Gascones Riaza
Los Gascones, en Riaza.

Se conoce popularmente como ‘Semanilla’ a la Semana Santa y más concretamente al libro donde se describen y reúnen los oficios de estos días. La semana comienza con el Domingo de Ramos, el ritual de este día tiene un carácter regenerador, de preparación y renacimiento a una nueva etapa que anuncia el inicio de la primavera: los ramos que portarán los fieles cubiertos de brotes nuevos o la costumbre de estrenar en este día: “El que no estrena en Domingo de Ramos no tiene ni pies ni manos”.

El sacristán iba a buscar los ramos el día anterior y una vez en la iglesia eran colocados junto al altar mayor, donde el sacerdote bendecía los ramos, los rociaba tres veces con agua bendita, mientras repetía la antífona ‘asperges me’ y los incensaba tres veces. Después se acercaban los fieles hasta las gradas del altar, el sacristán daba los ramos al sacerdote, que uno a uno iba entregándoselos a los feligreses.

Posteriormente tenía lugar la procesión, generalmente alrededor de la iglesia, con el incensario y la cruz parroquial y todo el pueblo, precedidos por el sacerdote, con palmas o ramos en las manos. Al volver a la iglesia, se adelantaba el sacristán, que entraba, cerraba la puerta y desde dentro cantaba los dos primeros versos del ‘Gloria laus’. El sacerdote respondía las mismas palabras desde fuera y luego, con el astil de la cruz, daba un golpe en la puerta, que se abría para que entrara la procesión en el templo. Después se celebraba la misa y se tenían los ramos en la mano cuando se leían el Evangelio y la Pasión, el resto del tiempo los ramos permanecían en el suelo.

Una vez concluida la ceremonia, cada cual se dirigía a sus casas portando los ramos para luego colocarlos en los balcones de la vivienda, en las cuadras o en las tierras. Con esto, según la creencia popular, se aseguraban buenas cosechas y se protegía a personas, animales y tierras de peligros y males.

Este día, las mozas que habían salido a pedir cantando por las calles durante los domingos y las fiestas de Cuaresma para la cera del monumento, costumbre muy extendida sobre todo en el Carracillo, salían por última vez y entonaban el cántico propio del día:

“Jesús que triunfante entró
Domingo en Jerusalén
por Mesías se aclamó
y todo el pueblo en tropel
a recibirlo salió”.

O esta otra variante:

“Hoy es el Domingo Ramos
día grande y muy solemne
cuando Jesucristo entraba
triunfante en Jerusalén.

Entra con ramos y palmas
su divina Majestad
entra derramando sangre
por toda la cristiandad.

Lunes le lavan los pies,
Martes le lavan las manos
Miércoles en la columna
Jueves en el huerto orando”.

Lunes, Martes y Miércoles Santo eran días de preparación, en los que las mujeres se afanaban en limpiar las casas y encalar los cercos de ventanas y puertas en la fachada. Durante la Cuaresma se habían cocido las rosquillas, que permanecían guardadas hasta el día de la Pascua, no se ponían flores en los altares, el domingo anterior al de Ramos, Domingo de Pasión, se tapaban los altares y el día de Jueves Santo se desnudaban estos de las sabanillas que vestían durante todo el año.

Los días de Semana Santa que yo recuerdo de niña eran tristísimos, estaba prohibida toda manifestación de alegría y sólo se podían entonar cantos religiosos, quizás por eso existen tantos temas tradicionales de esta época que se cantaban ‘a lo divino’, como: ‘El arado’, ‘La baraja’, ‘El reloj’ … Esto unido a que eran días de ayuno y abstinencia, de potaje y bacalao y algún que otro dulce como las torrijas.

También se cerraban los bares y tabernas, al menos durante las procesiones, y todo el mundo participaba en los oficios; los hombres pasaban el tiempo que no estaban en la iglesia jugando al chito o a la calva; en algunos pueblos, como Navalmanzano o Carbonero, existe la costumbre de jugar el Jueves y Viernes Santo a ‘Las chapas’, dos monedas antiguas que dan ganancia a la banca o a los jugadores dependiendo de la caída de las ‘perras’, si son caras la banca gana, si ‘lises’, o cruces, los apostantes, y si sale una de cada se repite la tirada. Actualmente están regulados los locales donde se puede practicar este juego, y tampoco se puede apostar haciendas, inmuebles o animales, aunque la gente recuerda antiguamente casos en los que llegaron a apostar hasta la propia mujer.
El miércoles por la noche tenía lugar una de las ceremonias más singulares, denominada ‘Los tormentos’, ‘Tinieblas’ o ‘Maitines’, que antiguamente se llevaban a cabo también el Jueves y el Viernes Santo. Durante este ritual se iban apagando una a una las 15 velas situadas en un candelabro triangular, exceptuando una, la que estaba colocada en lo más alto, mientras el sacerdote repetía una serie de oraciones. Después quitaba del candelabro la vela que quedaba encendida y la escondía debajo del altar al lado de la Epístola.

Cuando el sacerdote concluía las oraciones, los fieles, provistos de matracas, carracas, martillos o cualquier objeto para hacer ruido, golpeaban el suelo y provocaban un ambiente ensordecedor. Con ello el pueblo representaba el dolor de Jesucristo en los momentos previos a su Pasión y muerte, así como la pérdida de la luz guiadora en las tinieblas, simbolizada en la vela escondida aún encendida como emblema de la futura resurrección. La oscuridad y el ruido propiciaba el abuso de bromas pesadas como, en los casos en que el suelo era de madera, clavar los manteos de las mujeres, que luego, al intentar levantarse, caían ‘de bruces’ al suelo. Al terminar el oficio el sacristán recorría la iglesia con una vela encendida que los mozos intentaban y conseguían apagar. Este tipo de bromas y gamberradas, propiciadas por la oscuridad, provocaron la prohibición de este rito.

“Jueves Santo no ayuné
madre mía dónde iré:
Al corral las avutardas
a comer peras amargas
y perillos amarillos
y camuesas coloradas
allí está Pedro Botero
con sus uñas de carnero
le pedí una rebanada
y me dio una bofetada.”

El Jueves Santo el sacristán se encargaba de la instalación del Monumento en el altar Mayor, donde ya estaba colocada la tela que lo cubría. En el caso que mejor conozco, Pinarnegrillo, se ponía una escalera con dos barandillas remadas con candeleros para colocar velas y a los lados dos soldados romanos, pintados en tabla, conocidos popularmente como ‘judíos’, de aspecto amenazador. En Bernuy de Porreros se sigue cubriendo el altar Mayor con una sarga y se colocan las dos figuras pintadas de soldados, representando las milicias romanas que vigilaban el sepulcro de Jesús. En Riaza esta función la cumple la cofradía de los gascones, grupo de seis hombres, vestidos a la antigua usanza, con yelmo militar y bandas cruzadas a modo de soldados, que en la noche de Jueves Santo irrumpen en la iglesia y detienen al sacerdote, repitiendo la escena del prendimiento de Jesús. Desde ese momento y durante dos días vigilan el monumento y acompañan al sacerdote en todos los Oficios.

Merece la pena visitar el Monumento de Chañe, restaurado recientemente, en 2016, para tener la imagen de cómo serían las representaciones, ahora perdidas de la mayoría de nuestros pueblos.

Alrededor del Monumento se colocaban velas con alguna señal que identificase a su propietario, porque después se recogían los cabos que quedaban, se llevaban a casa y se encendían para ahuyentar o desbaratar tormentas durante el resto del año.

Otro ritual a destacar en la tarde de Jueves Santo es la representación del Lavatorio, que realizaba el sacerdote a doce muchachos, a los que lavaba el pie derecho. En algunas localidades eran los miembros de Justicia los que representaban este rito, en Riaza, por ejemplo, son los hermanos de la cofradía de los apóstoles los elegidos y en varios pueblos se cantaba durante el ritual entonando coplas agrupadas en quintillas:

“Cuán humilde y amoroso
tomó una blanca toalla
el Señor y puesta al hombro
una vacía con agua
para hacer el lavatorio».

Respecto a este periodo de la semanilla me gustaría aportar como curiosidad, algunos datos que aparecen en los libros de cuentas del s. XVIII en Pinarnegrillo, donde se refleja que el Ayuntamiento obsequiaba con vino, en casa del señor cura, a los hermanos que participaban en el Lavatorio, los de azote, los que daban la vuelta en ‘La Carrera’, etc. O lo que se pagaba al padre predicador, en dinero, en tabaco, o lo que costaba el medio carnero con que se les obsequiaba en Pascua a este y al sacerdote.

Durante el Jueves Santo tenía lugar la procesión, llamada comúnmente ‘La Carrera’, se desconoce el origen de este nombre; algunos como explicación dicen que es porque iba muy deprisa. El maestro Marazuela decía que se llamaba así porque con estas palabras empezaban los primeros versos del cántico recogido en su pueblo, Valverde del Majano:

“Salir y oír los pregones
cómo dicen: ¡muera, muera!;
salir veréis la carrera
toda de sangre manchada”.

Pero quizás la procesión más impactante es la que se realiza en Viernes Santo, la Procesión de la Soledad. En muchos pueblos sólo procesiona la Virgen Dolorosa en completo silencio, y en algunos entonan cánticos, siendo los más extendidos los ‘Romances de Lope de Vega’. En Bernuy de Porreros se mantiene la tradición antigua y aún se cantan en dos coros de hombres, solteros y casados, colocados unos al principio y otros al final de la procesión. Se dan varias vueltas al texto y al volver a la iglesia, los dos coros siguen cantando, porque ninguno de los dos quiere terminar, hasta que el señor cura o algún feligrés les increpa para que acaben de una buena vez. En estas procesiones suele haber penitentes que por alguna promesa caminan descalzos o con una cruz a cuestas, y no era tan raro, como contaban en algún pueblo, que “cayera Domingo Ramos con la cruz en Viernes Santo”. Una impresionante procesión con gran número de penitentes es la que se celebra en La Granja de San Ildefonso.

En muchos pueblos se recuerda parte de estas letras que se cantaban en ‘La Carrera’ o en Viernes Santo porque lo oyeron contar a sus padres o abuelos, incluso se acuerdan de algunas adaptaciones más a lo profano, como ésta de Arroyo de Cuéllar:

“Los dos más dulces esposos:
la Catalina y Ambrosio.
Los dos que se quieren más:
la María y Nicolás.
Los dos que se quieren menos:
La Iluminada y Mancebo”.

O estas otras que recordaban en Coca:

“Allá alante va el Ceomo
y no le podemos pillar,
se ha metido en ca’ el tío Lobo
a acabarla de apañar”.

O en Vallelado:

“Dos cestos son una carga
Tres cestos son carga y media.
Cuatro cestos son dos cargas,
Y cinco son dos y media”.

Durante el Jueves y Viernes Santo no se tocaban las campanas y los monaguillos convocaban a los oficios con el toque de la carraca, recorriendo con este sonido las calles del pueblo.

Los cánticos de Calvarios o Viacrucis eran comunes durante todos los viernes de Cuaresma y hasta el domingo de Resurrección. Quizás el más extendido y conocido sea ‘Acompaña a tu Dios, alma mía’. En Pinarnegrillo se recuperó y aún se canta la mañana de Viernes Santo el conocido como ‘Poderoso’, muy extendido también en toda la península, auspiciada su difusión por los padres predicadores.

El sábado Santo el ritual lo marcaba, ya entrada la noche, la bendición de los dos elementos purificadores: agua y fuego. Para los críos era el ritual más divertido de toda la semana: te daban una vela encendida con la que podías jugar y modelar y hasta ponerte perdido de cera. Se tocaban de nuevo las campanas mientras se cantaba el “Gloria” y durante ese repique, los que no asistían al oficio, recogían chinarros en los goteríos porque se creía que tenían el poder de deshacer los nublados si se arrojaban en la dirección en que se acercaban. Para representar el fin del periodo de abstinencia de comer carne, en algunos casos los feligreses iban provistos de un cacho de chorizo y pan que comían al finalizar la vigilia.

A la mañana siguiente es mañana de Pascua y en toda la provincia tienen lugar las procesiones del Encuentro, donde aún se entonan bellísimos cánticos, y en el que la Virgen María, cubierta con manto negro, se encuentra con su hijo, curiosamente en muchos pueblos representado por el ‘Niño de la Bola‘; se despoja del luto a la Virgen, los dos séquitos se arrodillan varias veces y regresan juntos. Quizás la procesión más interesante es la que se realiza en Riaza, donde las ‘Cillantas’, nueve niñas con velas, cantan las Albricias. En Gomezserracín en ese día las mozas ofrecían también velas a la Virgen y cantaban:

“Toma Virgen esta vela
metida en el candelero,
que la hemos ido a ganar
pa’ la Reina de los Cielos.

Toma Virgen esta vela,
Señora, de cera blanca:
quisiera que fuera de oro
con el pábilo de plata.”

En este día se celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte, el nacimiento de la primavera y el fin del invierno y, en definitiva, como dice la copla, que había resucitado Dios ‘la alegría de los mozos’: volvían las rondas y en el baile todo el mundo estaba deseando oír y bailar las nuevas piezas del organillo, que se estrenaban ese día.