En la foto parte del retablo del cenotafio de Juan de Villena. / E.A.
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El Gobierno central sigue sin poner fecha a la restauración del retablo de la capilla mayor de Santa María de El Parral y de los cenotafios –monumentos funerarios- de los marqueses de Villena, Juan Pacheco y María de Portocarrero, su mujer. El procedimiento lleva suspendido ya un año tras el recurso incoado ante el Tribunal Administrativo Central de Recursos Contractuales por la Asociación de Conservadores y Restauradores de España (ACRE). El Tribunal decidió la suspensión del procedimiento porque de su continuación pudiera derivarse daños de “difícil o de imposible reparación”. Sin embargo, a día de hoy ambas obras siguen en un proceso de deterioro continuo de especial preocupación, máxime cuando hablamos de dos de los máximos exponentes del arte renacentista en Segovia.

En declaraciones oficiales a este periódico, fuentes del Ministerio de Cultura manifestaron que continúa intacto el interés de dicho Ministerio en la restauración de las referidas obras, para la que hay consignado un crédito presupuestario de 872.894 euros, que según las mismas fuentes no ha desaparecido a pesar de la dilatación de los plazos y de haberse sobrepasado el año de referencia. “La intervención sobre el retablo y los cenotafios siguen en los planes previstos por el Instituto de Patrimonio Cultural de España (IPCE), y se llevará a cabo cuando se solvente el proceso abierto”. “La resolución del recurso” es el único trámite que falta. El plazo de ejecución previsto para la intervención es de 18 meses.

Pero mientras tanto sigue el deterioro de ambos monumentos, como ha podido observar este periódico estas semanas de atrás, especialmente en la piedra caliza de los cenotafios y en la madera del retablo. En este último, el mal encaje de los paneles que se utilizaron para la exposición de las Edades del Hombre hace visibles las grietas en uno ellos, concretamente el que representa el Lavatorio de pies. No es la única: en el lado izquierda del retablo, y fruto del desplazamiento que sufre el conjunto para ese lado, se observan muchas fisuras en las piezas que soportan el mayor peso, como capiteles, columnas y basas, y hasta fracturas ocasionadas por el desencolado de los embones que componen las historias desarrolladas en el retablo.

Por su parte, en los cenotafios se han perdido diversos fragmentos, especialmente de aristas y cornisas, debido a los golpes. Curiosamente, uno de los elementos que se prevé retirar, la lechada de cal de considerable grosor y en color blanco, gris y amarillo que recubre la superficie de los cenotafios, quizá haya preservado tanto a la caliza como al alabastro de males mayores, debido a la humedad del entorno. Esta lechada de cal y pintura posiblemente se realizaría a finales del siglo XVIII. Isidoro Bosarte, en su libro Viaje artístico a varios pueblos de España, ya denunciaba esta práctica, aunque paradójicamente haya actuado de capa protectora que ha impedido que la caliza se convierta en bicarbonato. También se prevé retirar los abundantes cúmulos de mortero y escayola que sirven ahora como amarre de las esculturas exentas.

Buena parte de estas patologías ya aparecen señaladas en la Memoria Técnica que realizó Uffizzi, conservación y restauración de bienes culturales, sobre cuya base se esperaba proceder a la restauración de ambos monumentos.

La Memoria levanta la voz de alarma sobre los estratos pictóricos del retablo: “La situación es de extrema debilidad, requiriendo una operación urgente de fijación y sentado de color que minimice las pérdidas del estrato de color que arrastra la lámina metálica de oro, dejando al descubierto el estrato de preparación cálcica”.

En el siglo XVI, fecha de surealización, la policromía de los retablos adquiere una significación especial; se conciben estos monumentos sabiendo que van a ser iluminados por el estofado de pan de oro y por la pintura, lo que le da realce a ojos del espectador y ayuda a que las narraciones contenidas en los distintos paneles de las diversas calles aparezcan como fruto de un legado divino. Asimismo, ayudan al naturalismo de las encarnaciones y de las vestimentas de las figuras que aparecen representadas.

Monumento histórico-artístico

El 14 de junio de 1914 es declarado Monumento histórico-artístico el Monasterio de Santa María de El Parral. Es el tercer monumento que recibe esta catalogación en Segovia después de El Acueducto (1884) y de la torre románica de la iglesia de San Esteban (1896). Posiblemente sirva su concepto de espacio funerario —llegado de la mano de Juan Guas— como antecedente de otros lugares concebidos con el mismo fin, como la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, inicialmente pensada como panteón para la Reina Isabel. Su configuración como capilla mayor, en la que sobresale un gran presbiterio ideado para albergar los cenotafios, crucero y cimborrio que diera luz a los monumentos escultóricos y al propio retablo, es la que luego se repite en otras obras. En realidad, los cenotafios de El Parral fueron diseñados como otro retablo pero en piedra que complementa al retablo central dando una unidad coherente a la intervención.

Retablo

El retablo mayor representa uno de los conjuntos más significativos del Renacimiento de la provincia. Se inició su ensamblaje en 1528, coincidiendo con la realización de los cenotafios de los marqueses de Villena. Conforma con ellos una unidad de estilo sin solución de continuidad. El retablo configura un espacio tripartito que se adapta a la forma del muro del testero como una mano a un guante de silicona. Es destacable su gran altura, 25,20 metros, lo que facilita su visión de conjunto desde el momento mismo en que se entra por la iglesia, resultando un elemento omnipresente en la mirada, esté donde esté el observador y utilizando la perspectiva que se desee. Fue ejecutado por Juan Rodríguez y Jerónimo Pellicer, el pintor Francisco González y el carpintero Blas Hernández.

Su aspecto es monumental, y se asienta sobre una bancada de mampostería. Junto al realismo de las carnaciones y la fineza de la gubia a la hora de tallar los pliegues de los vestidos de las tallas, destaca la inteligencia compositiva de los cuerpos, estructurados por contrafuertes que se subdividen creando un sistema reticular que da una apariencia a la obra de ‘horror vacui’ o miedo al vacío, anticipándose en unos decenios al mejor barroco clasicista.

Cenotafios

En el mismo año de 1528, Diego López Pacheco encarga a Juan Rodríguez y Lucas Giraldo el labrado de los ataúdes sepulcros de sus padres. Se construyen en alabastro y en caliza a la manera de las obras características de autores como los Gil Morlanes (padre e hijo) o Damián Forment en Aragón, solo que en la obra de estos últimos predomina el alabastro sin presencia de la caliza, quizá por la cercanía de sus canteras en la ribera del Ebro.

Guardan los arcosolios una unidad compositiva con el retablo. Se asientan, como él, sobre una bancada de mampostería y se ordenan siguiendo su mismo esquema compositivo con el fin de dar continuidad al mismo de tal manera que parezca el conjunto un proyecto unitario. No fue, como es lógico, el primer enterramiento de los marqueses (Juan de Villena murió en octubre de 1474, poco antes de ser proclamada Isabel de Trastámara reina de Castilla y León). Los cuerpos del matrimonio fueron sepultados primero en el Monasterio de Guadalupe. Después se trajeron a El Parral, depositándose en la capilla de San Sebastián –antes de Santiago-, engalanada hoy por una de las obras del gran vidriero segoviano Carlos Muñoz de Pablos, hasta que se depositaron en su lugar definitivo una vez concluidos los sepulcros.

Aunque no está prevista, tampoco vendría mal la restauración del cuadro de San Jerónimo con capelo cardenalicio —exquisito anacronismo— de Francisco Rizi, pintor barroco hijo de Antonio Ricci, quien llegó a España para colaborar en la ornamentación de El Escorial. El lienzo está firmado pero sufre pérdidas de pintura y de craquelado por toda la superficie de la tela, dando un aspecto de abandono indigno de la antesacristía y de la monumentalidad del cuadro.

Recuperación de la cubierta sin teja a la segoviana

El Plan Nacional de Abadías, Monasterios y Conventos puso en marcha una serie de recursos para recuperar un patrimonio que, por su propia naturaleza, tiene un alto índice de deterioro. Con el Monasterio de Santa María de El Parral se da la circunstancia de que es propiedad del Estado español, con independencia de que en estos momentos utilicen sus instalaciones los últimos seis monjes jerónimos que de esta orden existen el mundo. La intervención precedente fue la de las cubiertas, que se prolongó a lo largo de dos años con un coste final de 1.831.019,64 euros, más de medio millón por encima de lo presupuestado. Las obras se recibieron en agosto del 2019. Aunque era absolutamente necesaria para la consolidación de un edificio conventual extraordinariamente grande –se intervinieron unos 6.400 metros cuadrados- el resultado desde el punto de vista estético deja mucho que desear, además de no casar con la tradición segoviana. La Comisión Territorial de Patrimonio de la Junta de Castilla y León autorizó en el 2015 esta intervención con la condición de que las cubiertas se remataran con teja a la segoviana, es decir, a canal.

Igualmente, propuso que se utilizaran en lo posible las tejas existentes y cuando fuera preciso sustituirlas, hacerlo con tejas viejas de las mismas características materiales y de color. Sin embargo, hoy el tejado que luce es de canal y cobija, y buena parte de las tejas refulgen con un color brillante, sin haber experimentado un mateficación en este año pasado desde su colocación.