Ángela Segovia. Álvaro Segovia Soriano.
Ángela Segovia. / Álvaro Segovia Soriano

Es una cuestión cada vez menos discutida que lo más novedoso de las últimas letras españolas se encuentra en la voz de las escritoras. He escogido con cuidado el adjetivo: novedoso. Novedosos son los versos de Ángela Segovia. Novedosa es la narración de Andrea Abreu, en Panza de burra. Y cito dos nombres acogidos por el azar de la memoria. Pero como hablo de la memoria no quiero olvidar la labor y la obra de Marifé de Santiago, segoviana de pro.

Hoy le toca el turno a Ángela Segovia, que vuelve a publicar un libro de la mano de la editorial segoviana La Uña Rota. Se titula Mi paese salvaje, y rememora una lengua romance, inclusiva, cuando no existía gramática pero sí comunicación. Cuando leí su libro La curva se volvió barricada, cuya edición también corrió a cargo de Carlos Rod, la sorpresa se convirtió en conmoción. Supondrán que exagero. Es poesía. Solo. Cierto. Pero también la poesía conmueve. Es más, si no conmueve no es poesía, sino simple jueguecillo lírico. El día que deje de conmover perderá su carta de naturaleza original. En todo caso –ya perdonarán los escépticos- el libro mereció el premio nacional de poesía Miguel Hernández por, y transcribo, “representar la apertura de la poesía española hacia nuevos caminos que tienden puentes con nuevas formas de expresión”. ¿Qué quiere decir ello? Se explica. “Bueno, lo tendría que decir el jurado (risas) pero supongo que tiene que ver con que la forma de trabajar el texto, de concebir los recitales, no va solo apegada a la tradición lírica, sino también a otras artes sean teatrales o sonoras”.

La vanguardista –le da miedo ese atributo, que reserva para los maestros-, la mujer que es capaz de retorcer la sintaxis del rico castellano para experimentar la expresión – vid.: la nubecita negra de los ojos-; la poeta que utiliza las posibilidades del español para superar el límite entre lo comunicable y lo incomunicable – vid.: esto es una carta que trata sobre- se excusa a la hora de planificar una cita por teléfono: “Es que estoy con el bebé sola y dependo de su siesta para hablar”. Siempre hay un cacho de realidad que complementa la misión de la “poesía como falla de la lengua”. Y que la humaniza. El periodista recuerda el día en se encontró a Vicente Aleixandre en calzoncillos en Velintonia. Esta poeta puede con todo. Hasta es capaz de coger la lengua y hacerla derrapar.