Con ocasión de la reciente polémica por el uso de los aparcamientos del puerto de Navacerrada, entre los vehículos procedentes de cada una de las dos Castillas, como así antiguamente se denominaba la intersección en este punto que separaba ambas regiones, hemos vuelto otra vez a ser testigos mediatizados de una imposición toponímica que se lleva muy mal y con razón a este lado de la sierra. Con ella se pretende cambiar el nombre a todo un sistema montañoso mediante la acción de hechos consumados que a fuerza de ser reiterados hasta la saciedad en el subconsciente colectivo de los escuchantes, pretenden convertir en verdad una mentira que no llega ni siquiera a ser media verdad: la peor y más grande de todas las mentiras.

Siempre que en los montes, también llamados, Carpetanos, se produce algún acontecimiento noticiable, la legión de reporteros, locutores e incluso meteorólogos de guardia, actuantes todos desde la vertiente de acullá, abusan de la coletilla que ha cobrado fortuna entre los de sus respectivos gremios para referirse a lo que venía siendo la sierra de todos, como la sierra únicamente de Madrid, obviando, quiero creer por desconocimiento, que hasta 1833 toda ella estaba incluida en la demarcación de la antigua provincia de Segovia y si atendiéramos a razones históricas, más derecho se tendría a denominarla con nuestro topónimo, que no como insisten en referirse a la actual sierra de Guadarrama, que ese y no otro es su verdadera denominación. Pero acá no pretendemos llegar a tanto, nos conformamos sólo con que las cosas se llamen por su nombre y el de este maravilloso sistema de montañas del que podemos disfrutar todos en igualdad de condiciones, tiene asignado el ya aludido del Guadarrama, que no da pista alguna sobre la pertenencia territorial ni de unos ni de otros.

No creo necesario incidir en algo que resulta evidente y evidente resulta también que desde hace casi dos centurias Segovia y Madrid vienen compartiendo la ubicación geográfica de la Sierra del Guadarrama, convertida actualmente y con justicia en el Parque Nacional de dicha denominación, delimitándose ambas demarcaciones por la línea imaginaria que conecta con las cumbres de sus picos más importantes. Ello fue así en virtud de la configuración de España en provincias materializada en el citado año de 1833, mediante la Instrucción del Ministerio de Fomento que presidía el granadino Javier de Burgos y que fue aprobada por el Real Decreto de 30 de noviembre de 1833, bajo la regencia de la primera de las dos Marías Cristinas que bajo esta condición nos quisieron gobernar en el siglo XIX.

En función de lo dispuesto en aquella disposición, la nueva y reducida provincia de Segovia, queda delimitada, según la transcripción literal que allí figura, de la siguiente forma:

“PROVINCIA DE SEGOVIA. “Su capital Segovia. Por el N. confina esta provincia con las de Valladolid y Burgos, por el E. con las de Soria y Guadalajara, por el Sur con la de Madrid y por el O. con la de Ávila.

El límite N. empieza en la orilla derecha del río Adaja y punto antiguo del límite de Ávila con Valladolid: sigue hacia el E. por el S. de Almenara, N. de Fuentedecoca y Villeguillo al cortar el río Eresma al O. de Villaverde; continúa luego a cortar los ríos Pirón y Cega por entre Iscar y Remondo; y va por el N. de Mata de Cuéllar, N. de San Cristóbal de Cuéllar, Torre Gutierrez y Escarabajosa, las Fuentes, la Moraleja y Olombrada. Desde aquí continúa por el S. de Canalejas, Rábano, Torre, Olmos de Peñafiel y Castrillo de Duero, Valdezate, Sequera, Moradillo, Pardilla y Milagros; Valdeherreros y Fuente el Cesped, hasta buscar el arroyo de la Nava, cuyo curso sigue hasta la confrontación de Castillejo de Robledo, donde termina.

Su límite Este, principia en este punto, y sigue por el O. de aquel pueblo, de Valdeconejos, Valdeperal, Vallunquera, las Cuevas y Noviciales al puerto de las Cabras, O. de Villacadima, que queda en Guadalajara.

El límite S. sigue la sierra de los Montes Carpetanos, puerto de Lozoya y Peñalara hasta el de Guadarrama y punto donde está el león.

El límite O. empieza aquí, y sigue pasando por el O. de El Espinar, Navas de San Antonio, Villacastín, Labajos y San Bartolomé; corta después el río Voltoya, entre Adanero y Pedro Mingo; pasa al O. de Martín Muñoz y Montuenga a buscar el Adaja en su confluencia con el Arevalillo, y siguiendo la orilla derecha de aquel río va a terminar en el límite antiguo de esta provincia con la de Valladolid”.

Esta nueva demarcación supuso la reducción en más de una quinta parte de la extensión territorial de la antigua provincia de Segovia, que por mor de dicha división ve reducida su superficie en 2.000 kilómetros cuadrados, pasando de 8.949 a 6.949 Km2. En dicha pérdida se incluye toda la vertiente Sur del Sistema Central que, en esta parte de la cordillera, pasa a estar integrada en la provincia de Madrid, hoy Comunidad Autónoma del mismo nombre.

Así ha ido tratando la historia a Segovia, rara vez a favor, por lo que casi parece una anécdota que los mal informados informadores sigan dando la matraca con atribuir a Madrid la posesión integral, al menos en el nombre, de un sistema montañoso que siempre resultó determinante en la historia de Segovia, a través de la utilización de los numerosos recursos que la sierra proporcionaba a sus moradores: caza, pesca, madera, pastos, leña, agua, etc.

El uso de estos recursos no resultaría siempre pacífico, especialmente desde que se produjera la venta forzosa al rey Carlos III de los pinares de Valsaín y matas robledales de Pirón y Riofrío. Y ello, a pesar de la reserva de servidumbres que se fijaron por el monarca en la referida compraventa y a cuyas vicisitudes, vamos a dedicar la segunda parte del presente trabajo.

Usos y derechos no ejenados a Carlos III

Recordemos que la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia se vio obligada a vender a Carlos III sus valiosas posesiones de los Montes de Valsaín, por las reales disposiciones de los días 13 y 29 de junio de 1761. Esta compraventa forzada, se materializa en la escritura otorgada ante el notario Antonio Martínez de Salazar el día 4 de octubre del mismo año. Sin embargo, consta en dicha escritura, textualmente: “Que en esta venta no se incluyen los pastos de invierno y verano, aguas y aprovechamientos de leñas muertas y secas que por entonces gozaban, que han de quedar como quedan, a beneficio de la ciudad y demás comunidades, para que lo gocen y disfruten en la forma y con las prevenciones que S.M. tiene mandado”. Estas servidumbres fueron reconocidas expresamente en la Real Orden de 27 de septiembre de 1761, ocho días antes de que se firmaran las escrituras, lo que hace pensar en unas duras negociaciones previas entre la Corona y la Comunidad de Segovia, que se resistía a perder de buen grado las importantes posesiones que el monarca les obligaba a desprenderse de ellas. A cambio de la transmisión del dominio sobre las propiedades enajenadas, lograrían el establecimiento de las servidumbres citadas, que vendrían a minorar en parte los efectos nocivos que para la Ciudad y Tierra de Segovia tuvo aquella operación.

Así queda expresado ya en la exposición de motivos de la citada Real Orden de 27 de septiembre: “Enterado el Rey de la representación que por mano de V.S. hicieron los apoderados de la ciudad de Segovia y demás comunidades, a quien han pertenecido los montes de pinares y matas de robledales de Valsaín, Pirón y Riofrío que S.M. ha resuelto comprar, en que pretenden que además de los pastos de invierno y verano, aguas y leñas secas y muertas que por Real resolución les está concedido, se les permita el uso y disfrute de otros aprovechamientos; y para que en la escritura de venta que a favor de la Real Hacienda se ha de otorgar, se explique los aprovechamientos que quedan a beneficio de las comunidades”.

En esta Disposición de 27 de septiembre, que queda recogida e incorporada a la escritura, se concreta la forma, modo y manera en que se podrían ejercer los citados usos y derechos. Así, se determina que de los rebaños de mil merinas que entraran a pastar, sólo se podrían incluir 35 cabras, que estarían sujetas, éstas últimas, a la satisfacción de los daños que produzcan. Se permite de igual forma, el pasto y entrada de yeguas, mulas, pollinos y vacas, con condición que no se introduzcan en sembrados y tallares. Los vecinos y ganaderos tienen el paso y cañada a las cuerdas de la sierra, por el vado viejo que sube por detrás de la carnicería y jardines del Real Sitio. Los ganados merinos han de usar la cañada que se nombre Campo malvaro (Azálvaro); Nuestra Señora de Cepones, por cima de Revenga; Hoyos de Santillán, a bajar de la Puente de la Cañada, y subiendo por detrás de San Bartolomé, dejando todas las matas y pinares a la izquierda cuando bajan a Extremadura y a la derecha cuando suben a los esquileos. A los vecinos de la ciudad y tierra se les permite el disfrute de las leñas inútiles de jabinos, cambroños, retamas, piornos y tomillo; así como sacar teas de los troncos de los pinos que se hubieran cortado. A la ciudad de Segovia se la permite el aprovechamiento y corta de las latas secas que necesitan para las funciones que hacen las Parroquias con el nombre de Catorcena y a todas las comunidades, los ramos de acebo que necesiten para las funciones del Domingo de Ramos. Todo ello bajo la supervisión de los guardas. También se permitirá la corta de cambroños para conservar los ventisqueros y nieve de la sierra. Asimismo y previo permiso del Rey o de su Ministro, podrán componerse y aderezarse las caceras para el uso de las aguas contenidas en los pinares y matas. Además, a las comunidades se les permitirá la corta de madera para canales, cubos y saetines, si bien, en este caso, pagando un justo precio por ello.

Con el paso del tiempo el ejercicio de estos derechos fue motivo de discusión entre la Administración del Patrimonio y la Comunidad de Segovia, lo que en pleno sexenio revolucionario, obligó al Director general del Patrimonio a cursar oficio con fecha 17 de abril de 1869 al Administrador del Real Sitio de San Ildefonso, recordándole el contenido de las cláusulas de la escritura de compraventa, para que “a su vista se cumpla cuanto en la misma se previene, procurando evitar cuestiones como las que hace tiempo se vienen suscitando; a cuyo fin se traslada esta orden al Sr. Gobernador civil de la provincia con copia de la citada cláusula para que llegue a conocimiento de las corporaciones de Segovia que se hallan interesadas en este asunto”. Por su parte, el Gobernador, Galo Remón, ordenó la publicación de todo ello en el Boletín Oficial de la provincia de Segovia del día 19 del mismo mes y año. Fue esta una de las raras veces en que una disposición emanada de la Administración del Estado, protegiera los derechos de Segovia, frente a los abusos de la propia Administración.

Para cerrar esta colaboración y terminar por el mismo sitio por donde empezamos, tampoco sería malo recordar que la construcción del Puerto de Navacerrada, en cuya coronación tuvo lugar la disputa referida al comienzo, fue mandado construir por el mismo monarca que expropio los pinares por los que transcurre su itinerario. Bajo el proyecto del arquitecto real Juan de Villanueva, se iniciaron las obras en 1778, para concluir diez años después, ya fallecido Carlos III. A nadie se le escapa que el objetivo principal de esta magna obra viaria, sería el de facilitar el transporte de la madera que de los mencionados pinares se extrajera. La construcción de los aparcamientos de la polémica vendría más tarde.