Cárcel en donde murió Miguel Hernández.
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Ángel González Pieras

El ser humano es una criatura curiosa. Mientras unos congéneres se encierran en búsqueda de la perfección, intentando con denuedo evadirse de la cárcel del cuerpo para que prevalezca y resalte solo el espíritu, a otros, en cambio, se les achica la vida si ven restringida su dosis de sociabilidad, de ser relacional, por cualquier contingencia extraordinaria; parece entonces que huyeran permanentemente de la posibilidad de enfrentarse a sí mismos y que se entregasen sin remisión a la exaltación de lo corpóreo, de la materia, de los sentidos, frente a la parte racional que es consustancial al ser humano. Supone la victoria de los dictados del cuerpo ante la mente. O si lo prefieren, ante el espíritu. En la película argentina “El amor menos pensado” la protagonista, en crisis existencial, confiesa a su ex marido que ahora su vida se centra en la bachata. “Solo vivo para la bachata. No pienso en otra cosa”. Ya no se trata de la búsqueda de un desahogo social que afloje y diluya las obligaciones diarias –unos vinos a media tarde después del trabajo, una risotadas con los amigos- o de arrimarse momentáneamente a las charlotadas de haraganes que edulcoran los momentos en que el ser humano acentúa su faceta animal, de ser irracional, lo que puede constituir una vía de escape necesaria ante el peso de la vida diaria, sino de la huida del mundo interior por miedo a los fantasmas de la razón o a los vericuetos complejos que traza la conciencia. ¿Se puede ser verdaderamente libre si se despoja al cuerpo de la razón, del hálito del espíritu dejándolo a merced de los sentidos? Admitámoslo: determinados pasos firmes en el mundo libre pueden contener menos libertad que las leves huellas impresas en un claustro de puertas cerradas.

Ser estético antes que ético
Quien se acerque a la vida y a la obra de Oscar Wilde —que en ocasiones formaban una unidad indivisible— se topará con el más persistente deseo de convertir lo superfluo en categoría, y del intento más procaz y brillante de perfilar al espíritu como el fiel sirviente del placer que emana de los sentidos. La estética antes que la ética. Compone esta una característica propia del “fin de siecle” —XIX— que se dio cita en un París que había dejado atrás una contienda contra Prusia y la guerra civil que supuso la Comuna. Y en la que reinaban una burguesía rampante y el ansia de vivir saliendo a borbotones. Semejante pálpito latió en la sociedad europea una vez acabada la Gran Guerra y después de superarse la mal llamada Gripe española, que se llevó por delante a más de 50 millones de personas en el mundo —quien quiera ahondar más en esta catástrofe le recomiendo el libro “El jinete pálido: 1918, la epidemia que cambio el mundo”, de Laura Spinney”—. Constituyeron los locos años veinte. Cuando en 1920 le dan a Marcel Proust el Premio Goncourt por “A la sombra de las muchachas en flor”, el segundo tomo de “En busca del tiempo perdido”, se produce una revolución en las élites intelectuales francesas: El libro retrata una sociedad decadente, obscena, amnésica, que oculta bajo la gruesa manta del olvido los cuatro años de carnicería bélica y los estragos de la pandemia gripal. Su autor no era santo de devoción de los virtuosos. “Una duquesa es necesariamente un ser delicioso”, afirmaba sin empacho alguno ni miedo a la ligereza estúpida. Proust como Oscar Wilde pertenecen a ese subgénero dentro del género humano que ensalza el vivir con pasión el “reino de este mundo”, frente al otro subgénero —del que ya hablamos en el anterior capítulo— que precisamente proclama lo contrario y se enclaustra para alejarse de él. Quizá ambos casos compartan los mismos síntomas de una enfermedad moral —y tomo la denominación de un simpático libro de Soledad Puértolas—, que tiene a la insatisfacción como síndrome, y que se manifiesta de forma distinta, pero en uno y en otro caso de manera excesiva y con dosis de irracionalidad.

Los efectos de una reclusión forzosa
Pero a veces, las circunstancias de la vida producen un cambio sustancial en la forma de ser encarada por los sujetos, que alteran su anterior perspectiva sobre la existencia, y su actitud, y su comportamiento. Oscar Wilde, el neopagano, el esteta, se vio privado de los placeres del mundo y de sus oropeles al ser condenado durante dos años a trabajos forzados. Corría el año 1895. Era este un confinamiento laico. Y al contrario de los referidos en el capítulo anterior, impuesto. Doloroso. Que hacía difícil el desarrollo de la personalidad humana porque castraba su principal derecho: la libertad de elección. Pero significativamente el enclaustramiento supuso para Wilde una catarsis. El esteta irredento, el dueño de lo mundano, da un giro a su moral y a partir de entonces, y cito a Luis Antonio de Villena, “tiñó todo de franciscanismo, pregonando una estética de la humildad y de la renuncia”. En la cárcel escribe “De profundis”, una carta larga a su amante Lord Alfred Douglas en la que se trasluce el derrumbamiento social y moral de una persona que se arrastra penosamente bajo el peso de sus recuerdos y de la ruina económica, material y afectiva que en última instancia evidencia una absoluta soledad. Wilde se desfoga, se abre en canal; pareciera que entre los barrotes de hierro adquiriese una libertad emocional que no tuvo entre los barrotes decorados con tafetanes que cercaban el derroche de sus pasiones. Ahora es la ética la que predomina sobre la estética. Los lectores de “La importancia de llamarse Ernesto” o “El abanico de lady Windermere” descubrirán en esta epístola a un Wilde muy diferente al escritor delicado, descarado, divertido, ingenioso, y en ocasiones superficial, que se hizo célebre en los salones y teatros ingleses.

En el “Decameron”, de Giovanni Bocaccio, se desarrolla otro confinamiento: el de unos jóvenes florentinos ante una de las epidemias de peste que asolaron el siglo XIV. Sobreviven la reclusión impuesta por el miedo al contagio siete mujeres y tres hombres, y lo hacen narrando cuentos. Cuentos carnales los más, encaminados a despertar los sentidos y la imaginación —aletargados por una terrible amenaza—; que glorifican la vida en su humanidad más palpable ante la atenaza de la muerte; cuentos destinados a alimentar el espíritu en una situación límite. No me resisto a transcribir una frase de este gran libro —escrito a mediados del XIV— tan de actualidad hoy día, seis siglos y medio después: “Si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y escándalo”. Como para tomar nota, ¿no les parece?

Era la peste la muerte epidémica que amenazó en el mismo siglo pero más al norte, en los países escandinavos, al caballero que venía de las cruzadas en la magnífica película “El séptimo sello” (1957), de Ingman Bergmann. Pero hay una diferencia sustancial entre ambas obras: los jóvenes que protagonizan el Decameron eluden la existencia de la muerte, se olvidan por unos días de su naturaleza de seres mortales; el caballero sueco, en cambio, logra aplazar el triunfo de la muerte retándola a una partida de ajedrez, aunque sabe que su destino está marcado de manera indeleble. En ambos casos es un canto a la vida, lejos de la superficialidad de los oropeles de Wilde pero también de la invocación permanente a la muerte que se observa en los místicos españoles.

La epidemia de la peste negra barrió el siglo XIV en toda Europa. Fue un desastre de tal magnitud que cambio el curso de la historia en el Viejo Mundo. Rebrotó en el siglo XV y en el XVI. En Segovia se recuerda la virulencia de la que se registró en 1599. Todavía hoy se agradece el 16 de agosto la intercesión de San Roque en la superación de la epidemia. El libro “La peste negra. 1346-1353: la historia completa”, de Olej Benedictow (Akal) hace un recorrido sobre los efectos del terrible mal bubónico, que esquilmó a parte de Europa pero que volvió los ojos a la naturaleza del hombre y a sus afanes, puestos al mismo nivel en el arte que el propio Dios. No otra cosa fue el Renacimiento.

Los fantasmas interiores
No solo las epidemias obligan a enclaustramientos no voluntarios. En ocasiones, las epidemias son más mortíferas que las guerras. Ya lo anunciamos cuando aludimos a la Gripe española. Pero son parecidos los efectos de una y otra en la conducta humana. En su libro “Los girasoles ciegos”, Alberto Méndez recoge el confinamiento entre los muros de su casa de Ricardo Mazo, perseguido en la posguerra española por sus ideas políticas. Un “topo”, como se denominó con posterioridad. Su vida se reduce a la mísera existencia que entre la oscuridad puede desarrollar con su mujer y su hija. El habitáculo en el que se esconde es su prisión y su derrota; y el miedo una especie de carcoma que va royendo de manera inmisericorde los pilares en los que asienta su personalidad como ocurre en cualquier ser humano. Las conclusiones pueden ser terribles cuando la ausencia de libertad exterior termina pudriendo la parte de soberanía interna que es la que dota a una persona de la verdadera libertad. “Nada puede ser más perjudicial al hombre que el hombre mismo”, dice Platón en “Los Oficios”. Incluyendo el propio hombre consigo cuando la reclusión obligatoria despierta sus fantasmas interiores.

Y es normal que en un enclaustramiento, sobre todo si es prolongado e impuesto, el ser humano sufra una auténtica revolución interior que no case bien con quien pretende ser compañero de viaje pero que goza de la libertad y del contacto con el mundo que el preso no disfruta. Surge entonces esos fantasmas interiores de los que hablaba y que corresponden a la parte más irracional de la naturaleza humana: desconfianza, celos y envidia son los tres sentimientos que pudren el alma del enclaustrado ante su congénere libre. La película “La trinchera infinita” recoge con fidelidad la descomposición interior de otro “topo” de la Guerra Civil española que vive durante 30 años escondido en su casa junto con una mujer, su mujer, que no tiene sus impedimentos para desarrollar una vida no aislada, pero que también sufre el estado anímico de su compañero preso.

Otro preso ilustre, Miguel Hernández, nunca perdió, sin embargo, su consideración de hombre libre; incluso entre barrotes. Es este un caso distinto. La fuerza de su convicción política le proporcionó las alas que los represores le cortaban: es la fuerza de quien se sabe víctima y héroe. La reciedumbre que le permite mantener íntegro su orden moral. Fue libre para administrar sus creencias y sus sentimientos. En la cárcel madrileña de Torrijos se negó a cantar el “Cara al sol”, lo que le llevó a barrer el patio de la prisión durante una semana –a esta experiencia se debe su poema “Ascensión de la escoba”-. Antes de morir, y en un rollo de papel higiénico, escribió para su hijo uno de los poemas más emotivos que se han escrito en lengua castellana: “Nanas de la cebolla”. “En la cuna del hambre/ mi niño estaba./ Con sangre de cebolla/ se amamantaba.” Es difícil entender fuera del perfil heroico tanta lucidez y tanto sentimiento para escribir en el estrecho margen de libertad interior que dejaba la miseria y la cárcel, pero que a la postre resultó tan grande y tan amplio.