La Familia Real el día de la abdicación de Juan Carlos I.

En estos tiempos de crisis sanitaria, de desplome económico y degradación de nuestras actitudes culturales, en las que todo lo hermoso que nuestra civilización ha construido se convierte en tierra donde habita el olvido, me refugio en una ciudad recia que me ofrece no solo el calor de la amistad sino también el pulso de la historia que late en cada una de sus calles y monumentos. Si las piedras de Segovia hablaran, hablarían del arquitecto que levantó el acueducto en la época de los césares, cuyo apellido se llevó el tiempo. Hablarían de los pastores transhumantes, de las ovejas de la Mesta y del ruido de los viejos telares dedicados al arte de la lana. Hablarían de reyes, de Alfonso X, que en su alcázar miraba las estrellas para componer las tablas astronómicas más importantes de la Edad Media. Y de Enrique IV que sintió pasión por la ciudad del acueducto. Hablarían ,en fin de Isabel la Católica ,que sería proclamada reina de Castilla en la iglesia de san Miguel; de la ira y la amargura de los rebeldes comuneros, que con el andar de los siglos pasarían a ser nombres de rondas, sangre en el callejero.

Desde la solemne majestad de Segovia, el historiador recuerda emocionado que la monarquía en España fue previa al Estado moderno y también a la nación española, en cuya empresa tuvo un papel protagonista y lamenta el griterío actual de los primogénitos de los bárbaros del poema de Cavafis empeñados en derribar la Corona.

“¿Por qué inactivo está el Senado e inmóviles / los padres de la patria no legislan? / Porque hoy llegan los bárbaros. / ¿Qué leyes votarán los senadores? / Cuando vengan los bárbaros ellos darán la ley… / ¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores/ a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia? / Porque hoy llegan los bárbaros / que odian la retórica y los largos discursos…”.

Han llegado los bárbaros con distintos nombres y siglas, nos han invadido infectándonos con esa mezcla de desesperación y utopía que tantas veces ha forjado en Europa las formas más corrompidas del populismo antiliberal. Brotan por toda España conciencias milenaristas que intentan echar abajo un orden moral del que son herederos directos los valores políticos, principios sociales y fundamentos culturales de la monarquía parlamentaria.

La teología medieval sostenía que el monarca no podía morir nunca porque tenía dos cuerpos; inmortal e incorruptible el uno; perecedero, destinado a la historia, a los cementerios bajo la lluvia, el otro. Pero a diferencia de Gran Bretaña o Francia los reyes españoles han carecido siempre de aquel doble cuerpo simbólico; ni ungidos ni coronados, los monarcas en España ofrecen un aspecto hondamente humano: guerreros, burócratas, cazadores… Nada hay de divino, por ejemplo, en el retrato de Felipe II de Sofonisba Anguissola, sino el abismo de suprema sencillez funcionarial que el alma del rey supo cavar para preservarse del mundo. Entre grises y sepias, su coetánea Isabel de Inglaterra oculta, en cambio, su naturaleza mortal con la complicidad del anónimo artista de la National Gallery londinense que la ve como Astrea, la diosa de la Justicia. El niño con pinta de idiota – Carlos II el hechizado – de Carreño de Miranda se pregunta si el hecho de ser rey es una buena o mala broma. Pisa tierra Carlos III, retratado por Mengs, respondiendo en su sincera frialdad al ideal ilustrado de su reinado y hay un verismo justiciero en la estampa vulgar y alelada de Carlos IV y su familia pintados por Goya en Aranjuez. Por el contrario, la grandeza francesa, aunque sea revolucionaria, tiene algo de hierático que el neoclasicista Louis David reflejó al perpetuar a Napoleón en el triunfo sacralizado de su coronación.

Tal vez haya sido esta naturaleza cotidiana y temporal de la monarquía española la que haya ahorrado a sus representantes el vía crucis de otras majestades europeas. La explosiva relación amor y odio entre esos dos sujetos de la política moderna que eran Pueblo y Rey puso el trono al borde del precipicio, en más de una ocasión, pero desprovistos de la inmortalidad imaginada por los soberanos franceses e ingleses los españoles pudieron ser desposeídos de su corona sin el requisito de perder la cabeza en la guillotina. Bastaba con exiliarlos y luego si se portaban bien recibirlos de nuevo. Con naturalidad se despiden reyes y con parecida exaltación se les vuelve a colocar en su sitio .Por ello ,las manifestaciones de entusiasmo de los madrileños al expulsar a Isabel II se repitieron al cabo de seis años al recibir a su hijo el restaurado Alfonso XII.

La monarquía española es una institución de un solo cuerpo, profundamente humano, reacia a complicidades divinas que a la larga no tolera el pueblo. De ahí que la historia manifieste una veta anticlerical o antimilitarista pero no antimonárquica, en sentido estricto, aunque ésta se proyecte en la difusión de un vago espíritu republicano, equiparado a un anhelo de mayor democracia y libertad. No podía ser de otra manera en un país donde tampoco existía un hondo sentimiento monárquico, capaz de suscitar la agitación contraria.

Fruto de una restauración monárquica le llegó la hora al rey Juan Carlos cuando Franco pensó en él, confiando erróneamente que todo iba a quedar atado y bien atado. Ocurrió todo lo contrario. Con él al frente del Estado, el país se transformó de forma inesperada y sorprendente en una democracia plena. Si en 1931 la monarquía fue el problema, en 1975 fue la solución. En el imaginario de la mayoría de los españoles, la República seguía siendo el régimen que había provocado la guerra civil. La izquierda, sin embargo, alimentaba una fervorosa tradición republicana que no impidió a socialistas y comunistas aceptar con sentido práctico la monarquía, al considerarla un buen instrumento para la reconciliación y ver en Juan Carlos I un rey que deseaba serlo de todos los españoles y no sólo de una porción de ellos, como pretendía quien le había nombrado su heredero. La historia reconoce su extraordinaria labor en aras de la modernización integral de España y ni sus devaneos amorosos ni su voracidad financiera deben despojarle del honroso lugar bien merecido que los historiadores le han adjudicado entre las glorias de nuestra patria. Una vez más, el exilio ha sido el recurso que, con división de opiniones entre los españoles, el gobierno ha empleado para destacar la ejemplaridad moral exigible a la Corona ,en el momento en que algo olía a podrido en Dinamarca.

Pero, no nos engañemos, el cerco a la Corona no terminará en lo que se quiere vender como labor terapeútica del reinado de Felipe VI. Los bárbaros han llegado y se exhiben en la patulea de extremistas de palabra embadurnada con dos de los grandes errores de la humanidad, el nacionalismo y el comunismo, entregados vorazmente a la destrucción de la monarquía y a la quiebra de los mecanismos de convivencia de estos últimos cuarenta años largos. La ofensiva del separatismo catalán y vasco, tan avezados en la manipulación de la historia, su deseo de romper con el Estado y con la Nación española no ha dejado de utilizar la fuerza simbólica de la república por mucho que sus voceros identifiquen esta con la exaltación del desgobierno, el jolgorio de la desobediencia o el desprecio de lo que piensan la mayoría de los españoles.

En estos tiempos de ríos revueltos y de ganancia de pescadores, la monarquía es presa fácil de esos falsos republicanos que encuentran catecúmenos entre los millones de españoles a los que se les ha expropiado de las vinculaciones culturales de una sociedad democrática para creerse a salvo en el arraigo primitivo de un paisaje inconsciente. El entusiasmo incendiario de los ignorantes contra la monarquía pasa a revestirse del prestigio de quienes tienen fe en algo frente a la esquiva prudencia de quienes se expresan a media voz. Basta ya de cínico distanciamiento y abúlica neutralidad en el debate sobre la Corona .Basta ya de la locuacidad de la prensa en airear confidencias despechadas y más responsabilidad en el ejercicio de su función cívica en esta hora grave de nuestra nación. La monarquía es la forma de gobierno de la España constitucional y sus detractores nos están diciendo también que todo aquello que emprendimos hace cuarenta y cinco años, tanto en su resultado como en sus intenciones, es pura morralla, materia de olvido, carne de hoguera ,que fue un error que ahora se tiene la oportunidad de rectificar. Volviendo a uno de los grandes temas de su literatura, el derrumbamiento del imperio austro –húngaro, Joseph Roth escribía: “La vieja monarquía austro-húngara, desde luego, no murió por culpa del patetismo hueco de los revolucionarios, sino por culpa del escepticismo irónico de quienes deberían haber constituido su fiel apoyo”. A nosotros también nos están ganando no por la fuerza de los argumentos sino por el griterío y la incomprensible debilidad de nuestro ánimo.
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(*) Fernando García de Cortázar y Ruiz de Aguirre (Bilbao, 4 de septiembre de 1949) es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto y director de la Fundación Vocento. Ha dirigido más de sesenta tesis doctorales y en el año 2008 fue galardonado con el Premio Nacional de Historia por su libro “Historia de España desde el Arte”. Su obra “Breve historia de España” figura entre los libros de naturaleza historiográfica más vendidos en los últimos años