rufino cano de rueda
Rufino Cano de Rueda.

Desde su fundación en octubre de 1901 hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera, El Adelantado se hace eco la tarde del 14 de septiembre de 1923 y lo analiza el día 15, con una crónica que ejemplifica un magistral ejercicio de birlibirloque, no exenta de irónica crítica-, el periódico decano de Segovia había comandado e incluso anticipado la acción política e intelectual de la provincia. Sin ocultar sus adscripciones ideológicas navegaba con sutileza por las revueltas y anárquicas aguas de la política española de la época.

Fiel a los principios fundacionales, se había convertido en algo más que en un diario de avisos, muy del gusto decimonónico; su filiación política no era dudosa –desde el primer editorial su fundador, Rufino Cano de Rueda, se adhirió a los principios agraristas de Germán Gamazo, lo que de camino le permitía defender el agro segoviano, y por ende el de Castilla-, pero no entregaba la línea editorial a la defensa exclusiva de unos intereses partidistas como hacían otros periódicos de la derecha nacional, de la izquierda y sobre todo de los radicales anti sistema.

Había tenido Rufino Cano el olfato de abrir las páginas del ya diario a las corrientes literarias e intelectuales, e iba a ser testigo el periódico, cuando no a participar activamente, en el florecimiento de una edad de plata de la cultura segoviana en ese primer tercio del siglo XX. Cualquier intelectual que pasara por la ciudad tenía su eco en sus páginas; pocos se le escaparon –Gropius y Le Courbusier componen la excepción-. El fichaje del poeta José Rodao fue definitivo, como también lo fue la edición de la página literaria cada lunes a partir del 17 de septiembre de 1906. En resumen, hablamos de un periódico liberal y agrarista en lo económico, conservador en lo político y ciertamente tradicional en lo referente a las costumbres y modas sociales; solo hay que leer sus artículos contra el ‘sportismo’ en las mujeres o su defensa del amor puro: “Ni deportes, ni flirts, ni despreocupación, ni positivismo, ni mucho menos el ridículo lanzado por toda nuestra literatura y por la filosofía más o menos freudiana o marañonesca, matarán al amor”, escribía. Y, por supuesto, su defensa de la Iglesia católica y su cercanía personal al clero.

Pero hay otra circunstancia que se deduce de la lectura de El Adelantado en este primer tercio del siglo XX: su desconfianza en los movimientos obreros. Y, por ende, en los partidos políticos que los sostuvieron. Es obvio que la formación intelectual de los redactores y del propio editor les impedía el trazo grueso o el libelo, pero sus publicaciones están llenas de rechazo a estos movimientos que deducían revolucionarios. Su escepticismo y perplejidad se evidencian a principios de 1924 con la llegada del primer gobierno laborista a Inglaterra. No supo comprender lo que suponía de superación del bolchevismo ruso y su sustitución por el fabianismo. Si se había opuesto al Real Decreto de 15 de septiembre de 1923 que suspendía las garantías constitucionales, y entre ellas las contenidas en el párrafo primero del artículo 13 de la Constitución, que prohibía la censura previa –que en El Adelantado se ejerció en la página 2 de su edición de 17 de septiembre, sobre un comentario de A Vuela Pluma-, no tuvo luego reparos en apoyar, al final de la Dictadura, la restricción del derecho de huelga contenido en el proyecto de reforma constitucional de Primo.

Lo redacta el día en que dimite el general, el 13 de febrero y se publica al día siguiente

El periódico se encerraba a grandes pasos en el statu quo político, sin adivinar lo que se cocía en el magma intelectual que bullía fuera de los corredores, cada vez más estrechos, de la política oficial del momento. Dicho sea en su descargo, tampoco estaban al tanto las propias estructuras de poder si nos atenemos a que el 29 de enero de 1930, el día en que asumió el poder el general Berenguer, tras la dimisión de Primo, el director general de Seguridad, el general Bazán, aseguraba, en un informe sobre la situación política y social del país, que el PSOE de la época, lejos de constituir un peligro para el orden establecido, podría ser considerado como garante de él. El caos en esa estructura de poder coge fuera de juego al propio Rufino Cano, que escribe un artículo en El Adelantado declarando su admiración por el general Berenguer y su convicción de que la “gran mayoría del pueblo español se halla resueltamente al lado de la actual representación del poder político”. Lo redacta el día en que dimite el general, el 13 de febrero y se publica al día siguiente (El Adelantado 14 de febrero de 1931), con una nota aclaratoria.

La posición del periódico en aquellos días es la siguiente:

1.- Apoyo decidido a una monarquía con el contrapeso de las Cortes Generales.

2.- Rechazo de los intelectuales-políticos; o dicho de otra manera, de la consideración de los intelectuales como activos de la política.

3.- Recelo hacia las fuerzas ‘revolucionarias’; o sea, desde el PSOE –aunque se recogiese en primera plana el intento de Berenguer de involucrarlos en el gobierno- al resto de la izquierda; y, en especial, distancia ante un obrerismo que se creía en manos del bolchevismo y del anarquismo.

4.- Rechazo tajante del nacionalismo, derivación del catalanismo, por ser contrario a la unidad de España pero también a los intereses del campo castellano. 5.- Apoyo al Gobierno Aznar –que sustituyó a Berenguer-. Este criterio supuso un desbarre monumental de El Adelantado un mes antes de la declaración de la II República. En efecto, el 16 de marzo de 1931 publica el periódico un panegírico del almirante Aznar, y con toda ingenuidad proclama: “Si continúa (gobernando desde la verdad) no habrá maniobra política que lo derribe”.

Los intelectuales

La diatriba contra los intelectuales arrecia en esos días de 1931. Pero la espoleta se activa tras el “acto público” del 14 de febrero. El periódico informa de su celebración desde el miércoles 11 de febrero. Ese día se hace eco de que sea Segovia la ciudad elegida para “dar principio a la propaganda de las ideas” que se exponen en el manifiesto de la Agrupación al servicio de la República. Recuerda que la delegación de dicha Agrupación en la provincia está presidida por “don Antonio Machado”. En la edición del día 13, el acto público es calificado como “mitin republicano”, y recalca que los organizadores esperan “que la mejor forma de mostrar que Segovia sabe responder a su gloriosa tradición ciudadana es dando ejemplo de serenidad y orden perfecto, evitando toda clase de manifestaciones en la calle”.

La información sobre lo sucedido ese día no tiene lugar hasta el lunes día 16 de febrero –los domingos no se publicaba el periódico-. Se le dedicó la última parte de la página 2 y la primera columna de la 3. Fue una crónica crítica, e incluso, releída una y otra vez, todo indica que fue escrita por más de una mano. No iba firmada. Si al principio se presenta a los oradores de manera elogiosa, después se cambia de tono y se les recrimina que en sus palabras se hubieran “olvidado de justificar la razón de atribuir a la institución monárquica todas las culpas que el país y los gobiernos pudieron contraer en el ejercicio de la vida pública”. También alcanzó igual reproche el olvido “de aquellos días de la República española (I República), época breve de turbulencias, descrédito nacional y angustia del pueblo”. Y, enfáticamente, la pluma que escribe esta parte se lamenta de que los intervinientes no admitieran la hipótesis de que “democratizando la institución monárquica e imprimiéndola el sentido elevado que caracteriza a las de Inglaterra y Bélgica (citadas con elogio por los oradores), sería posible la normalidad en la vida política española”.

Entrando en el cuerpo a cuerpo, el periódico desmonta “la equivocada y poco correcta especie que circuló” por Segovia sobre la suspensión del mitin. Pero el caso es que el acto había sido suspendido. A las 16,30 de la tarde (recordemos que era sábado) el ministro de la Gobernación mandó un telegrama insistiendo en que el artículo 13 de la Constitución de 1876 –que reconocía la libertad de expresión, de palabra o escrita- no estaba en vigor al haberse anulado el Real Decreto sobre convocatoria de elecciones por el nuevo Gobierno Aznar. El gobernador prohibió el acto. Luego, viendo lo que se le caía encima, contactó con el ministro y se autorizó el mitin, que empezó una hora tarde. El periódico, en su crónica, quiso salvar la cara del gobernador explicando puntualmente sus razones, cargando, en cambio, contra Rubén Landa, uno de los organizadores, que luego presidirá en la ciudad, junto con Antonio Machado y Antonio Ballesteros, la manifestación con motivo de la proclamación de la II República. “La voz de don Rubén es apocalíptica”, dice el periódico.

Después de este introito, El Adelantado recoge fielmente la intervención de todos los ponentes, empezando por la de Antonio Machado. A los pies del estrado del Teatro Juan Bravo, un anuncio de Domecq, vinos y coñac; debajo, una enseña alargada con la tricolor republicana. Dice la leyenda que es la primera que se colocó en el balcón del Ayuntamiento a las 18 horas del día 14 de abril.

A partir del 14 de febrero el periódico no ahorra descalificaciones contra los intelectuales, y en especial contra Ortega

A partir del 14 de febrero el periódico no ahorra descalificaciones contra los intelectuales, y en especial contra Ortega. El 3 de marzo aparece un artículo firmado por Marín y Gómez titulado Intelectualidad y política en el que se alude a “los aspirantes a directores de masa” (clara alusión a Ortega y Gasset), a los que se les atribuye “voces desacompasadas y biliosas”. “Nuevamente”, prosigue, “algunos intelectuales (en el original entre comillas) se han lanzado al campo de la política y, creyéndose expertos cirujanos, tratan de practicar a la Patria y a la tradición una operación innecesaria y difícil, únicamente por el morboso placer de ver lo que pasa”.

Ocho días después, se vuelve a la carga, y se reproduce un artículo de Francesc Cambó en la Veu de Catalunya en el que, con tono paternalista, el político catalán escribe: “Recientemente han entrado en el campo revolucionario (el subrayado es mío) algunos espíritus selectos, hombres sin historia o con historia irreprochable, con un candor angelical que les permite creer que en 1931 sería posible una revolución política que no fuera inmediatamente devorada por una revolución social que derivaría hasta el bolchevismo inorgánico; es decir, hasta el saqueo y el asesinato libre”. El 19 de marzo el periódico vuelve a reproducir una extensísima e “interesante contestación” de Cambó a Ortega y Gasset sobre sendos artículos publicados en El Sol por el filósofo.

Estamos a un mes de la proclamación de la II República española. Todo cambiaría desde entonces. También algunos de los intelectuales intervinientes en Segovia.


(*) Director General de El Adelantado de Segovia.