“La lucha de las filósofas por su reconocimiento fue una tarea gigantesca”

Alvaro Alonso
Alvaro Alonso

El escritor Álvaro Alonso publica El Bosque de la Fylosofía, con “y” griega inicial en ese término que significa “amor a la sabiduría” desde hace 2.500 años. Tras varios ensayos culturales y libros sobre música, este profesor de instituto nacido en Murcia (1965) sorprende al mundo académico con un volumen de 454 páginas dedicado a la aportación de filósofas y filósofos desde la antigüedad hasta nuestros días, tras constatar el manto de silencio sobre las mujeres en la construcción histórica de esta disciplina.

—Tras preguntar a personas cultas de mi entorno por nombres de filósofas de todos los tiempos, nadie supera la mención de cinco personajes. ¿Por qué apenas se conoce a las pensadoras?
—Hoy sabemos que el ocultamiento del 50% de la población que ocupan las mujeres en la historia de las ideas no ha sido una casualidad, sino que podemos rastrear su genealogía a partir del canon de Tennemann, un filósofo muy influyente que en Alemania en 1800 publicó su famosa historia de la filosofía, en la que no incluía a una sola filósofa de las que ya entonces habían incidido en sus respectivas épocas. Veinticinco años después, en 1825, Hegel asienta las bases de dicho canon, eliminando no solo a las mujeres sino también todo rastro de filosofía oriental o de otras culturas. Tal canon se ha perpetuado en todos los historiadores posteriores de la filosofía, ya sea Russell, Coplestone, Abbagnano o Reale & Antiseri.

—¿Cómo surgió la idea de profundizar en esa carencia?
—Fue más bien fruto de la necesidad, al no encontrar de primeras un libro que incorporara tanto a filósofos como filósofas en el curso de la historia, ni aquí ni en el extranjero. Teníamos algunos libros sobre filósofas, apenas tres de importancia, pero siempre tratándolas por separado, como en los colegios antiguos que segregaban por sexo. Mi amiga Lola Cabrera fue la primera que realizó un trabajo pionero en este sentido hace unos años. Fue ahí cuando fui consciente de que había que seguir profundizando para dar visibilidad a todo ese tesoro de ideas y pensamientos realizados por ellas.

—¿Nos explica el título elegido para el libro?
—Hace referencia a los claros de bosque de María Zambrano y a los caminos de bosque de Heidegger y también de Ortega. Los tres encontraron en el bosque una metáfora fructífera en la búsqueda de la verdad del ser del hombre en el tiempo. Quise coquetear con la idea del Jardín de Epicuro, de manera que El Bosque de la Fylosofía podría ser entendido como un lugar de encuentro en torno a la filosofía donde tengan cabida tanto los hombres como las mujeres. De ahí esa “y” inclusiva.

—¿De dónde procede la ilustración de portada y cómo se eligió?
—La descubrí en el libro Una historia ilustrada de la filosofía de Otfried Höffe, un fantástico filósofo alemán contemporáneo de la Universidad de Tubinga. Me fascinó desde que la vi. Descubrí que era un grabado medieval de un monje atravesando el mundo sublunar aristotélico camino de las esferas celestes. El grabado lo había recogido por primera vez un divulgador científico francés del XIX, Camille Flammarion, en su libro “Astronomía para principiantes”. Y pensé que era una buena idea, ya que rompe con la imagen tipo la Academia platónica tan usual en los manuales de filosofía. Lo cierto es que ha gustado bastante. Mi editor, Ramiro, de Sílex, no dudó en elegirla desde el primer momento. Y eso suele ser una buena señal (Risas).

— Suena a “en casa del herrero, cuchillo de palo” la contribución de los propios filósofos al ocultamiento femenino en la historia de la cultura humanística…
Pues mira, por paradójico que resulte, ellas fueron en muchos momentos las protagonistas de lo más impactante de la cultura de su tiempo. Y los filósofos no eran ciegos a ello. Pienso en Sophie de Grouchy y su tratado sobre la simpatía. La Marquesa de Condorcet no solo tradujo al francés a Adam Smith, sino que realizó todo un Corpus filosófico propio, además de escribir a cuatro manos con el Marqués (que se ha llevado hasta hace nada toda la gloria) el famoso “Bosquejo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano”, uno de los libros buque-insignia de la Ilustración francesa. Pero es solo un ejemplo, investigando para este libro he encontrado muchísimos casos más.

Ana Julia Cooper
Ana Julia Cooper

—Usted sintetiza el objetivo de El Bosque de la Fylosofía en una sola palabra: desvelamiento. ¿Qué desvela este extenso volumen?
—Mmm… En el prólogo me refiero a ello recordando a mi maestro Emilio Lledó, quien nos enseñó que toda búsqueda de la verdad es aletheia, que en griego significa “desvelamiento”. Está presente, creo, esa idea de que lo bueno, lo justo y lo bello no son más que una y la misma cosa. Decir la verdad, contar la verdad, es en filosofía atreverse a mirar el abismo, o con palabras de Simone Weil en su esclarecedora lectura de la Ilíada, enfrentarse con valor a la constitutiva miseria del género humano, algo solo presente en Homero, Cervantes, Shakespeare y unos pocos más. Dicho de otro modo, ser conscientes de que en la guerra no hay vencedores ni vencidos, mantener la ecuanimidad y ser equitativos en la descripción de nuestra miseria.

—¿Hay algún rasgo común en las 24 mujeres que se imbrican en el texto entre figuras clásicas como Platón, San Agustín, Kant, Marx, Ortega…?
—Como sabes, lo que caracteriza a la filosofía es, más allá del espíritu de sistema, el plantearse grandes preguntas acerca de los límites del conocimiento, la metafísica, la moral, la política, el ser humano o la trascendencia. Por el camino van surgiendo las ideas y conceptos filosóficos. Y no creas que abundan las ideas brillantes. Apenas unas cuantas, como la igualdad, la justicia, la libertad, el placer, la utilidad, la felicidad… Si le preguntáramos a la inteligencia artificial, tal vez te diría que no hay una diferencia sustancial en los grandes bloques de preguntas filosóficas entre hombres y mujeres, pero yo creo que sí incorporan una serie de cuestiones que pueden ser un hilo conductor más o menos explícito. El interés por la vida en su cotidianeidad, las relaciones humanas, la propia identidad, el amor, la complicidad, el cuidado, las emociones y los sentimientos, la racionalidad como algo extensible a la materia… Y, en lo formal, muchas de ellas eligieron expresarse a través de la ficción o la literatura.

Margaret Fuller
Margaret Fuller

—Llama la atención el acceso de Margaret Cavendish a la Royal Society o el caso de Émilie du Châtelet, quien debió disfrazarse para asistir a reuniones científicas en París, espacios vetados a las mujeres en su tiempo…
—Justo, tuvieron que ser mentes prodigiosas para romper con dichas barreras y sufriendo ser vistas en ocasiones como un espectáculo de feria. La lucha por el reconocimiento fue una tarea gigantesca, en el caso de la Cavendish con una filosofía propia de gran calado, al igual que Lady Anne Conway. Mujeres con un pie en la filosofía y otro en la física, en un pedestal cercano a Isaac Newton. El caso de Chatelet es sangrante, puesto que Voltaire se llevó la fama de la traducción al francés de la obra de Newton, cuando hoy sabemos que quien había sido formada con eminentes matemáticos era ella, Émilie. Pero no fue la única. Contamos en el libro el caso de Isabel de Bohemia y sus cartas con Descartes, tan importante para la creación de la idea del “Cógito” y para sus tratados sobre las pasiones.

Simone Weil
Simone Weil

—Narra en su libro casos de aportaciones femeninas a corrientes filosóficas que han sido silenciadas, como en el utilitarismo de Stuart Mill por parte de Harriet Taylor Mill.
—Sí, me viene bien el ejemplo de Harriet Taylor Mill, porque es justamente en el terreno anglosajón donde creo haber aportado figuras menos divulgadas en España. No tanto el caso de Harriet, pues ya en su autobiografía el gran John Stuart Mill hace una descripción objetiva de ella como ser extraordinario. Es que investigando en la pragmática norteamericana te encuentras con una miríada de mujeres con sus círculos filosóficos bien cimentados en la sociedad de su tiempo y sus publicaciones que han sido invisibilizadas durante más de un siglo bajo el manto masculino de los hermanos James, Dewey, y otras lumbreras de postín. No tanto por su propia decisión, sino por un determinado statu quo. Casos como el de la Hull House de Chicago, con la magnífica Jane Addams, premio Nobel de la Paz en 1931, dan buena cuenta de ello. O la pragmática y feminista Ella Lyman Cabot. Aquí me fueron de gran ayuda los trabajos recientes de John J. Kaag y de Charlene Haddock Seigfried, que por desgracia aún no están traducidos al castellano.

Ella Lyman Cabot
Ella Lyman Cabot

—¿Es el caso del “cuarteto de la guerra” en Oxford un ejemplo temprano de sororidad entre filósofas?
—Sin duda alguna. Justo ahora se acaban de traducir dos libros sobre ellas que yo ya había utilizado en su versión original inglesa para mi libro. Es una historia bellísima de amistad entre mujeres en un mundo muy masculino como eran las escuelas de Cambridge y Oxford antesala de la universidad. La importancia de saber griego y latín era decisiva para entrar en tan prestigiosas universidades. El talento y la energía vital de Iris Murdoch fueron arrolladoras. Su obra filosófica y literaria están en fase de descubrimiento. Más si cabe en el caso de Gertrude Elisabeth Anscombe, amiga y traductora de Wittgenstein, de la que anda casi todo su material pendiente de estudio.

—Bastantes de las biografías femeninas del libro abrazan sin temor las polémicas…
—… porque la existencia de muchas de ellas no fueron un camino de rosas. Pensemos en Mary Wollstoncraft y su tortuoso camino hacia la emancipación económica y sentimental. Lo mismo Charlotte Perkins Gilman, autora del “Papel pintado amarillo”. Pienso en la pionera del periodismo en Nueva York, además filósofa Margaret Fuller, figura central de los círculos trascendentalistas y una vida la suya legendaria como reportera en la Italia revolucionaria… O Madame de Stäel, tres veces perseguida por Napoleón, envidioso de su influencia en los salones parisinos y en la Alemania de Schiller y Goethe. Mi libro está plagado de mujeres valientes que plantan cara al riesgo. Qué decir de Simone de Beauvoir rompiendo estereotipos y reglas burguesas y haciendo una nueva lectura de la dialéctica de Hegel del amo y el esclavo. Ahí está Hannah Arendt, una figura monumental y no solo por Eichmann en Jerusalem o La Condición humana. Y nuestra admirada Simone Weil, de una coherencia vital que está en la cuerda floja de lo humano. O el martirio, incluso, en el caso de Edith Stein.

—Solo aparece una española entre las 24 seleccionadas. ¿Habría incluido algunas más que se han quedado en el tintero por falta de espacio?
—Hay muchos y muchas pensadoras que han quedado fuera. Estamos hablando de veinticinco siglos de historia. Si uno hojea el libro, observa que va dándose más espacio a la etapa contemporánea, y que van apareciendo cada vez más nombres femeninos. Zambrano es una figura indiscutible, de vida inquieta y mente siempre sorprendente, que debía estar según mi criterio. Fuera ha quedado Teresa de Jesús, duda hasta el último momento. Un vecino de casa, teólogo, me aconsejó dejarla fuera. No sé si hice bien en hacerle caso (risas). Ahora bien, me hubiera gustado incorporar a María de Maeztu. En la Fundación Ortega-Marañón me impactó mucho su biografía y la historia de la Residencia de Señoritas. Luego está el caso Oliva de Sabucco, pero aún no hay acuerdo sobre la autoría del libro. Y muchas otras, claro. Entre ellas, algunas cercanas, como maestras mías. Por ser de mi generación, citaré a dos: Adela Cortina y Victoria Camps.

—La primera mujer en el libro es Hiparquia de Maronea, del siglo IV antes de Cristo, quien ya abogaba por la igualdad de hombres y mujeres y la libertad individual. ¿Esa línea de pensamiento marca el cauce futuro?
—Son dos ideas complementarias. La igualdad, por un lado, es la lucha de las mujeres por tener capacidad de decisión, por lo que, junto a la igualdad, el problema en realidad está en el poder. Y puede hacerse la genealogía de este fenómeno, mucho antes de que el feminismo tuviera tal nombre. En efecto, está presente en Hiparquia, de la escuela cínica, con todo el carácter rupturista que poseía la secta del perro. Es una constante la lucha por los derechos de la mujer. Pero creo que la igualdad y la libertad a veces no nos dejan ver el problema práctico de fondo, que no es otro que el poder. Y en relación con el poder, las diferentes formas de alienación. Y en esto la historia ha fluctuado en su avance, lejos de ser un continuo progreso. Lo cual nos habría de hacer reflexionar sobre lo que somos susceptibles de perder, si no lo cuidamos.

—Se acumulan los nombres femeninos en la recta final del libro, como Agnes Heller, Nussbaum o Judith Shklar… ¿Se debe a la proximidad temporal o a una reciente toma de posiciones de las mujeres en el mapa del pensamiento humano?
—Hoy ya no hay marcha atrás en este proceso de desocultamiento del pensamiento tejido e hilado por mujeres. Pero hay que tener en cuenta que lejos de estar normalizado, esta tarea de investigación es muy reciente en el tiempo, y está in fieri, en proceso, a nivel mundial, también en España, con una visibilidad cada vez mayor. Es bueno ver traducidas, por fin, las grandes obras de Judith Shklar acerca del miedo o del inmigrante, o de Marta Nussbaum y su teoría de las capacidades y de la fragilidad del bien, pero para un número grande son aún desconocidas. John Rawls o Abraham Maslow, por poner ejemplos relacionados con ellas, están sin embargo instalados en el inconsciente colectivo. Hay que conseguir que llegue el día en que ese imaginario colectivo tenga, al menos, las ideas clave de las pensadoras en cualquier debate, ya sea científico, artístico, ético o político. Espero haber contribuido a ello, al menos con un granito de arena.

—Parece que los adelantos tecnológicos van muy por delante del progreso social y del pensamiento humano. ¿Se agudizará esta tendencia o es reversible?
—La idea del hombre-máquina se remonta a los tiempos del médico La Mettrie y del Barón de Holbach. No haríamos mal en releer a Walter Benjamin y su “aviso de incendio”, por si fuera que vamos camino del descarrilamiento. También conviene leer a Heidegger y sus meditaciones de la técnica. O a nuestro Ortega. El problema no es nuevo, aunque es uno de los “temas de nuestro tiempo”. Lo que ocurre es que cada época lo siente como acuciante, incluso desde visiones catastrofistas. Yo, ahora que celebramos el tricentenario del nacimiento de Kant, me instalaría en los logros obtenidos gracias a esa mente privilegiada del de Königsberg, como idea regulativa para un futuro rector de lo que la tecnología nos pueda aportar. Más allá del bien y del mal.