La deuda, de John Madden

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Se publicita “La deuda” (The debt, 2010) con varias citas de revistas de cine que aconsejan su visión, reivindicándola como una gran película, casi como una obra maestra que no hay que dejar de ver. Evidentemente no van a adjuntar a esta publicidad otras citas posibles en las que le den un varapalo. Lo curioso es que estas citas podrían ser simplemente el reflejo de lo publicado en esas revistas, aprovechando los pressbooks que suelen recibir enviados por quienes tienen la obligación de vender el producto. Es decir que las frases recogidas en esa publicidad interesada, quizás no respondan a lo escrito posteriormente por los auténticos críticos, tras haber visto la película.

Hay también otros asuntos curiosos alrededor del estreno de “La deuda”. Primero, que se estrena con considerable retraso, como si los distribuidores no acabaran de confiar en su comercialidad. Luego, que resulta ser un remake de una película israelí del año 2007, de modo que hacen algo cada vez más común en nuestros días: le niegan el estreno en su país al original, fabrican la copia y se la venden a todo el mundo, diciendo con todo el morro que se trata de una gran película. Perdonen pero, por principios, este comportamiento me parece sencillamente inmoral, con independencia de si el producto es luego mejor o peor. Y lo contradictorio es que lo hace una industria que luego clama a voz en grito contra el pirateo de sus productos.

Pero vayamos al grano, a la película de John Madden que nos ocupa, que es un producto que se deja ver, pero no la gran película que pretenden vendernos. Es cierto que está, por calidad, por encima de la mayoría de los productos y subproductos con que nos han inundado la cartelera este verano, pero quien se atreva a calificarla de obra maestra, es que no ha visto una verdadera obra maestra en su vida.

Hay, no obstante, dos cosas que están bien en “La deuda”, la interpretación y la graduación del suspense, el desarrollo de una trama con derivaciones humanas, tratando de insuflar vida a los personajes y de colocarles por encima de la simple mecánica del thriller. Es de suponer que esto último derive ya del guión y la película israelí originales, aunque difícilmente tendremos oportunidad de comprobarlo.

La buena interpretación de los actores británicos (y del danés Jesper Christensen encarnando al doctor Vogel) era de esperar, así como la espléndida ambientación. Y ello favorece enormemente a una película cuyo argumento en el fondo es muy simple, a pesar de que intenten complicarlo, hacerlo más denso, jugando con los saltos constantes en el tiempo.

Apenas existe acción física en “La deuda” y cuando intentan algunas secuencias con algo de movimiento físico, lo hacen mal, casi resulta ridículo, pero cuando el peso de la película recae sobre la actuación de sus intérpretes, mantiene el interés suficiente, se sostiene al menos hasta la aparición de los créditos finales, que revelan su naturaleza de remake. En fin, una película de luces y sombras en su temática, resuelta con más oficio que genio, lo que dice poco a favor del director de “Shakespeare enamorado”.