virginia mandolina
Violeta Veinte posa junto a la estatua de Juan Bravo y las flores colocadas con motivo del quinto centenario de Villalar. / NEREA LLORENTE

El ‘Canto de Esperanza’, himno oficioso de Castilla, está lleno de símbolos. “Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar”, reza el poema de Luis López Álvarez, que relata el trágico desenlace de los Comuneros. Las dos acepciones del verbo levantar, tanto sublevarse como reponerse de un golpe, muestran la convalecencia del folclore y su lugar en la sombra, en la España Vaciada. La versión, con la voz desconsolada de Violeta Veinte -el nombre artístico de ‘sumar’ sus dos apellidos, Díez Díez- abre en canal el espíritu de la letra y da verdadero sentido a lo que fue y sigue siendo: un lamento.

Sin la música que es nuestra, de nuestros pueblos, se pierde un poco la identidad”, subraya la cantante y violinista segoviana, que pone la voz y la mandolina eléctrica. Rodrigo Muñoz, percusionista del Mester de Juglaría, se encarga de la producción, rearmonización y del bajo. Además, Lucas de Mulder añade la guitarra eléctrica para una composición original de José Torregrosa. Ponen música a una letra que ya es sonora en lo filosófico: “En manos de rey bastardo / o de regente falaz / siempre añorando una Junta / o esperando un capitán”. Ilustra a la perfección el espíritu de un pueblo noqueado.

Su idea era dar una vuelta al folclore castellano y “cambiar un poco la sonoridad”. De ahí la creación de un grupo de folk-jazz llamado Cantos Rodados, traducción literal de Rolling Stones y con la idea de destacar ese concepto de “canto de toda la vida”. Hablan de una música “más jazzera” que aún está en producción, así que se sirvieron del quinto centenario de la batalla de Villalar para versionar el ‘Canto de Esperanza’. El vídeo está disponible en esta dirección.

El reto era mantener la esencia del canto original, pero darle una sonoridad más moderna. “Así que decidimos mantener la melodía original y darle una vuelta de tuerca a la armonía y la tímbrica”. En tiempos de pandemia, la confección tuvo miga. “Nos reunimos un día, Rodrigo se puso al piano y le salieron los primeros acordes uno detrás de otro. Grabamos esa armonía y luego me quedé yo sola grabando la voz. A los 15 minutos apareció él con un acompañamiento de guitarra precioso para la parte de la jota y nos encantó, así que decidimos tirar por la sonoridad de la guitarra eléctrica y por eso hablamos con Lucas”. El resto se hizo a distancia, cada uno grabando desde su casa, para que luego Rodrigo lo mezclara.

Historia con lecciones actuales

La canción ha tenido una parte pedagógica para Violeta. “Yo misma he tenido que repasar la historia de los Comuneros porque no me acordaba”. Una historia con lecciones para el presente. “Parece que no hay una identidad de comunidad hasta que no tienes un enemigo común. Y eso me da mucha rabia, porque parece que los castellanos siempre nos sentimos de menos”. Violeta lamenta que el folclore no se cante en las casas y que amigas de su generación que se han criado en sus mismos círculos no conozcan el Canto de Esperanza.Algo estamos haciendo mal”.

El resultado es una voz desgarradora y llena de melancolía que choca con la versión del Mester de Juglaría. Violeta relata un comentario de su tío que invitaba a experimentar la esperanza como un lamento: “No es una contradicción. Los anhelos duelen, aunque no dejen de serlo”. El dolor castellano es precisamente esa esperanza resignada que no se materializa pero a la que tampoco se resigna. Y ese es el imaginario presente, aunque las batallas con espada hayan sido reemplazadas por otras guerras más mundanas. “No es una cosa consciente, pero cuando escogemos estos acordes y no otros, es por algo”.

El reto del folclore es perdurar entre las nuevas generaciones. Violeta quiere hacer un videoclip para uno de los temas del disco que está preparando. Harta de ver bailes esperpénticos en Tik-Tok, pensó en meter una danza típicamente castellana como un baile de paloteo con una música más moderna. “Vengo de esa música y me encanta, pero lo que hago bebe de ahí también. No solo se han perdido los cantos, sino los bailes. Antes en las procesiones de los pueblos todo el mundo bailaba, ahora los jóvenes casi no saben bailar una jota”. ¿Se imaginan a los adolescentes haciendo paloteos en Tik-Tok? Violeta sí. “Me flipa esa idea”, sonríe.

La pandemia y sus restricciones han empañado un escaparate ideal para la efeméride comunera. Apenas hubo ofrendas en Villalar y los conciertos fueron por streaming. “Es una especie de lamento conjunto, aunque sea a distancia. Algo bueno tiene internet”. La era Covid ahonda en la desolación. “Yo pensé, Canto de Esperanza. Pero, ¿esperanza de qué? Es como un recuerdo de esperanza”. Si aquel poema tuviera sonido difícilmente podría elegir una voz más fiel a su esencia.