Elia Tralará trabaja ahora en sus espectáculos ‘Hambre de cuento’ y ‘Nadie como tú’. / EL ADELANTADO
Elia Tralará trabaja ahora en sus espectáculos ‘Hambre de cuento’ y ‘Nadie como tú’. / EL ADELANTADO

Una parte de su trabajo consiste en buscar buenas historias. Que le hagan reír, sobre todo. Que le dejen pensando o le provoquen de alguna manera. La otra, en contar esas historias. A la narradora y actriz Elia Tralará (así es su nombre artístico) solo le preocupa que esos relatos conecten con ella. Es la única forma que entiende de poder contagiar del placer que siente contando a quienes le escuchan.

Suele escoger historias que sorprendan. Quizá porque la suya sorprende bastante. En su familia no tenía ningún referente que se dedicara a esto. Ni siquiera ella se lo planteaba. De hecho, estudió la carrera de Publicidad en Segovia. Poco después, el trabajo le llevó a vivir 14 años en Madrid. En 2005, descubrió un taller de cuentacuentos. Se adentró tanto en este mundo que, en 2012, dejó su trabajo indefinido por la que es de verdad su vocación.

Había cosas de su profesión que le gustaban. Tenía una nómina todos los meses. A pesar de ello, hacía tiempo que su cabeza estaba en los cuentos y la actuación. Tenía claro lo que quería: le resultó sencillo dar el salto. Lo hizo en mitad de una crisis económica.

Ahora está a caballo entre Cobos de Segovia y Madrid. Aquí tiene a toda su familia. En 2017, la falta de trabajo (y el aburrimiento que eso conlleva) se convirtió en el motor de su creatividad. Su tierra es tan importante para ella, que la ha convertido en la protagonista de “un espectáculo muy castellano”: ‘Orgullo rural’. Es su forma de homenajear a su pueblo y su gente. Y de reivindicar los orígenes y la infancia en estos lugares. Lo hace a través de anécdotas de su niñez. “El reflejo de la vida rural no es Paco Martínez Soria con la gallina”, afirma. Es mucho más.

Cuando haces algo tan personal como esto, piensas que igual no le interesa a nadie”, sostiene. La inquietud planeaba sobre su cabeza. Pero sí hay gente a la que le importa que su padre soliera levantarla pronto después de venir de fiesta para que le ayudara a atender a las ovejas. Se dio cuenta de que debía acercar los pueblos a quienes nunca han vivido en uno.

No se arrepiente de la decisión que tomó hace años. Al contrario, no hay día que no se alegre de ello. Ha alcanzado la que era su aspiración: poder vivir “dignamente” de su pasión. Considera que su profesión es una carrera de fondo. Pasó de ser aficionada a profesional. Echa la vista atrás y es consciente de todo lo que ha tenido que arriesgar. Se atrevió a jugar. Y ganó.