Eva (nombre ficticio) ha pasado más de media vida luchando contra la violencia de género. Su exmarido, que llegó a apuñalarla, acumuló varias condenas y la acosaba cada vez que salía de prisión. “La única forma de que todo acabara era que muriera”. Y así ocurrió, por causas naturales, este verano. “Siempre he sabido que era una condena de por vida: la mía o la suya. Pero no sabía si iba a morir él antes que yo o si iba a morir matando”.

Eva se casó a los 20 años y tuvo dos hijos. “Las cosas empezaron a ir mal y decidí separarme tras casi 18 años de matrimonio”. Cuando tomó la decisión, era 1997, muy lejos de la sensibilización actual. “Había cosas que no estaban consideradas maltrato, como un empujón. En mi caso era maltrato físico o psicológico y fue in crescendo. Es una mezcla de falta de respeto, celos, absorción o ninguneo”. Su situación era más vulnerable porque vivía en la provincia pero sus raíces estaban fuera. “No quería implicar a mi familia. Todo me lo iba comiendo yo sola”.

“Si me lo haces tú a mí, te mato”

Esta mujer explica su circunstancia antes de denunciar. “El miedo me paralizaba, pero yo todavía era joven y no me merecía esa vida. Y mis hijos tampoco. Yo sabía que si decidía separarme iba a ser muy peligroso. Que iba a venir a por todas, porque ya me lo había insinuado”. Cuando comentaban el divorcio de unos conocidos, le dijo: “Si me lo haces tú a mí, te mato”. Tras un sinfín de oportunidades, no hubo cambio. “Es que me separe o no me separe, me va a matar igual”. El día que tomó la decisión salió de casa “corriendo” y se fue con sus padres.

El agresor pidió perdón, pero la decisión era firme. Eva volvió al domicilio cuando su exmarido lo abandonó, pero él volvía a por sus cosas, con la consiguiente violencia. “Yo denuncié, pero entonces todo estaba considerado como faltas. Como no pasaba nada, la cosa iba a más. Todo el mundo sabía mi situación pero nadie quería entrar. No se tenía empatía con el problema”. Fueron dos años de acoso: ataques por la calle, le rajó en varias ocasiones las cuatro ruedas del coche o puso silicona en la cerradura. “Él no trabajaba, lo único que hacía era maquinar cómo destrozarme la vida”.

“Él no trabajaba, lo único que hacía era maquinar cómo destrozarme la vida”

El punto de inflexión lo marcó una tarde que le clavó una navaja en el costado. Al ver la sangre y que venía gente, salió corriendo y ella, sin ningún órgano afectado, puso la enésima denuncia. Dados los antecedentes, el juez decretó su ingreso en prisión. “Su actitud en la cárcel era muy beligerante, sin ninguna intención de reinserción. Él era la víctima, yo le había dejado”. Eva empezó una relación con su actual marido. Antes, llegó el divorcio, de forma unilateral: “Al principio no quería líos, pero cuando me dijeron que si me pasaba algo iban a darle una pensión de viudedad…”.

Pasó algo más de un lustro entre rejas; cuando salió no había dispositivos de detección y el caso era de riesgo extremo. Así que Eva tenía una pareja de Guardia Civil acompañándola a una distancia prudencial. “Los pobrecillos lo hacían con todo el recato. Encantada de sentirme protegida, pero te coarta tu libertad”. Siguió el acoso, desde Facebook a cartas manuscritas con amenazas de muerte. Y volvió a prisión.

El dispositivo telemático

Cuando salió, Eva usó el primer dispositivo telemático que hubo en Segovia. Las órdenes de alejamiento, que incumplía sistemáticamente, acabaron restringiendo su acceso al término municipal en que Eva reside y a 500 metros de ella en cualquier otro lugar. La última orden vencía en 2021 y Eva lamenta que la estancia en prisión se descuente del periodo de alejamiento. Su agresor salió en verano y temía el escenario de que pasaran los meses sin que esta se renovase, pues requiere un hecho causante. “Me estaba agobiando… y se produjo el milagro”.

“No pegaba ojo, es un machaque psicológico terrible. Y son años y años”

Nada más salir de prisión, abandonó el dispositivo. La Guardia Civil lo detectó y avisó a Eva. “Son los papeles invertidos. Lo único que he hecho es sacar a mi familia adelante y tengo que quedarme en mi casa”. Porque el dispositivo va con ella de vacaciones o al cine, y no se puede poner en silencio. “Es una esclavitud con un aparato que te salva la vida”. Esas noches fueron de una incertidumbre terrible. “No pegaba ojo, es un machaque psicológico terrible. Y son años y años”. Hasta que la Guardia Civil le informó de que habían encontrado a su exmarido muerto en una pensión. “Yo pensé que se había suicidado, pero fueron causas naturales después de una vida, con perdón, de mierda”. Ya no habrá más dispositivos.

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