Una de las trabajadoras del Centro de Servicios Sociales con ‘Yoko’ y ‘Pepa’, los perros de terapia del programa de la Diputación. / EL ADELANTADO
Una de las trabajadoras del Centro de Servicios Sociales con ‘Yoko’ y ‘Pepa’, los perros de terapia del programa de la Diputación. / EL ADELANTADO

El programa de terapia asistida por perros lleva en marcha un lustro en los centros de Diputación. Es parte de las terapias no farmacológicas frente a las terapias tradicionales. “Están más en la línea de ofrecer una estimulación y ofrecer bienestar a través de unas actividades más cotidianas”, subraya la psicóloga Lara López. Incluye talleres como ‘La música de tu vida’, impartida por un músico que explora la memoria musical de los residentes y se genera un momento de encuentro. O ‘La cocina del recuerdo’, una colaboración con Alimentos de Segovia con actividades mensuales como una cata de vinos. En esencia, son actividades intuitivas y gratificantes. “La estimulación viene de elementos naturales que todos tenemos en nuestra vida”. Una dosis de normalidad.

El animal es un vehículo de estimulación que no juzga al otro. Para personas con demencia o con deterioro cognitivo, el perro realiza un abordaje emocional”. Hay casos en los que la comunicación verbal es imposible y esta terapia plantea una vuelta a los orígenes: si no hay palabras, toca transmitir sensaciones. Se trata de una estimulación a través del tacto, el olor o el valor de las caricias.

El perro es un vehículo natural de todo eso”. López destaca ese aspecto frente a las opciones más manidas. “A veces las terapias tradicionales son poco intuitivas para las personas con problemas de desarrollo cognitivo. Cada vez huimos más de actividades tediosas que significan poco para la personas. Cuando piensas qué estará haciendo tu abuelo en una residencia, a lo mejor te lo imaginas haciendo un puzle. O haciendo sumas”. Frente a ello, pasear a un perro o simplemente dejar que se acerque estimula su lenguaje y su conducta, tanto social como emocional.

El programa ha evolucionado. En un primer momento, tenía un componente más tradicional y el perro servía más como medio que como fin. Por ejemplo, con el transporte. Llevaba una suerte de alforjas y cargaba fichas por la sala. En uno de los juegos, el perro iba con letras; cuando se acercaba a una persona, sacaba una letra que servía para evocar nombres de personas u otro tipo de palabras.

Luego vimos que estábamos perdiendo mucha potencia. En realidad, el perro estimula verdaderamente a la persona en lo afectivo. Cuando el perro está delante, no les tienes que decir que se sientan bien porque ya lo hacen”. Los beneficios son impagables, desde el aspecto motor a la barrera que rompe el can con algunas personas que se sienten incómodas con el contacto físico y no se dejan tocar. Entendieron que el perro en sí mismo era estimulación suficiente.

El perro va tres días a la semana al centro y parte de un deseo compartido: solo interactúa con los residentes a los que puede ocasionar un beneficio. El adiestrador se acerca a las personas y trata de estimular la conversación. Está centrado especialmente en personas que tienen dificultades para el control de impulsos o perfiles más retraídos. “Hay residentes muy alterados y es difícil que estén con otras personas porque no se regulan. Lo que hemos visto es que al tratar con el perro controlan su ansiedad y comparten espacio con otras personas”.

Cada sesión hay que tratarla como si fuera la primera, pues hay niveles con desarrollo cognitivo tocado. “Yo te puedo explicar que viene hoy el perro, pero al día siguiente no te acuerdas. Te lo tengo que recordar para que no te dé miedo cuando lo ves”. El perro va siempre acompañado por el adiestrador y establece un ‘diálogo’ con la otra parte: el animal da lo que recibe. Con residentes que tienen especial deterioro hace un acercamiento mucho más sensorial; pone su cabeza en las rodillas y así activa su cerebro. “Si les dijeras que acaricien al perro, seguramente no entenderían la orden, pero el perro genera esa respuesta espontánea. Eso es lo mágico”.

El perro es un ejemplo de contención. A veces algún residente relaciona de forma violenta, pero el animal nunca responde de forma agresiva. Hace de la paciencia virtud, con un acercamiento lento para asegurarse que la persona tolera el contacto. No es invasivo. El reto es identificar los intereses de la persona cuando esta no es capaz de comunicarlos. “Hay veces que les exponemos a una situación que les supone mucho esfuerzo y no pueden responder. Y se va a sentir mal aunque no te lo pueda decir”.

“Gracias a esa relación con el perro aprenden a tratar a las personas”

La terapia asistida con perros está en los tres unidades del Centro de Servicios Sociales de La Fuencisla: residencia asistida, la residencia psicogeriátrica y a la unidad de rehabilitación psiquiátrica. En función de qué unidad se trate, varían los objetivos. Por ejemplo, en psiquiatría se trata de que el perro ayude a las personas a regular su propia conducta. “Cuando tengo que dar una orden a un perro, lo hago con una voz modulada, que no sea ni muy agresivo ni demasiado permisivo. Si no lo hago así, no me va a hacer caso. Lo que ocurre es que las personas, sin que nadie se lo explique, acaban integrando gracias a esta relación con el perro que tienen que regularse para relacionarse con los demás”, explica la psicóloga Lara López.

En las otras dos unidades, se trata de estimular la actividad o aumentar los niveles de relajación. A veces son metas tan sencillas como que haya contacto visual o emita algún sonido. “Con el perro aparece el lenguaje de forma espontánea. La llaman ‘bonita’. En otros casos es todo lo contrario y hace un acertamiento de perro-manta”. El animal contagia su conducta y, en ese caso, apacigua. “Es algo que no requiere explicación. Y eso les genera sentimientos de autoestima porque está entendiendo lo que tiene que hacer en ese momento. No se sienten frustrados por la falta de respuesta, que es lo que pasa en los programas de lápiz y papel”.

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