juveniles que se llamaron Congregaciones Marianas: Uno para niños (kostkas) con la advocación de San Estanislao de Kostkas y otra para jóvenes (luises) bajo el patrocinio de San Luis Gonzaga.

Para sus juegos y distracciones los kostkas tenían la habitación menor y los luises el local mayor que disponía de servicios y algunas pequeñas habitaciones accesorias. Hemos de reconocer que el año 1944 cuando yo las conocí estaban un poco desangeladas. Los oficios religiosos menores como la ‘sabatina’ se hacían en la capilla de la planta primera y para las misas se recurría a la iglesia de San Sebastián.

Un día mi amigo Gustavo Postigo me llevó un día del citado año a los kostkas y me gustó el ambiente. Solicité la inscripción que se me concedió y así conocí al Padre Cortázar que era el encargado de regir las dos congregaciones. A las pocas semanas en un acto solemne se me impuso la medalla con su cinta de kostka junto a otros niños aspirantes.

Por esta época conocí a Mariano Gómez de Caso Estrada que él era luis y yo kostka y aún recuerdo que entre los dos, yo encaramado a una escalera y él sujetándola, arreglamos una avería eléctrica que se produjo en la sede de los luises.

Los juegos que se practicaban eran el pingpong, el billar francés y de juegos de mesa el Ajedrez y la baraja. Era obligatorio asistir a ‘la sabatina’ naturalmente los sábados y a la misa dominical en la iglesia de San Sebastián.

A la edad de 17 años aproximadamente se pasaba a los luises, mediante otro solemne acto en la iglesia de San Sebastián en el que se imponía la medalla. En el interín el padre Cortázar fue trasladado a otra provincia y el prepósito general de la compañía nos envió al Padre Muro.

La amabilidad de este hombre y su entusiasmo por las congregaciones, atrajo a nuevos congregantes, en fin era un verdadero santo caído del cielo. Al poco tiempo de venir, reformó la sala de los luises con un lujo impresionante. Puso equipos de juego y mesas de casino nuevas, adquirió una magnífica radio con tocadiscos y profusión de discos con música clásica, ópera y zarzuela, etc. También instauró billares, pingpong, ajedreces, etc. Todo aquello tuvo que costar una millonada. Los congregantes nos peguntábamos de dónde podría haber sacado tanto dinero para embarcase en una obra de aquella categoría. En fin el misterio ha perdurado en mí hasta el día de hoy.

Pero de modo alguno olvidó los menesteres religiosos propios de las congregaciones ya que amplió las prácticas religiosas uniformando con capuchones a los congregantes para acompañar en procesión a un Cristo, que si mal no recuerdo pertenecía a la parroquia de San Marcos, agregándonos a la procesión de viernes Santo.

También implantó los ejercicios espirituales que se hacían en el mes de mayo en la iglesia de San Sebastián y que duraban una semana. A tal efecto traía unos predicadores especializados en estos menesteres. El penúltimo día el tema era ‘El demonio y la carne‘ y era tal el ímpetu que derrochaba el predicador que ya, en nuestra ignorancia, nos veíamos sufriendo las penas del infierno consistentes en abrasarnos el cuerpo por el fuego eterno a la vez que el perverso satanás nos pinchaba con su tridente.

Llevó a cadetes uno de apellido Barja, que era un gran ajedrecista e ilusionista de categoría nos enseñó a hacer juegos de prestidigitación.

A consecuencia de esto último mi persona se aficionó al ajedrez, llegando a ser un jugador aceptable. Es más en un campeonato que hubo entre los luises quedé campeón y obtuve de premio una corbata.

Por esta época jugaba frecuentemente al ajedrez contra el que era ya mi amigo Mariano Gómez de Caso que dicho sea de paso fue de siempre un gran aficionado pero contrastaba su gran afición con su forma de jugar que no era muy agresiva.

Entre las actividades lúdico-culturales que practicamos por aquella época fueron algunas excursiones, hacer teatro e interpretar guiones radiofónicos en Radio Segovia. Yo intervine en pequeños papeles en tres obras: ‘El último mono o El Chico de la Tienda’, ‘Volcán de Amor’ y ‘la Casa de la Troya’. Guiones radiofónicos hicimos varios aún recuerdo ‘María del Salto’, ‘Don Juan Tenorio’, etc.

Vivíamos en las congregaciones una arcadia feliz, cuando de la noche a la mañana el Padre Muro desaparece de Segovia por traslado, no sabemos a dónde iría y nos mandaron a otro que fue el padre Arín que las congregaciones ni le iban ni le venían, es más yo creo que para él eran un engorro. Así que para desentenderse de ellas contrató a un guardia civil retirado que puso de conserje llamado el señor Orejana, que era un déspota y nos traía a raya o sea transformó las congregaciones marianas en un cuartel. Un día a la hora de cerrar me destartaló sin contemplaciones una partida de ajedrez, yo me enfadé. Al día siguiente se ‘chivó’ a su modo al padre Arín y sin mediar palabra ni razonamiento alguno éste me despidió inmisericorde de las congregaciones, bruscamente terminó mi paso por estas asociaciones religiosas.

¡Qué mal recuerdo me quedó de este hombre que se hacía llamar Padre Arín! Pero algo bueno saqué de mi paso por allí y es la amistad eterna que adquirí con una de las personas más nobles y cultas que han pasado por mi vida, esto es mi eterno amigo Mariano Gómez de Caso Estrada (Q.E.P.D.).

En el año 1952, con la marcha de los Jesuitas de la ciudad de Segovia, las Congregaciones Marianas perdieron su apoyo y desaparecieron.

Aunque se salga del contexto quiero dejar constancia aquí de que durante muchos años, los últimos de nuestras vidas, hemos tenido una tertulia en el Café de San Millán, donde Mariano Gómez de Caso asistía a todas las reuniones, sin faltar jamás a una cita.