La reforma laboral

    Está acostumbrado el presidente del Gobierno a su función de equilibrista. Con una tranquilidad pasmosa, y desde luego envidiable, es capaz de transitar por un fino alambre e incluso sin red para atemperar cualquier contratiempo que se le presente. Ha sido una constante en su trayectoria pública. No le teme a la hemeroteca –sabe que la memoria política es débil-; negocia sin rubor con los abertzales en su día filoetarras y con quienes están dispuestos a cualquier cosa para dinamitar la nación y el Estado españoles; prescinde de colaboradores que en su momento fueron imprescindibles para auparlo y mantenerlo en el poder, incluso con escasos apoyos electorales, y, por el contrario, rescata a viejos compañeros perdidos por el camino… No es que sea un superviviente, es que hace de la supervivencia, de la filosofía del flotador de corcho, la máxima expresión personal de su existencia política. Desde luego que no es el primer espécimen de tal naturaleza en la historia de la política española y europea. Estos ejemplares del posibilismo adivinan que en su campo la política real, coyuntural, tiene mayor recorrido que la política de Estado. Pedro Sánchez es la versión mejorada e inteligente de José Luis Rodríguez Zapatero, el peor mandatario de la democracia española.

    El presidente Sánchez y Podemos están en una complicada encrucijada; en un tour de force que puede alterar el escenario político español

    Ahora el presidente se encuentra frente a un dilema: su relación con Podemos. La excusa del enfrentamiento presente es el texto del acuerdo de gobierno que se refiere a la reforma laboral. La literalidad de lo pactado y suscrito en su día posee una conclusión nítida: la derogación de la reforma laboral redactada por Fátima Báñez, ministra del PP. La crecida vicepresidenta Yolanda Díaz –resultaría interesantísimo analizar las causas de su ascendencia y su popularidad- es respaldada y a la vez azuzada por su formación en pos de la derogación de la citada reforma. Ello supone, entre otras cuestiones, alterar el actual modelo de contratación laboral, encarecer los despidos y darle mayor relevancia a los sindicatos de trabajadores en las negociaciones de los convenios colectivos. Ya no primarían los de empresa, sino los sectoriales, en donde dichas organizaciones –con una afiliación exigua en España, no se olvide- exhiben músculo. En un escenario de repunte de la inflación, de subida exponencial de los costes de producción y de endeudamiento de las empresas tras la crisis de demanda producida por el maldito coronavirus, los resultados pueden incidir aún más en la cuenta de explotación de las mercantiles. Es cierto que los sindicatos han mantenido en nuestra historia reciente una postura de moderación y que el clima de concertación ha sido el que ha predominado en las relaciones laborales en España. Pero no es tiempo para este tipo de cambios. El presidente Sánchez y Podemos están en una complicada encrucijada; en un tour de force que puede alterar el escenario político español, aunque creamos que el instinto de supervivencia de ambos conllevará que la sangre no llegue al río. Ninguno de los dos desea elecciones anticipadas, pero la formación morada acaba de pasar el Rubicón. Veremos qué deparan los equilibrios en el alambre en esta ocasión.