La joyería popular como adorno, detente y amuleto: lecturas desde la etnografía

Que la joyería popular es un símbolo parlante de los gustos estéticos del momento queda fuera de toda duda, como lo pone de manifiesto la existencia de un determinado tipo de alhaja en cada periodo histórico. Autores como Antonio Cea o Leticia Arbeteta nos ofrecen, en este sentido, una importante nómina de trabajos científicos en los que se caracteriza el tipo de joya que predominó en cada instante, a partir del análisis de piezas-testigo y de su comparecencia en los documentos de archivo –en especial de las mandas testamentarias, donde se suele especificar no solo el tipo de joya, en especial medallas, cruces y rosarios, sino sobre todo la advocación de dichos elementos-. Se trata de documentos que permiten, además, trazar de manera firme los patrones devocionales de un territorio determinado en un momento preciso, especialmente durante los siglos XVIII y XIX.

Algunos tipos de joyas como aderezo y como amuleto, son portadoras de un enorme interés en el estudio de la religiosidad campesina castellana de finales del Antiguo Régimen por cuanto nos hablan de las preferencias de la población por devociones determinadas, habitualmente las que se encuentran más cerca de su entorno habitual, muchas de las cuales cobran un protagonismo específico en ciertos momentos en virtud de su aparición –o incluso invención-, asociada en determinadas circunstancias a ciertos acontecimientos en los que la imagen vino a resolverlos de manera favorable, devociones que ciertas cofradías pusieron de moda a través no solo de su culto sino de la creación de todo un mecanismo distributivo por medio de estampas, novenas o medallas que se solían vender en el santuario, sede de la imagen, o en los puestos de venta de su romería.

Castilla y León en general y Segovia en particular, son ámbitos ricos en este tipo de devociones populares como ponen de manifiesto las vírgenes de la Fuencisla, del Henar, del Bustar, de Hornuez o de Nieva, cuyas romerías anuales congregan a numerosos romeros venidos de puntos, a veces, bastantes alejados, erigiéndose en centros devocionales de referencia desde, al menos, principios del siglo XVIII hasta la actualidad. Para el mantenimiento de la imagen y, por extensión, de la devoción a lo largo del tiempo, fue necesaria la creación de todo un contrastado sistema de venta de objetos de devoción, de uso doméstico pero también de uso personal, hábilmente controlado por cofradías y órdenes religiosas, que permitió además la rápida expansión de estas advocaciones a territorios, en ocasiones, bastante alejados de su núcleo original.

El caso de Nuestra Señora de Nieva es significativo en este sentido, no solo por la importancia que tuvo a lo largo de toda la Edad Moderna y Contemporánea, sino porque sus productos de devoción -estampas, medallas, pliegos y placas de pizarras enmarcadas dentro de cerquillos de plata con la representación de la imagen y del emblema dominicano-, fueron objeto de notable prestigio no solo como objetos de devoción sino también como efectivos detentes o amuletos contra el rayo y las tormentas, según se recoge de manera expresa en sus estampas.

Es bien conocido el relato del padre Fray Antonio Miguel Yuramí, redactado hacia finales del siglo XVIII o principios del XIX, basado en la conocida Historia prodigiosa de la admirable aparición de nuestra señora de la Soterraña de Nieva, especialísima defensora de rayos y centellas para todos sus Devotos, y en especialidad para los que traen Estampa ó Medalla suya tocada á su Imagen, que se venera en el Convento de Padres Dominicos de la Villa de Santa María la Real de Nieva”, editada en 1781, en la que se destaca el episodio que narra el origen milagroso de las pizarras de Nieva. Se cuenta en esta que a: “Cinco leguas distante de la antigua y célebre Ciudad de Segovia, ázia la parte Septentrional, hay un Lugar de pequeña población, que antiguamente se llamó Nieva, y al presente vulgarmente Nievecilla […]. A corta distancia de esta pequeña población habia un pizarral estupendo por su aridez, y grande por su extensión, pues formaba como una especie de montecillo […]. En el inculto y obscuro pizarral, que se acaba de insinuar, estaba guardando ovejas Pedro Amador, natural de Pozal de Gallinas, Lugar distante una legua de Medina del Campo, quien después se llamó Pedro de Buenaventura, apellido que le dio la dicha de haber servido de instrumento a María Santísima en la gloriosa Aparición de una prodigiosa Imagen suya”.

En el mismo santuario se constata una importante producción de estos objetos devocionales, que fue controlada por los propios padres dominicos: medallitas, pliegos y estampas y placas de pizarra en cuyo anverso se representa el verdadero retrato de la imagen de la Soterraña de Nieva en tanto que en su reverso suele figurar el escudo dominico, si bien existen numerosas variantes al respecto, en los que la fuente de inspiración fue la que se reprodujo en algunos grabados del siglo XVIII. En ellos aparece la imagen, cuya iconografía corresponde al tipo clásico de manto triangular y rostrillo, tocada con corona imperial rodeada por uno o varios halos circulares, el niño en el brazo izquierdo y cetro en el derecho. La elaboración y comercialización de estampas y medallas de Nuestra Señora de la Soterraña fue controlaba en todo momento por los dominicos de Nieva, quienes recibieron este privilegio de manos del rey Felipe V en 1733 y así en varios documentos se expresaba que ni plateros ni impresores podían fundir, imprimir o vender medallas y estampas sin consentimiento de los frailes de esta orden, capellanes perpetuos de esta taumaturga imagen, si bien a lo largo del XVIII y, sobre todo, del XIX conocemos numerosas variantes que salieron de las manos de otros artesanos e imprentas peninsulares. Las estampas y medallas adquirían su especial poder protector contra el rayo y la centella gracias a que estaban tocadas a la mano derecha de la imagen que se custodia en el convento de la localidad segoviana portadora de un cetro, atributo que Concepción Alarcón interpreta, a partir de un minucioso análisis iconográfico y bibliográfico, como una vara defensiva y ofensiva conculcadora del mal utilizada con fines taumatúrgicos.

La Virgen de Nieva es, pues, especial protectora contra los rayos y centellas para lo cual se emplearon, como reliquias o brandeas, las pizarras que aparecen en el lugar en el que el pastorcillo halló la imagen enterrada (de ahí el apelativo de Soterraña o subterránea). Respecto al poder de los esquistos y pizarras, algunos autores citan a Plinio quien expresa que tenían poder contra el rayo, si bien hay autores que opinan que Plinio debió confundir la piedra especular segoviana con los esquistos de la zona de Nieva y Bernardos. Sea como fuere, medallas, estampas y, sobre todo, placas de pizarra o cruces del mismo material, fueron efectivos detentes (por lo menos trataron de serlo) contra los rayos y las tormentas, para lo cual eran portados en rosarios, dijes o dentro de carteritas por pastores o caminantes que no dudaban en acogerse bajo el manto ficticio de la sacra imago en momentos de peligro. En este sentido, hay que apuntar como este tipo de joyas, que engalanaban dijeros o rastras y rosarios, ofrecían un valor como efectivo amuleto protector, verdaderas “armaduras contra el mal”, que el hombre de campo llevaba en sus morrales o prendidos en su vestimenta; esta circunstancia queda netamente contrastada gracias al hallazgo, nada casual, de una de estas medallitas de hechura popular de plata con la inscripción grabada en el reverso –N. S. DE NIEUA-, recuperada en la excavación arqueológica del túmulo prehistórico de Los Morcueros, en Gemuño (Ávila) y que a nuestro juicio cabe ser considerada como una suerte de depósito practicado ad hoc, a modo de ofrenda, de naturaleza propiciatoria cuya finalidad no estaría demasiado alejada de aquella destinada a evitar que se perdiesen las cosechas del entorno o, simplemente que no cayesen rayos cerca del amontonamiento de piedras que, por lo demás, se encontraba perfectamente ubicado en el mapa físico y mental de los habitantes de la localidad abulense, según nos confirma la información oral.

El ámbito de utilización de ciertos elementos de la joyería popular trasciende el mero adorno y la protección como elemento de uso profiláctico para erigirse en parte del ajuar funerario, según una tradición que estuvo muy en boga entre los siglos XVI al XIX. En este periodo era habitual enterrarse con rosarios, determinados tipos de amuletos, así como medallas cosidas a la mortaja o al hábito, práctica que resultaba enormemente llamativa a alguno de los ilustres viajeros que recorrieron España durante la Edad Moderna. Recordaremos, al respecto, los apuntes del viajero inglés Robert KerPorter sobre los funerales de una mujer salmantina de cierto rango en 1808 o los de José María Jerónimo Fleuriot, Marqués de Langle (1717-1804) quien anotaba que “(…) además del hábito, cargan el muerto de reliquias, de medallas, de cordones, de agnus, de rosarios, que le atan al cuello, a los brazos, a las piernas y con los que llenan las mangas, su capuchón, sus bolsillos y su gorro” tal y como recogía García Mercadal en uno de sus trabajos más conocidos. En este mismo sentido, la Encuesta del Ateneo de Madrid de 1901 ofrece abundantes referencias a la presencia de medallas, rosarios, escapularios, bulas de cruzada y amuletos cosidos en el sudario o en el hábito de la orden religiosa con que se vestía al cadáver -habitualmente de la orden franciscana-, a veces hasta cubrirlo por completo como aparece documentado en algunas villas de Euskadi a lo largo de los XIX y XX. La presencia de toda esta quincalla devocional en las tumbas, se encuentra registrada arqueológicamente desde, al menos, el siglo XVII, momento en que viene a reemplazar al óbolo de Caronte y perdurará hasta bien entrado el siglo XX, si bien quedó reducida la práctica a ciertas comunidades rurales donde la tradición se mantuvo hasta la década de los años 60 o 70. La joyería que aparece presente en los contextos funerarios engloba las piezas más populares y de menor coste económico, aunque de alto valor devocional, como es el caso de los rosarios dominicanos, las medallas caladas donde las advocaciones marianas más presentes en los ajuares castellanos, no solo segovianos, son las de Nuestra Señora del Henar, Nuestra Señora de Nieva, Nuestra Señora de la Peña de Francia o Nuestra Señora de Valdejimena, aunque estas dos son menos frecuentes que las primeras, así como las medallas de Nuestra Señora del Risco y de Guadalupe que por lo común aparecen como remate de las cruces de los rosarios junto con la medalla de Valdejimena. En menor medida comparecen los amuletos entre los que destacan las higas y medias lunas, las medallas con la oración de San Benito, cruces de Caravaca o las medallas con la inscripción del SANCTO DIOS/ SANCTO FUERTE/ SANCTO INMORTAL/ LIBRANOS SEÑOR/ DE TODO MAL, por lo general sueltas o cosidas al hábito y al sudario, de la misma manera que las encontramos en la vestimenta, donde la variedad de las medallas excede con creces las que solemos encontrar como acompañamiento funerario en los cementerios parroquiales; su uso se encontraba además enriquecido con indulgencias otorgadas por los obispos y pontífices a lo largo de los siglos XVIII al XX.

Las mandas testamentarias y libros de difuntos van a aportar, en este sentido, sustanciosos datos acerca sobre las devociones particulares de los testadores, muchas de las cuales aparecen reflejadas en la joyería a través de las piezas con que fueron enterrados. Las devociones segovianas se nutren de las advocaciones marianas que se encuentran en un ámbito local, si bien no es raro que trascienda el ámbito comarcal o incluso regional, como pone de manifiesto no solo la arqueología o los libros de archivo sino también ciertas manifestaciones artísticas, como el arte de los pastores quienes tendieron a representar en sus cuernas algunas de las devociones ya mencionadas. A modo de ejemplo, en el archivo parroquial de la segoviana iglesia de San Bartolomé de Basardilla la consulta de sus libros de difuntos deja perfectamente plasmada la geografía devocional particular de la población segoviana a principios del siglo XIX a través de algunas de las mandas testamentarias conservadas; en 1820 Isabel Gómez dejaba encargadas:(…) Cinco misas cantadas y tres rezadas en el altar mayor; una misa cantada en el altar de Ntra. Sra. en el altar de San Antonio una misa cantada y otra rezada. Una misa rezada en Santa Águeda. Una misa cantada a N. S. del Pedernal quando esté en el pueblo. Una misa rezada a N. S. del Henar; otra misa a N. S. de la Concepción y una misa rezada a N. S. de la Guía; otra en N. S. de la Fuencisla y otra a N. S. del Carmen. En otros casos –se suelen documentar en el transcurso de algunas excavaciones arqueológicas-, en las que esta información de archivo se materializa en la presencia de todas estas pequeñas piezas humildes –arte de mazonería se denomina en Cataluña que orives y lamineros vendían en romerías y ferias- que venían a acompañar en el último viaje a una población que asentaba su religiosidad en las imágenes devocionales más comunes del momento. Como cabría esperarse, las sencillas medallitas caladas de cobre y oricalco de Nieva ocuparon un lugar predominante entre las advocaciones segovianas, sorianas o abulenses. La imagen, que había aparecido bajo tierra, volvía en un viaje simbólico, en cierto sentido, al lugar de donde procedía.


(*) Antropólogo.