Antonio Madrigal durante una de sus exposiciones en el Palacio de Quintanar. / Kamarero

He escrito en más de una ocasión que los ritos excluyen a los seres humanos del paso implacable del tiempo, que en ocasiones poco deja porque poco lleva en sus alforjas. Uno de los ritos que tengo, y a la vez privilegio como director de este periódico, es recibir y leer el primero la viñeta de Madrigal todos los días. Me alegra la existencia. Hay dos tipos de alegría: una, emocional, refresca la parte más humanamente animal de la persona, la otra, más dirigida a la razón, enriquece y aprovecha, pues ayuda a descubrir la faz oculta de la realidad, en la que a veces no reparamos. Es lo que se produce en mi interior cuando de manera diaria descubro la mirada de Madrigal sobre el mundo, y esa alegría se manifiesta al exterior a través de una sonrisa. La sonrisa es la muestra más razonable del descubrimiento; y como está emparentada con la inteligencia no es estentórea, sino sutil.

No cometeré el atrevimiento de presentar a Madrigal; simplemente introduzco un libro que acaba de salir a la luz y que reflexiona sobre la maldita pandemia. Repito, reflexiona. No trivializa, no dictamina, no se burla el humorista de nadie ni de nada. Solo se inmiscuye en las muchas aristas de la existencia cotidiana y destila con fineza una realidad compleja y cruel para hacerla, precisamente, menos compleja y menos cruel. Decía Buñuel que los seres más brillantemente surrealistas del mundo eran los humoristas, porque ponían luz en el lado furtivo de la vida y lo mostraban con una sugerencia, no con un escupitajo en los ojos. Buñuel fue surrealista. También lo fue Goya. En realidad, Goya fue surrealista y humorista; qué otra cosa son y suponen sus geniales ‘Caprichos’. Y Madrigal es surrealista. Y un lujo para EL ADELANTADO DE SEGOVIA, su periódico. En ocasiones, sus viñetas son un magnífico editorial o una estupenda crónica de lo que pasa. Este libro, A lavarse las manos, es Madrigal en estado puro, y la pandemia, una excusa. Sería ridículo describir sus viñetas; hay que descubrirlas. Y hacerlo en su totalidad, porque a veces tienen más de un contenido; el más disimulado se encuentra en el pequeño detalle, en tantas ocasiones con un perrito como protagonista o con un niño, lo cual da que pensar además de suponer el contrapunto de la hipérbole y la cercanía a la paradoja. Una buena arma esta. Por muchos años, maestro.