refugiado
Abel (nombre ficticio) posa en la terraza de Cruz Roja en Segovia. / NEREA LLORENTE

La infancia de Abel (nombre ficticio) estaba tan rodeada de peligros que la tradición de su aldea obligaba a marcarles la piel, un traje espiritual que, aseguraban sus mayores, serviría para protegerle de las balas si estas tocaban su cuerpo. La odisea de este refugiado de Guinea-Conacry hace pensar que sí, que aquel manto le mantuvo con vida.

Su juventud quedó marcada por el ataque de una facción rebelde a su aldea el 17 de septiembre de 2000. Creció con su abuela, que pagó su primer año de estudios porque su padre no tenía más trabajo que una explotación agrario. “Les resultaba muy complicado cuidarme, así que pasé muchas temporadas con mi abuela”. Aquella noche, los rebeldes llegaron a las cuatro de la mañana y él, que estaba durmiendo, empezó a gritar: estaban matando a sus vecinos y quemando sus cosechas. Salió con su familia por la zona trasera de la casa y se escondió en una carretera secundaria hasta que llegaron los militares del Gobierno y sofocaron la rebelión. Tras un susto mayúsculo, aquel niño de ocho años volvió a casa.

Tras tales amenazas llegó el marcado de su piel como defensa y el miedo estuvo siempre presente. Era un buen estudiante de economía y el estado le becó para que cursara contabilidad. “Yo quería ser ingeniero, trabajar en la construcción o ser mecánico. Pero hay unos orientadores que valora el nivel que tienes y te mandan a estudiar eso porque creen que es lo mejor para ti”.

El riesgo de manifestarse

En 2014 murió su padre en pleno brote de ébola, que afectó de forma muy cruenta a la zona occidental de África. “Tenía síntomas muy parecidos a la malaria. Algunos dicen que fue ébola, otros que no. Nosotros nunca lo supimos”. El fallecimiento golpeó de lleno a la familia y él tuvo que volver a su pueblo para ayudar a su madre con las tareas agrícolas. A su vuelta, se unió a un grupo de jóvenes que se oponían a la modificación constitucional que pretendía perpetuar en el poder a los dirigentes durante un nuevo mandato. “Lo hacen en casi todos los países de África. Siempre es lo mismo. Cuando se sientan ahí, no quieren salir”.

“Nos poníamos un chaleco rojo y hablábamos con la gente en los días de mercado para explicarles lo que estaba intentando hacer el presidente”

La primera causa de protesta fue que en los diez años que el presidente llevaba en ejercicio no había cumplido sus promesas con la ciudad. Así que se movilizaron con pancartas para defender su causa. “Nos poníamos un chaleco rojo y hablábamos con la gente en los días de mercado para explicarles lo que estaba intentando hacer el presidente”. Las cosas se complicaron tras una marcha pacífica en la que colisionaron con partidarios del régimen. Les afearon que lo que estaban haciendo era ilegal. Y él replicó: “Les dijimos que la Constitución guineana garantizaba nuestro derecho a la manifestación. Que teníamos derecho a expresar nuestra opinión política, ya fue oralmente o por escrito”.

Empezaron las amenazas de muerte hasta que el lunes 10 de junio de 2019 llegaron los partidarios del régimen a su oficina. La demostración de fuerza, palizas incluidas, terminó con varios líderes detenidos mientras él, junto a otros compañeros, logró huir por la ventana. “Destruyeron todos los papeles que teníamos en la sede y cogieron las listas con todos nosotros y nuestras fotos. Así que empezaron a buscarnos por los pueblos. No daban ningún papel de detención: te ven, te cogen y ya está”.

Trató de ganar tiempo en un pueblo vecino. “Pensaba que las cosas se calmarían y podría volver, pero la resistencia estaba en todo el país”. En aquella aldea le ofrecieron que se tatuara para hacerse pasar por un nativo más, pero iba contra su religión. Así que solo quedaba una salida: huir. Lo hizo sin un destino claro, solo buscaba un lugar en el que sentirse seguro. El primer paso fue salir hacia Malí y esconderse una temporada allí. Desde Tombuctú, la capital, se montó en un coche que le dejó en la frontera con Argelia, una zona desértica. “Nos dejaron a unos kilómetros de la entrada y tuvimos que andar desde las siete de la tarde a las dos de la mañana. Solo tenía una botella de agua y me dolían muchísimo los pies”. Una vez pasada la frontera argelina tuvieron que andar otros 50 kilómetros. Tiempo después, Abel, de 28 años, tiene una lesión en la rodilla que aún está por diagnosticar.

“Lo que quería era un sitio para vivir en el que tuviera tranquilidad y pudiera ayudar a mi familia”

“Lo que quería era un sitio para vivir en el que tuviera tranquilidad y pudiera ayudar a mi familia”. Argelia tampoco fue la solución. Vivía en una zona conflictiva en las proximidades de la capital, Argel. Allí trabajó durante tres meses en la construcción, manejando hierros con soltura, pero la Gendarmerie era muy activa buscando ‘sinpapeles’ para llevarlos a Níger. Así las cosas, la siguiente parada fue Marruecos. Lo intentó primer con un viaje en tren. “No pudimos entrar porque estaban arrestando a los negros que venían”. Así que se bajaron antes y anduvieron durante tres días en busca de un lugar menos vigilado. “Caminábamos de día y descansábamos de noche”.

Estabilidad y protección

Llegó a Rabat, pero cualquier inmigrante estaba bajo sospecha, así que se marchó a un pueblo cercano a trabajar; primero en una pescadería y después recogiendo tomates. Llegó entonces la pandemia: en marzo de 2020 se acabó el trabajo. Dos meses después, se embarcó con ocho personas en una patera. Fueron tres días de viaje: salieron el lunes a las cuatro de la mañana y llegaron el miércoles a las 4 de la tarde. ¿Por qué España? “Buscaba estabilidad y protección. No podía quedarme en Marruecos por todo lo que pasaba allí; podían devolverme a mi país”.

Abel llegó a Segovia el 25 de febrero y entró en el tejido asistencial de Cruz Roja en abril. Una vez realizada la acogida, la organización establece una red básica con empadronamiento o tarjeta sanitaria. Se trata de garantizar su bienestar mientras el Gobierno resuelve la petición de asilo. La prioridad es el aprendizaje del castellano; hay clases por la mañana, pero Abel estudia por su cuenta por la tarde en el piso de acogida en el que vive. La conversación es en francés gracias a la traducción de Emeline Adjiahoung.

El objetivo del proceso es que el migrante adquiera una independencia progresiva y ayudarle en el proceso de desarraigo, con problemas de ansiedad o de sueño. Unas dificultades que han aumentado con la pandemia. El programa de protección incluye una variante de empleo, con cursos o formaciones en pos de una inserción laboral temprana.

En 2020 Cruz Roja en Segovia atendió a 202 personas solicitantes de asilo, con 6.921 intervenciones realizadas para dar una respuesta integral a las necesidades de las personas de las personas, por su plena inclusión, luchando contra la discriminación. Es parte del programa de protección internacional titular del Ministerio de Inclusión Seguridad Social y Migraciones y al Proyecto sociosanitario financiado por la Junta de Castilla y León.

“Me duele estar separado de mi familia, pero estoy agradecido a España y a Cruz Roja por toda la ayuda”

Los problemas de Abel continúan en la distancia. En diciembre volvieron los combates en su país y perdió a un familiar. Su madre, su pareja y su hija de cuatro años tuvieron que huir del pueblo para ponerse a salvo. “Me duele estar separado de mi familia, pero estoy agradecido a España y a Cruz Roja por toda la ayuda. Siempre me preguntan si necesito algo”. Lleva uno audífonos para paliar una discapacidad auditiva que está diagnosticando a través de la sanidad española y que en África suponía un enorme obstáculo. Imaginen aprender un idioma que no es el suyo con problemas auditivos y en un mundo plagado de mascarillas. Ahí es nada.

Algunas tardes, Abel acompaña a otros refugiados mientras juegan al fútbol, aunque él, diezmado por su rodilla, se queda en la grada. Lleva una camiseta de la selección española de fútbol con el dorsal 12 y sonríe cuando le dicen que es el dorsal simbólico de la grada. Precisamente su anhelo: ser uno más.