Santo Domingo el Real. / Nerea Llorente
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En pocas ocasiones el ser humano funda su existencia en la soledad. Existe un miedo atávico a la noche oscura del alma encerrada en sí misma, sin otro consuelo y compañía que el confinamiento interior. No es muy dada la naturaleza humana al alto vuelo, prefiere no despegar mucho la vista del terruño, aunque ello derive en una existencia alicorta. Tampoco es propicia a abandonar las relaciones con los congéneres: el ser humano es un ser relacional. Las tebaidas eremíticas duraron poco en la historia del Cristianismo, pronto fueron sustituidas por los cenobios, y más tarde por los monasterios. Por ello al hombre –dicho en lenguaje inclusivo- le perturba los confinamientos. Y más si son impuestos. Aunque sean causa de fuerza mayor. Sin embargo, en medio de nuestra ciudad, y en sus aledaños, existen unos seres apartados del mundo, ajenos al traqueteo de una civilización en la que están enclavados debido a los años que corren, pero a la que no pertenecen sino de una manera muy somera. Hacen del desasimiento regla de existencia, al estilo de los antiguos; camino de perfección; mística y ascética como forma de vida fuera de la vida.

San Vicente el Real

Hace unos días paseaba por Santa María y San Vicente el Real, en el barrio de San Lorenzo, un monasterio enclavado en un lugar privilegiado y con amplia historia tras de sí. En el friso de la iglesia hay una referencia del siglo XVII que testifica que allí, en ese mismo sitio, hubo antes un templo romano, bajo la advocación de Júpiter, que ardió en llamas. Las llamas han sido una constante en este emplazamiento, como si necesitara –pido perdón si mi comentario es poco adecuado – el fuego purificador a cada tanto. Un incendio destructivo permitió que en los comienzos del XVII –posiblemente entre 1617 y 1619- el gran Pedro Brizuela trazara una iglesia de cabecera plana y muros sin articulación, como gustaba a su clasicismo. También levantó un claustro irregular, con más arcada en uno de los lados que en los restantes. La historia del monasterio está llena de acontecimientos, las más de las veces con mayor acomodo en la leyenda que en la realidad. Bien es cierto que fue dotado y primado por varios reyes castellanos, el último de ellos Felipe III. Desde la llegada de las monjas cistercienses, allá por 1156, el monasterio ha estado continuamente habitado. Ni Napoleón ni Mendizábal pudieron con él. Tampoco las sucesivas plagas de peste, cólera o gripe.

Desde que tuve la ocasión privilegiada de visitar a las actuales moradoras y de conocer su casa, cada vez que tengo ocasión –e incluso cuando no la tengo, que diría Cervantes- paseo por los alrededores del monasterio. Decía que hace unos días me encaminé hacía él solo unas horas antes de que el Gobierno decretara el enclaustramiento obligatorio de los ciudadanos españoles. Buen momento para pensar en las monjas allí encerradas desde hace cerca de nueve siglos, en la capacidad del espíritu para desvincularse de los anhelos del mundo, para no sentir otra zozobra que la que causa la unión de su espíritu, o de su alma, con un concepto superior. Hoy apenas quedan unas cuantas. Ancianas las más, con escasa fuerza física y muchos achaques, a pesar de su enorme vigor espiritual. Ya no cuidan como antes el huerto, de cuyos frutos han gozado durante años muchos segovianos que encaminaban la Alameda para comprar verdura y huevos en el cenobio. Y las abejas han muerto, vencidas por toxinas. Su rutina diaria no cambiará después de la publicación la medianoche del sábado del Real Decreto Ley que declaraba en España el Estado de Alarma. El suyo es un enclaustramiento voluntario que se prolonga durante años, señal de que, al menos para algunos seres humanos, encerrarse con la sola compañía del espíritu no es una obligación dictada por la Administración sino un gozo. Qué distintos de aquellos otros que apenas saben cómo llenar el día, agobiados entre paredes y lejos del circular de aquí para allá y de la liberación continua de enzimas que provoca las relaciones humanas.

Santo Domingo el Real
De vez en cuando me refugio en la paz que desprende el convento de las Dominicas (Monasterio de Monjas Dominicas de Santo Domingo el Real de Segovia), enfrente de la iglesia de la Trinidad. Los dominicos hace cerca de dos siglos que abandonaron el Monasterio de Santa Cruz, de donde también saliera en su día el inquisidor Torquemada, pero las monjas siguen custodiando la recóndita e interesantísima cueva de Santo Domingo, en la orilla del antiguo monasterio, hoy sede de la Universidad del IE. Paso en la iglesia del convento un buen rato entre las paredes limpias, ordenadas, coherentes con las líneas arquitectónicas que tanto profesaba el maestro Brizuela, que también aquí dejó su huella. Detrás de mí un conjunto de monjas se entrega al ensimismamiento, cada una de manera aislada, solitaria, recluida en sí misma, formando un ovillo con la túnica, con solo la cara al aire y los ojos clavados con fijación en el suelo, en señal de sometimiento y de concentración; o siguiendo en penumbra los párrafos de un libro. Cada una, a su forma, se impone un rito personal y diferente para mejor acercarse a los límites siempre difusos–y por lo tanto poderosos, infinitos, etéreos- de su Dios. Al rato, sobre las 20,45 se me acerca una de ellas, no siempre la misma, y me indica con enorme delicadeza que es hora de cerrar las puertas de la iglesia. Supongo que les espera la cena, temprana para las horas españolas; algo de alivio para la carne ante tanta profusión del espíritu. No rehúyen estas monjas la relación con los mundanos: en su casa tienen preparadas unas pocas habitaciones para quienes quieran sumergirse siquiera unos días en la vida contemplativa en un entorno propicio para ello y sin sanción administrativa si se osa romper el encierro.

Convento de San José
Las madres carmelitas descalzas llegaron a Segovia hace cerca de cuatrocientos cincuenta años. Y siguen en el mismo sitio que visitó en su día la santa fundadora, y en donde escribió parte de “Las Moradas”. Es hoy el Convento de San José. La calle Marqués del Arco recorre la fachada de su iglesia. Sobre sus aceras menudas se concentran todos los días miles de turistas que se acercan al Alcázar desde la Plaza Mayor. La torre de la catedral carlina, cuya cúpula reparó el citado Pedro Brizuela después de un incendio, es capaz de vislumbrar el precioso crucero de granito –tan típico de la ciudad de Segovia y de su Tierra- que se yergue en uno de sus patios. Sobre el terreno cedido por la noble viuda doña Ana Jimena fundó Santa Teresa su palomarcico. En un capítulo de sus “Fundaciones” refiere que entró en la casa la tal señora junto con una “hija suya de harto buena vida”. Una bien dotada de familia, supongo que joven y acostumbrada a la holganza, lo deja todo y decide confinarse el resto de su existencia, entregándose a la oración, a la soledad, al silencio, a la clausura para ayudar, y cito “Camino de Perfección”, “en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien”; con apenas un par de horas al día de recreación para dulcificar la rutina: grueso cambio con lo anterior.

Y desde la extrañeza no dejo de admirar la determinación de estas personas en abandonar todo lo terrenal para entregarse plenamente en la búsqueda de un ideal. Por un lateral de su fachada oriental, bajaba y subía todos los días Antonio Machado camino de su pensión. “La envidia de la virtud/ hizo a Caín criminal./ ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio/ es lo que se envidia más”.

Para estas mujeres –qué pocos son los cenobios de clausura con hombres- el mundo exterior es una construcción engañosa, sutil pero efímera, construida por los sentidos esforzados como están por una percepción sensorial que solo supone una mísera parte del potencial cognoscitivo del cerebro. Cualquier alteración, por mínima que sea, del estado emotivo, del bagaje de la memoria, de las conexiones neuronales, hace que cambie por completo sus perfiles. Antonio Muñoz Molina lo ha intentado –y quizá no conseguido del todo- con su última novela “Pasos en la escalera”, siguiendo algunas investigaciones del mundo de la neurociencia. “Así, volcado hacia la irrealidad del mundo exterior y ajeno a la propia realidad, se dirige el sujeto hacia la nada donde ninguna Vida puede haber y, con ello, a la desfiguración de sí”, escribe Juan Carlos García Jarama en su libro “Finitud, carne e intersubjetividad”. Es la fenomenología de la inmanencia, la explicación de los enclaustramientos voluntarios en una época en la que lo que predomina es la manifestación de los sentimientos, la sobre información, la comunicación permanente e indiscriminada.

San Juan de la Cruz
En la soledad de su celda monástica, y no a orillas del Eresma, en donde hoy se levanta el Convento de San Juan de la Cruz y reposan parte de sus restos, compone Juan su “Cántico espiritual”, uno de los hitos no solo de la poesía mística del XVI, sino simplemente de la literatura en lengua española. “Esta vida que yo vivo/ es privación del vivir;/ y así en continuo morir/ hasta que viva contigo./ Oye, mi Dios, lo que digo,/ que esta vida no la quiero,/ que muero porque no muero.” (copla también glosada con pequeñas variaciones por Santa Teresa).

En un precioso ensayo poético sobre el santo (“De la noche obscura a la más clara mística”), María Zambrano escribe sobre sus versos: “No pareció necesitar a la muerte para traspasar ciertos linderos, para “marcharse”. Y esto lo ha conseguido por dos vías; la primera: la mística ascética, la religión antigua, asiática, del Carmelo; la segunda: la poesía”.

No resultó, sin embargo, la reclusión de San Juan de la Cruz que dio luz a tan bellas composiciones una reclusión voluntaria. Fue un secuestro. La segunda vez que lo encarcelaban, que lo privaban de una libertad que es connatural con el ser humano, y a la que solo él, desde su soberanía interior, puede renunciar. San Juan escapa a Toledo, adonde llega con los ojos vendados y de noche. Huye de la cárcel impuesta, pero se impone luego otra cárcel, la interior, ajena a los devaneos mundanos. “Entréme donde no supe,/ y quedéme no sabiendo,/ toda ciencia transcendiendo”. Bella paradoja la de estos místicos que buscan “la casa sosegada”, “la noche sosegada/… la música callada,/ la soledad sonora”, pero que requieren la continua comunicación con el Otro, con el “Amado”, difuminando las fronteras entre el Yo y el objeto anhelado. Es la soledad acompañada en el interior del enclaustramiento –“Nunca estoy menos sola que cuando estoy sola”, escribió Santa Teresa-, otro oximorón que como ya indicó Freud indica la debilidad del ser que se aísla del mundo, incapaz de hallar en él la salvación, y que al final la encuentra, no sin paradoja, como se decía, en el Otro que vive en su interior, el dueño de su alma. “En mí yo no vivo ya, / (….) y así es continuo morir/ hasta que viva contigo”.