La vida enclaustrada (III): el retiro voluntario

Casa de Quevedo en Torre de San Juan.
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ÁNGEL GONZÁLEZ PIERAS

Hay una tendencia en los hombres de letras –y hablo con lenguaje inclusivo- hacia la misantropía. Quizá no solo sea propensión de los hombres de letras, sino del ser humano en general si ha otorgado en su trayecto vital más importancia a la razón que a los sentidos. La calma es el estado que con mayor ansiedad busca la reflexión. A veces, esa tendencia a la misantropía surge en la ancianidad, lo que no es de extrañar. La edad pesa, y lo hace con una carga sutil: no se trata solo de la decadencia física –y por lo tanto de la evaporación del anhelo existencial-, sino de la pléyade de acontecimientos que han marcado una trayectoria de vida y de la que uno no siempre se siente satisfecho.

Si se visita Villa Adriana, en Tívoli, a escasos kilómetros de Roma, se observará el hermoso catafalco que se preparó en vida Adriano, agobiado por el peso de la púrpura y por la pérdida del bello Antinóo, su gran amor de senectud. Es un retiro placentero, con todas las comodidades que se puedan imaginar para la época, y rodeado de belleza por doquier. Pero fue un retiro. Una renuncia a la acción, a la aventura, al traqueteo ajeno que hace la vida insólita y caja de sorpresa diaria. Margarita Yourcenar hace una bonita crónica de aquellos días y del estado de ánimo del viejo emperador en su libro “Memorias de Adriano”.

Algo parecido a ese retiro había vivido años antes Tiberio en Capri, en donde llegó a poseer diez villas. Allí permaneció retirado doce años. Desde los jardines de una de ellas la vista es todavía estupenda: la ciudad de Nápoles, las vecinas Isquias y Procida, el Vesubio, la llanura de Sorrento resguardada por el monte Sant´Ángelo, y como final de un magnífico “ecran”, a la manera de un telón de fondo, los Apeninos que en invierno tapizan sus cumbres con el blanco de la nieve. Pero Tiberio no por retirado dejó de darle gusto al cuerpo. En una de sus villas, en una habitación subterránea pintada en rojo chillón, se representan a hombres y mujeres bailando desnudos. Unos diecinueve siglos después, la película “Calígula”, de Tinto Bras, dibuja el retiro del emperador como el escenario de continuas orgías. Con toda probabilidad exageraría. A Capri llegó el sueco Axel Munthe a finales del siglo XIX obsesionado con Tiberio. Y sobre el país escribió un libro delicioso, que llegó a ser un auténtico “best seller” mundial y que todavía hoy resiste el paso de los años, “La historia de San Michelle”, la magnífica casa que construyó sobre las ruinas de una de las villas de Tiberio y que le sirvió también a él como refugio y retiro. Para contemplar la llegada de la muerte con los ojos llenos de belleza y de vida.

Más austero fue el retiro de Quevedo en Torre de Juan Abad, en el corazón de La Mancha. Cuesta pensar en quien fue el mejor poeta de su época, y el más sagaz, y el más corrosivo, lejos del ambiente en donde silbaba su látigo tanto como la terneza de sus versos. Allí pasó desterrado siete años. Ese pequeño lugar, lejos de la corte, tuvo más influencia en su vida y en su obra de lo que en una mirada apresurada pudiera parecer. Siempre pensó morir en La Torre, a pesar de los pleitos con los vecinos. Prefería los aires manchegos –murió al fin en Villanueva de los Infantes- a los de la ciudad que en plena expansión de principios del siglo XVII ya no reconocía: “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes ya desmoronados,/ de la carrera de la edad cansados/por quien caduca ya su valentía./ Salíme al campo: vi que el sol bebía/ los arroyos de hielo desatados,/ y del monte quejosos los ganados/ que con sombras hurtó su luz el día”.

La torre de Montaigne
En otras ocasiones, sin embargo, la huida del mundo, el exilio interior, se produce cuando aún la muerte no ha dado signos de estar cerca. Es lo que hizo Montaigne. Después de una vida azarosa y llena de responsabilidades, a los 38 años se encerró en la torre de su castillo, en Saint Michel de Montaigne, a unos cuantos kilómetros de Burdeos. Allí peregrino cada poco tiempo para honrar la memoria y el testimonio de uno de los pilares de la cultura occidental. Y cada vez que tengo ocasión releo las letras que escribió sobre la educación de los hijos, que como ocurre con las obras maestras todavía hoy gozan de actualidad: desdeña la memoria como único instrumento de conocimiento; aconseja el mayor uso del sintagma “no”; apuesta por el esfuerzo como método de aprendizaje; condena la sobreprotección de los hijos: “que no tengan otro techo que el firmamento; que vivan rodeado de alarmas”, dice citando a Horacio.

Llegó un momento en que Montaigne se cansó “de la esclavitud de la corte y de los cargos públicos”. Y se retiró a su castillo. Allí se dedicó a leer y a escribir. Y a llenar de grafitos las vigas y cerchas de su despacho y biblioteca circular. Uno de ellos me conmueve cada vez que lo leo. “Homo sum. Humani a me nihil alienum puto”. Soy hombre, nada de lo humano me es ajeno (Unamuno parafraseó el proverbio de Terencio al comienzo de su obra “Del sentimiento trágico de la vida”, y lo cambió, otorgándole un sentido que hoy goza de especial relevancia: “nullum hominem a me alienum puto”. Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño). Montaigne dio luz, desde la soledad de su retiro, a la subjetividad moderna y al ensayo. Hablamos de mitad del siglo XVI. Sus “Essais” suponen un rimero de sabiduría práctica, que va desde la razón a las cosas más cotidianas. Un ejemplo de lo último: la felicidad solo es posible si se va regularmente al baño, dice con toda la razón.

Los “Ensayos” de Montaigne son uno de las grandes obras de la historia de la literatura moral. A la misma altura que las “Meditaciones” del emperador romano Marco Aurelio. Solo con leer los dos puntos con los que comienza su Libro II se comprende la grandeza de la obra de este guerrero y filósofo, que batalló durante 25 años contra los bárbaros germánicos pero que se encerraba en su tienda cuando arribaba el crepúsculo para escribir sobre el sentido de la vida.

El no pudo retirarse, como hubiera querido, y como hicieron alguno de sus predecesores, a un lugar apartado en donde dar a luz sus reflexiones. No tanto a leer, aunque, a diferencia de su hijo Cómodo tenía una sobrada sabiduría. “Déjate de libros, no te distraigas por más tiempo”, escribe en su “Meditaciones” con gran sarcasmo. Estas dos obras anteriores, junto con el Quijote, La Iliada y la Odisea –las dos en el mismo paquete- y La Biblia –en especial el Apocalipsis según San Juan y el Éxodo- supondrían por si solos el pentateuco de la sabiduría occidental al que solo le haría falta aderezarle Los “Oficios” de Platón y la “Metafísica” de Aristóteles para hacer completo el juego.

Si hablamos de sabio europeo por excelencia no podemos dejar de citar a Voltaire, uno de los testimonios de la Ilustración. Su obra es extensísima; y de una calidad e interés enorme. Yo le tengo especial consideración al “Tratado sobre la tolerancia”, escrito en defensa de las injusticias cometidas sobre Jean Calas, condenado en un juicio torticero por su condición de protestante. Fue Voltaire el precursor de la defensa de los derechos humanos veinticinco años antes de la Revolución Francesa, y en la lucha contra la abolición de la tortura. Y el precedente del famoso “J´acusse”, de Zola. A los cuarenta años se recluye en un castillo de la Champagne, propiedad de la marquesa de Châtelet, su amante, para leer, documentarse en materias científicas y para escribir. El encierro duró 10 años. Lo justifica así: “Estaba harto de la vida ociosa y turbulenta de París, de la muchedumbre de petimetres, de los malos libros impresos con la aprobación y el privilegio del Rey, de las cábalas de los hombres de letras, de las bajezas y bandidaje de los miserables que deshonran la literatura”.

Apuesta por la aventura
Pero hoy no reivindico a Montaigne. Ni a Marco Aurelio ni a Voltaire. Ni a la misantropía. Todo lo contrario. Después de tres artículos escribiendo sobre la vida enclaustrada: sobre sus gozos y sus sombras, alzo la voz en este final por la aventura humana, por la acción que acumula experiencias y permite la mejora continua. La historia de la raza humana, del homo sapiens, es la historia de un viaje continuo. A veces, no tiene por qué ser físico, pero siempre deberá ser moral.

De la misma manera envidio la curiosidad de los conquistadores hispanos que cruzaron el océano en busca de aventuras que la que protagonizaron durante el XVIII y XIX el Grand Tour en la caza de conocimiento y belleza. El ser humano es ante todo un ser relacional; y un ser racional, y por ello espiritual, y como consecuencia moral. Cualquier alteración de la secuencia distorsiona los perfiles propios y características de la naturaleza humana.

Acabo de releer por enésima vez el libro Entre limones, de Chris Stewart, la historia de una pareja que hace unos pocos años se olvidó de Inglaterra para comprar un ruinoso cortijo de la Alpujarra en donde vivir. Como a principios de siglo Gerald Brenan con Al sur de Granada, no solo se trata de un viaje físico, sino también iniciático, un cambiar de sitio las nostalgias, como en el verso de Benedetti. No hay nada que vaya más en contra de la naturaleza humana que el conformismo, que el asentamiento físico y moral sin otra causa conocida que la aceptación de lo que nos viene dado.

La mayor diferencia del homo sapiens frente al resto de humanoides es la capacidad de elección; y aún más, la conciencia de esa capacidad de elección, superando el determinismo de los instantes. Cuanta mayor capacidad de elección, mayor libertad. En la quizá mayor obra literaria de la humanidad –por su contenido moral- Homero sitúa a Héctor frente a Aquiles. Héctor sabe que Aquiles es superior en fuerza y en destreza bélica. Héctor posee una vida plácida; puede devolver a Helena –la mujer raptada por su hermano- a los aqueos y retornar a la existencia sin sobresaltos que le proporciona Andrómaca y al cariño de su hijo, todavía bebé. Puede proponer un pacto al contrincante y pasar por cobarde, pero vivir en paz el resto de su vida. Duda. En unos instantes pasan por su mente todas las alternativas posibles. “¿Por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?”, se dice. Al final desoye su instinto animal. Renuncia a lo fácil, a lo cómodo; a la ausencia de acción y aventura.

Elige. Es la teoría del héroe que la “Iliada” pregona. La aventura de la vida llevada a su radicalidad. Ser libre para intentar algo no significa lograr ese algo. Eso es solo tarea de dioses, que como se sabe solo existen en la mitología o en la religión. El hombre ha mirado toda su vida la cara de Dios cuando a lo más que puede llegar es a ser un héroe, porque cualquier aventura humana, aunque sea en la acera de enfrente, llevando un bocadillo al necesitado, ayudando al débil, dando acogida al extraño, acaba elevando la condición moral del ser humano y ganando la simpatía de sus congéneres.