Pedro Pascual es el gerente de la librería ‘Punto y línea’ desde febrero de 2019. / NEREA LLORENTE
Pedro Pascual es el gerente de la librería ‘Punto y línea’ desde febrero de 2019. / NEREA LLORENTE

Cuando le preguntan, primero asegura que llegó a este mundo “por casualidad”. Acaba reconociendo que, “en realidad”, lo buscó: lo anhelaba desde que era un niño. Antes, trabajaba en una tienda de revelación de fotografías. Estaba “cansado” de lo que hacía. Y los libros siempre le habían gustado. Para el segoviano Pedro Pascual, estos son “una píldora” que le ayudan a sobrellevar sus malos momentos. Pero también “algo envenenado que a veces te remueve las entrañas y te hace estar peor”. Lo que está claro es que lo considera su terapia.

En agosto de 2007, se enteró de que ‘Punto y línea’ buscaba un empleado: “Me acuerdo perfectamente”, sostiene. No lo pensó: entregó el currículum y, a los cinco días, ya estaba trabajando en la librería. Allí estuvo a las órdenes de sus jefes durante 12 años.

Yo creo que le caí en gracia”, bromea. Cuando se jubilaron, querían delegar en él la propiedad. Durante sus 15 días de vacaciones, pensó qué hacer: “Le das vueltas a muchas cosas, porque no es lo mismo tener todos los meses un sueldo, que lanzarte a la aventura de comprar la librería”, sostiene. Desde el 4 de febrero de 2019, Pascual es el gerente de ‘Punto y línea’.

Durante la pandemia, lo pasó “muy mal” y tuvo “mucho miedo”. Llevaba poco más de un año con su librería cuando estalló la crisis sanitaria. Tuvo que cerrar dos meses. Suspira cuando habla de la difícil situación a la que tuvo que hacer frente. Pese a ello, logra sacar algo positivo: “Lo bueno es que a las librerías nos ha relanzado, porque la gente tiene más ganas de leer”, asegura.

No solo cree que la gente apuesta más por el libro físico. También por el comercio local. Pudo volver a abrir en abril de 2020. El primer día, “tenía cola en la puerta”, afirma con orgullo. No sabía qué se iba a encontrar a su vuelta. Pero “la gente quería su dosis de lectura”. Esto le “animó”. Y le hizo confirmar que a su negocio aún le quedan muchas vidas.

Estudió artes aplicadas en la Casa de los Picos. Se especializó en el esgrafiado que embellece aún más buena parte de las fachadas de Segovia. No encontró trabajo “de lo suyo”. Ahora esto no lo considera algo negativo: se siente realizado con su profesión.

La literatura siempre ha jugado un papel clave en su vida. Tiene dos hermanos mayores. Cuando era apenas un niño, le robaba los libros a su hermana. De ahí que sus primeras lecturas fueran las de Agatha Christie y “cualquier cosa que cayera en su mano”. Es un lector empedernido.

La gente se cree que es una profesión muy romántica y que el librero solo lee”, explica. Lo desmiente con vehemencia. Sacar adelante este negocio conlleva “mucho trabajo” de logística, distribución y, sobre todo, exige conocer el mercado, algo que le parece “imposible” porque “se publica más de lo que se lee”.

En varias ocasiones, Pascual tiene que interrumpir la conversación: sus clientes le reclaman. “Algún día montaré mi propia librería”, le decía a sus amigos. Hace años que alcanzó ese sueño. Es feliz entre libros. Lo es aún más con que la gente se lea sus recomendaciones. Y después regresen a su tienda para comentarlas con él. A ellos no los llama clientes, sino “mis lectores”.

Pascual ha hecho incluso amigos gracias a la literatura. Le gusta mantener conversaciones literarias que pronto se convierten en una charla distendida sobre la vida. No es de extrañar para alguien que considera a su librería, su pequeño refugio. Y su ventana al mundo.