Dibujo de José María Avrial y Flores. El sepulcro de la familia Del Sello queda a la izquierda de la imagen.
Publicidad

Las dos décadas finales del siglo XV y las tres primeras del siglo XVI fueron muy malas para los conversos. Fueron los años en los que la Inquisición actuó con más dureza. No les quedó más remedio que aceptar las reglas impuestas por la Iglesia, renunciando a sus costumbres y hábitos, a su comida y a su cultura ancestral. Algunos trataron de hacerse perdonar por su pasado, pero la inmensa mayoría siguió judaizando de forma clandestina, lo que no impidió que algunos escalasen en la sociedad cristiana guardando en secreto sus sentimientos más íntimos: un judaísmo trasmitido de forma oral de padres a hijos. Tras la expulsión y sin fundamentos teológicos firmes por la pérdida de libros sagrados y la prohibición de tenerlos, perdieron las sutilezas teológicas del judaísmo y las complejidades de su observancia. Así se fue perdiendo su pureza y contenido hasta llegar a diluirse completamente.

Con la presencia de los judíos en España, el criptojudaísmo de los falsamente convertidos se había mantenido vivo y retroalimentado por el contacto directo con sus antiguos correligionarios. La esencia del judaísmo se mantenía viva por la existencia de la cultura hebraica, es decir, porque los judíos desde niños recibían una sólida formación religiosa en lengua hebrea, gracias a que poseían los textos a propósito escritos en esa lengua. Todas las familias judías tenían en sus casas los libros escritos en hebreo fundamentales para el adoctrinamiento, formación y la práctica religiosa. Estos libros, por qué no, seguirían en poder de los nuevamente convertidos y con ellos el permanente recuerdo de la religión de sus mayores que ellos habían abandonado.

Resulta evidente que la expulsión de los judíos de España y la prohibición de los libros de la religión de Moisés, rompían el lazo de unión de los conversos con sus antiguos correligionarios y con su fuente de alimentación cultural y religiosa. Sería inevitable que, con el tiempo, el conocimiento de las oraciones y de los ritos judaicos se fueran diluyendo por falta de unos sólidos cimientos que les mantuviesen en una permanente vigencia activa. Por tanto, a partir de 1492 sin sinagogas, sin rabinos y sin escuelas, los judaizantes perdieron todos los fundamentos que mantenían viva su fe. Las primeras generaciones de conversos judaizantes se tuvieron que valer de los libros cristianos que les recordasen los pasajes del Antiguo Testamento y los Salmos, tales como la Biblia y los libros de horas, libros que desnaturalizaban las fuentes auténticamente judías y con ello la esencia misma del judaísmo de los criptojudíos. Se trataba en un intento de judaización del cristianismo o de sabotaje al ritual cristiano, bien por la intención, bien por la omisión, como por ejemplo sustituir los ayunos por las limosnas. Ejercitar la caridad entre los pobres, una acción cristiana, pero en sustitución de los ayunos que prescribía la doctrina judía. Como es lógico, con el paso de las siguientes generaciones de conversos, este fenómeno que acabamos de explicar se terminó diluyendo por completo. Ya no se trataba de judíos cristianizados, tampoco de cristianos hijos de judíos, sino de cristianos hijos de cristianos cuyos orígenes judíos se perdían en la segunda, tercera o cuarta generación. La consecuencia más inmediata fue que la presión sobre los judaizantes se suavizó hacia mediados del siglo XVI, ya que apenas quedaban por entonces miembros que hubieran vivido en contacto con los judíos y su cultura. La atmósfera de permanente persecución y el temor a ser denunciados y juzgados por la Inquisición, provocó que los judaizantes más fervorosos emigraran de España y los conversos se fueran integrando de forma paulatina en la vida cristiana. Quizá solamente en las prácticas necesarias para guardar las apariencias, aunque en el fondo cayeran en el agnosticismo y en la irreligiosidad. Es posible que el criptojudaísmo se limitase al mantenimiento y la práctica de tradiciones culturales, más que al de una religión militante, es decir, respetar en familia ciertos ayunos, cumplir por costumbre las dietas tradicionales y “respetar” el sábado. Es decir, un criptojudaísmo más practicante que creyente.

No sería de extrañar que en estos primeros años del siglo XVI siguieran celebrando reuniones religiosas clandestinas. Y qué mejores lugares que las que habían sido sus sinagogas transformadas en casas particulares donde poder reunirse sin sospechas. ¿Acaso esta fue la razón que animó a Diego del Castillo, alcaide del alcázar y pariente de Andrés Cabrera, a comprar para casa de su morada la que había sido sinagoga de los Campo, próxima a la Puerta de San Andrés? ¿Trató de conseguir algo similar la familia Ibáñez de Segovia al comprar para establecer sus casas principales la que había sido sinagoga mayor en tiempos de la expulsión? Al describir los linderos de esta sinagoga, se dice que era colindante con una casa de un tal Juan de Segovia. Unos años después, cuando se efectuó dicha compra, esta casa lindera pertenecía a Bartolomé Ibáñez. ¿Eran de la misma familia los Ibáñez y los Segovia? En la segunda mitad del siglo XV vivían en nuestra ciudad varios judeoconversos con el apellido Segovia y todos ellos eran ricos e influyentes financieros y mercaderes.

La primera generación de judíos convertidos tras la expulsión, pasó por momentos de dudas, de indefinición, de desconfianza en sí mismos, llenos de nostalgia y con gran sentimiento de culpabilidad. No dejaron de lamentarse de la insensatez de haber cambiado de religión. Con un corazón de judío, su drama fue cómo disfrazarlo y cómo trasmitirlo a sus descendientes, sin que ello se advirtiera. Todo esto, rodeados por un ambiente de intenso temor a las acciones del Santo Oficio. Algunos grupos se hicieron cada vez más herméticos, otros llegaron al agnosticismo. Grupos endogámicos con un sistema de relaciones muy cerrado. Se relacionaban y se casaban entre sí, adoptando pautas comunes de comportamiento en lo tocante a cómo reconocerse entre sí para poder celebrar el culto comunitario, cómo conservar su ceremonial y cómo transmitir su religión y sus ritos a sus descendientes.

Estos conversos de primera generación se fueron adaptando al cristianismo a lo largo del siglo XVI de forma paulatina y podríamos decir que sus descendientes en los primeros años del siglo XVII, ya estaban completamente integrados en la sociedad cristiana. Pero no lo tuvieron fácil. Los estatutos de Limpieza de Sangre fueron poniendo cada vez más difícil el ingreso de los conversos en aquellas instituciones que los exigían para su ingreso. Ya no se trataba de que fueran o no buenos cristianos, sino de que demostraran unos orígenes limpios de toda “mala raza”. En la segunda mitad del siglo XVI la preocupación por la limpieza de sangre pasó a primer plano. Ya no se trataba de un problema de naturaleza religiosa. La honra era el motor de la vida social y la deshonra equivalía a la muerte social. Se sustentaba en la opinión que de uno mismo, de sus ascendientes y genealogías tuvieran los demás. De ahí que tuvieran que procurar ocultar toda manifestación cultural que pudiera enlazar con la judía. La aplicación de los Estatutos de Limpieza de Sangre, de este modo, provocaba que se desperdiciaran hombres útiles para el Estado. De ahí que en 1621 la Junta de Reformación propusiera una relajación en los procesos de investigación, prohibiendo las denuncias anónimas y las denuncias y declaraciones fundadas en habladurías que afectasen a la buena fama, la nobleza y la limpieza de las personas.

No resulta fácil investigar sobre los orígenes de algunas familias de esta época por la falta de veracidad en la documentación encontrada. Si la fuente de información es una genealogía pergeñada por la propia familia interesada, suele estar llena de medias verdades, cuando no de evidentes falsedades. Algunos retrocedían sus orígenes hasta lo absurdo, declarándose descendientes de los reyes godos y por supuesto reconocidos como nobles y limpios de toda “mala raza”. Se han demostrado falsas las genealogías de los Arias Dávila, de los Suárez de la Concha, de los González de la Hoz y hay serias dudas y sospechas de falta de autenticidad de las genealogías de los Tordesillas y los Ibáñez de Segovia.

La obligatoriedad de tener que aparentar una vida cristiana y todo lo inherente a la doctrina de la Iglesia, cuanto más se alejase el tiempo de la conversión generación tras generación, su integración sería cada vez más completa. En el hipotético caso de que en alguna de estas familias judeoconversas se practicase algún tipo de rito judaico, ya se cuidarían muy mucho de que fuera en el más absoluto secreto y falseando las formas para dar a dicho rito una falsa apariencia de cristiano. Algunas familias lograron engañar a la sociedad y practicar el criptojudaísmo durante casi un siglo, tal es el caso de la familia de Los Mora, de Quintanar de Onésimo, en Toledo. En Segovia no tenemos conocimiento de que existiera algo similar, pero… ¿Y si existió algún caso de criptojudaísmo y no trascendió a la sociedad?

Era inevitable que en muchos casos por su elevada formación y en otros casos por su laboriosidad se distinguieran del resto de sus vecinos. Se casaban entre ellos respetando el grado de endogamia familiar establecido por las leyes; se casaban con otros conversos; y desempeñaban profesiones similares o relacionadas unas con otras; por tanto la endogamia no sólo era de carácter religioso sino también profesional. Familias totalmente integradas en el siglo XVI son las de los Arias Dávila, los Bermúdez de Navacerrada y Contreras, los Bonifaz y Godínez, los Cabrera, los Coronel, los De la Hoz, los García del Espinar, los Del Río, los Del Sello, los Enríquez de Tapia, los González de Proaño, los Guzmán, los Maldonado Barnuevo, los Mampaso, los Marquina, los Moreno, los Porres Vozmediano, los Salcedo, los Segovia Ibáñez (o Ibáñez de Segovia), los Suárez de la Concha y los Tordesillas, por citar los ejemplos más señeros. Con ellos queda demostrada la importancia de esta minoría tanto en el gobierno de la ciudad, como en la actividad económica practicando el desempeño de los oficios artesanos. Con el ejercicio de sus profesiones desarrolladas en todos los campos de actividad y con su integración en la clase rectora, se culmina un proceso que había costado muchos esfuerzos y sinsabores a los miembros de esta minoría religiosa. Pero esta integración también se produjo entre las clases humildes, con la diferencia de que estos, al no dejar huellas documentales de su paso por la vida de la ciudad, no podemos demostrarlo fehacientemente, pero desde luego su integración y mezcla con los demás vecinos de la ciudad fue una realidad incuestionable. Incluso mayor y más rápida, al no estar sometidos a los códigos de honor y limpieza de sangre a los que estuvieron sujetos los de las clases económicamente superiores.

Ya en la segunda mitad del siglo XVI Antonio del Sello, descendiente de judíos, fundó el monasterio del Corpus Christi y fue patrono de la capilla mayor de esta iglesia. Cabe preguntarse: ¿El hecho de que un descendiente de judíos se hiciese con el patronato de la capilla mayor de esta iglesia, que hasta el siglo XV había sido sinagoga mayor de Segovia, podía esconder un deseo de enterrarse en el lugar sagrado de sus antepasados? Sabemos que Diego Arias Dávila despreciaba los enterramientos cristianos, pero también sabemos que si él se había hecho un enterramiento en el convento de la Merced —según declara uno de los testigos durante el proceso seguido contra esta familia—, había sido porque confiaba en que le llegasen los rezos que hiciesen los judíos en la sinagoga que había a espaldas de dicho convento.

En relación a este enterramiento, gracias a la historiadora y amiga mía Mercedes Sanz de Andrés, sabemos que cuando se arruinó dicha iglesia al sufrir un incendio a finales del siglo XIX, el día 14 de enero de 1894, los huesos de los cadáveres de esta familia Del Sello fueron trasladados al cementerio municipal por sus descendientes, en concreto por la señora doña María Antonia Aguilar y Fernández de Córdoba, marquesa viuda de Bendaña, grande de España.

En el caso de que hubiera habido en Segovia alguna familia que hubiese seguido practicando en secreto la religión de sus antepasados, ¿Cuánto tiempo hubiera podido seguir con esta práctica clandestina? ¿Podría haber llegado a nuestros días? No tenemos respuesta para estas preguntas. Pero según decía don Felipe de Peñalosa: «Tengo para mí que, en muchas familias, quedó hasta época reciente, esta conciencia de ser judíos, aunque de una manera críptica y sin mengua de sus sinceras prácticas cristianas».

No sabemos nada sobre el destino de la sinagoga de los Campo, pero sabemos que en la casa de los Ibáñez de Segovia se ha conservado hasta la década de 1980 el “micvé” o baño ritual de la sinagoga y aún se conservan actualmente los muros y la cabecera de la nave principal y los artesonados, incluido un “ojo de buey”. ¿Se siguieron reuniendo aquí las familias conversas segovianas? ¿O lo hacían en la iglesia del Corpus, propiedad de Antonio del Sello?

Nada de esto lo podemos afirmar. Pero sí hemos podido constatar cómo, por ejemplo, muchas de las familias que hemos citado se transmitían vía testamentaria objetos tales como libros de rezos y tapicerías cuyo tema estaba dedicado a los episodios del Antiguo Testamento, relacionados con la historia de los judíos. ¿Era este un modo de recordar y transmitir a sus sucesores la conciencia de pertenencia a un pueblo? No hay duda que por lo menos se trataba de transmitir un orgullo de estirpe, pues sus orígenes los conocían perfectamente.

Recientemente he tenido el placer de conocer a la doctora doña Ruth Salamanca, de nacionalidad colombiana, residente en aquel país y descendiente directo de los judíos expulsados de España en 1492 —en concreto de Alonso González de la Hoz, converso segoviano procesado conjuntamente con los Arias Dávila—, y me ha facilitado su línea de sucesión durante los últimos 500 años. Un claro ejemplo de pervivencia de este orgullo de estirpe conservado por estas familias hasta nuestros días.

(*) Doctor en Historia por la UNED.