Casa de Alonso González de la Hoz.
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Francisco Javier Mosácula María (*)

El judaísmo peninsular pierde sus orígenes en la noche de los tiempos y se rodea de tintes legendarios. Se cree que su presencia se puede rastrear hasta el siglo X antes de nuestra Era, pero lo cierto es que hasta el siglo IV de la nueva Era, en el concilio de Elvira, no se acredita su presencia documentalmente en Hispania. La convivencia entre judíos y cristianos hasta el siglo XIII pasó por alternativas dispares de bonanza y represión, según las crisis coyunturales que se sucedieran.
Teóricamente estos fueron los años de idílica convivencia entre los miembros de las tres culturas. Es indudable que para muchos judíos cortesanos, el hecho de convertirse al cristianismo les abriría muchas puertas que como judíos tenían cerradas, de ahí que se convirtieran por su propia voluntad. Desde el siglo XIII los frailes mendicantes —y los dominicos en particular— iniciaron sucesivas campañas para captar a las minorías religiosas, ofreciendo la conversión a los más destacados exegetas y polemistas de entre ellos.

Las conversiones debidas a la propia convicción del neófito, las podemos situar cronológicamente en los siglos XII, XIII y en la primera mitad del siglo XIV. A partir de esta fecha proliferaron las razones externas que justificaban el cambio de creencias.

A partir de siglo XIV se observa una animadversión creciente contra los judíos, como consecuencia de la propaganda antijudía de algunos conversos, como Alfonso de Valladolid o Pablo de Santa María. A ello contribuirá también la subida al trono de Enrique II de Trastámara, con quien dará comienzo el antijudaísmo violento que culminará con los pogroms de 1391. A partir de este año se produjeron conversiones en masa motivadas por el terror. Los falsamente convertidos guardarán en secreto sus creencias más íntimas: a ojos vista parecerán cristianos, pero seguirán siendo judíos por dentro. Había nacido el criptojudaísmo. Para combatir a estos últimos, en el año 1480, se creó el Tribunal de la Inquisición, al mismo tiempo que se ordenaba el encierro de los judíos en barrios separados. Por último, en 1492, se decretó la expulsión de los judíos de España.

El cambio de creencias religiosas de los hombres ha existido siempre. Muchos hombres han cambiado su fe para adoptar otra nueva. Si se trata de un cambio motivado por la propia convicción del creyente, no hay que poner en duda su autenticidad; pero si el cambio se debe al miedo o a una meditación calculada motivada por intereses espurios, es probable que la conversión sea insincera, es decir, más bien se trate de un cambio de imagen en su propio beneficio.

La presencia judeoconversa en Segovia se detecta después de 1391, pero sobre todo en la primera mitad del siglo XV, tras las predicaciones de san Vicente Ferrer. Se ocasionó un problema de convivencia entre judíos y conversos, y entre estos y los cristianos viejos. La convivencia entre judíos y conversos dependía del motivo de la conversión. Un “mesumad” era un tornadizo, un apóstata convertido por interés; y un “anús”, era el convertido a la fuerza, por miedo, más de fiar para los judíos estos últimos que los primeros.

En 1396 se estableció en Segovia para ocupar la cátedra de su obispado don Juan Vázquez de Cepeda, natural de Tordesillas, quien vino acompañado de su hermano Rodrigo. Aunque no hemos encontrado ningún documento que ratifique la condición de converso del obispo, hemos llegado al convencimiento de que Juan Vázquez de Cepeda era de ascendencia judía.

En primer lugar, la crueldad con la que castigó a los autores del sacrilegio de la Hostia consagrada por lo judíos en la sinagoga mayor, que fueron condenados y quemados en la hoguera. Al poco tiempo, se descubrió un complot para llevar a cabo el envenenamiento del obispo, como venganza por la crueldad mostrada en el castigo de los culpables del delito de dicha profanación. Descubierto el maestresala del obispo como cómplice necesario para proceder al envenenamiento, fue ajusticiado junto a sus colaboradores, quienes fueron ahorcados y arrastrados sus cadáveres. Este comportamiento fue similar al de otros judeoconversos contemporáneos, a la hora de juzgar a sus antiguos correligionarios, tales como el obispo de Burgos don Pedro de Santa María.

La influencia del obispo en la Corte era muy grande, hasta el punto que desempeñaba también el puesto de administrador de la Hacienda Real, hasta que por intrigas políticas fue obligado a dimitir de este cargo. Pero lo curioso del caso es que la Tesorería quedó en manos de su hermano Rodrigo. Los descendientes de este último detentarán en propiedad este oficio hasta el siglo XVIII. Resulta significativo que estos hermanos, que pertenecían al estamento de los hombres buenos pecheros, fueran expertos en desempeñar los oficios financieros de la Corona, función que, como todo el mundo sabe, solía estar despeñada por judíos.

En la genealogía de esta familia, publicada en el año 1663, se hace retroceder a los miembros conocidos de esta familia hasta el año 1348, según la cual eran originarios y señores de la villa de Cepeda desde el siglo VIII. A mediados del siglo XIV, Vasco Vázquez de Cepeda fue desposeído del señorío de esta villa y se le concedió a cambio el señorío de la villa de San Felices, cerca de Tordesillas. Creemos que Vasco Vázquez de Cepeda era judío y de ahí su destitución al subir el trono Enrique II de Trastámara.

Establezcamos ahora un paralelismo con el exegeta y polemista judío experto en las Sagradas Escrituras, Moséh ha-Kohen de Tordesillas, rabí de la aljama de Ávila, quien sabemos que fue tratado de convencer para que se convirtiera al cristianismo y al negarse a renegar de sus creencias religiosas, fue desposeído de sus bienes por el rey. Igual que la familia Vázquez de Cepeda. No sabemos si murió judío o se convirtió al cristianismo, pero… ¿Y si se convirtió después de las matanzas de 1391? De ser así… ¿Podría tratarse de Juan Vázquez de Cepeda? Desde luego la idea es muy sugestiva y atractiva.

En el año 1624 Jerónimo Antonio de Tordesillas y Vega, regidor de Segovia, solicitará un hábito de caballería y en el proceso de información abierto, se declara simpatizante de la orden de carmelitas descalzos, ya que «La santa madre Teresa de Jesús era hija de mi casa y linaje». Santa Teresa descendía de los Vázquez de Cepeda de finales del siglo XIV y en la actualidad están admitidos los antecedentes judíos de la Santa sin ningún género de dudas. El título de Marqués de San Felices con el que fue distinguida esta familia en el siglo XVII muestra claramente la integración de esta familia en la sociedad cristiana de la Edad Moderna.

Las primeras conversiones en masa se produjeron sin ningún sentimiento ni deseo de pertenecer a la nueva religión nada más que de forma nominal. Formados en la religión judía, desconocían lo primordial de su nuevo credo, pues su conversión se debió al hecho de haber recibido las aguas del bautismo, pero sin adoctrinamiento ni catequización. No es de extrañar que incurrieran en el criptojudaísmo. Este fenómeno llegó a separar familias. Tal es el caso de Ysaque Abenaçá, quien adoptó el nombre cristiano de Diego Arias Dávila, cuya madre continuó siendo judía al tiempo que sus hijos Diego y Francisco se convirtieron al cristianismo. Sabemos que en 1420 el deán de nuestra catedral, Alfonso de Cartagena, también era converso.

En 1429 el rey don Juan II puso casa al príncipe Enrique en Segovia y muchos de sus servidores fueron elegidos de entre los conversos. Para estos, significó un rápido ascenso social y un lavado de su imagen. Don Juan Pacheco, marqués de Villena, fue el artífice de que muchos judeoconversos ascendieran socialmente gracias a entrar al servicio de la casa del príncipe Enrique. Alonso González de la Hoz, secretario del príncipe Enrique y regidor de Segovia; Diego del Río y Francisco de Riofrío, miembros reconocidos de la misma minoría religiosa; Diego Arias Dávila, contador mayor de Enrique IV, en 1439 ya es regidor de Segovia por el estamento de los pecheros, y su descendiente será conde de Puñoenrostro en la figura de Juan Arias Dávila, hijo de Pedrarias, nieto del contador y sobrino del obispo del mismo nombre. Andrés Cabrera, marqués de Moya y después su hijo conde de Chinchón. Las familias y herederos de Fernán Pérez Coronel (Abraham Seneor) y Fernán Núñez Coronel (Mayr Melamed). La familia Tordesillas, a quienes atribuimos orígenes judíos, en 1456 ya figura uno de sus miembros como camarero del rey y como regidor en representación de los pecheros. Sirvan estos ejemplos para ejemplificar la presencia de conversos en el gobierno municipal de Segovia y su integración en la élite social de la ciudad y entre los cristianos viejos desde mediados del siglo XV.

Resulta muy interesante seguir la pista de los antecedentes familiares de los del Sello. A finales del siglo XIV, en los libros de Mayordomía de Pitanzas de la catedral, se cita al judío Abrahán Correnviernes. En 1430 el cabildo cedió unas casas con un censo vitalicio a Alfonso González Correnviernes, su hijo. A partir de aquí se citan varias personas con estos apellidos: Alfonso, Juan y Diego González Correnviernes. En 1460 se cita a Rodrigo González Correnviernes, hijo de Juan González Correnviernes. Y en 1474 se es más explícito: se cita a Rodrigo Çipote, hijo de Juan González Correnviernes. Y esta información se completa con la que se dice de Francisco del Sello Çipote, que es hijo de Rodrigo Çipote y éste, a su vez, hijo de Juan González Correnviernes.

Alonso González de la Hoz ganó pronto la confianza del príncipe Enrique. En 1442 ya es regidor y se le cita junto a su hermano Gómez González de la Hoz, ambos hijos del sepulvedano Gómez González de la Hoz, el primer miembro de esta familia en convertirse y cuyo apellido judío era Nagarí, pues se sabe que tenía un hermano judío llamado Yudá Nagarí.

En la segunda mitad del siglo XV los conversos estaban introducidos en todas las instituciones: universidades, monasterios, catedrales, desempeñando como profesores, abades y priores, canónigos y obispos. La nómina de grandes hombres de origen judío dentro de la Iglesia es muy amplia: Pablo de Santa María, obispo de Burgos; Hernando de Talavera, arzobispo de Granada; Alonso de Cartagena, obispo de Burgos; Alonso de Burgos, obispo de Córdoba; Juan Arias Dávila, obispo de Segovia; Alonso de Palenzuela, obispo de Oviedo; Alonso de Oropesa, general de los Jerónimos, etc.

Es una realidad contrastada que los municipios castellanos estaban en manos de grupos oligárquicos, como consecuencia de la patrimonialización de los oficios públicos. Aunque este estudio solo se refiera a Segovia, resulta válido para todo el territorio de Castilla, dado que Segovia durante este tiempo es una de las primeras ciudades comerciales y artesanales de España, gracias a la exportación de lanas y la fabricación y comercio de paños hasta los confines del mundo conocido; además de la importancia de sus oligarcas, que desde la segunda mitad del siglo XV estarán entre los hombres más influyentes del reino. Situación que se prolongará de forma efectiva durante todo el siglo XVI y de forma testimonial durante la primera mitad del siglo siguiente.

También encontramos datos de los primeros conversos segovianos ajusticiados por la Inquisición. En 1484 el regidor del Ayuntamiento Gonzalo de Cuéllar, que fue quemado. Víctima de la Inquisición en 1486, se concedió el quiñón que había quedado vacante al haber sido condenado por hereje el converso Fernando de Fuentidueña. En 1495 fueron concedidos los quiñones que habían sido abandonados por García de Fuentidueña y Ruy González de Fuentidueña, al darse a la fuga por temor al Santo Oficio. En 1487 había sido condenado y quemado como hereje Pedro González Cornudo, mercader y boticario; también fue quemado Juan Çipote, cuyos bienes tomó Francisco del Sello Çipote. En 1490 murió en la hoguera Ruy González Correnviernes, también llamado Rodrigo Çipote.

También existen nóminas de rehabilitados que pagaron diferentes sumas para blanquear el nombre de sus familias: Francisco del Sello, Fernando de Piña (descendiente de Lumbroso); Juan de Segovia (¿de la familia de Segovia Ibáñez?), casado con una hermana de Juan Çipote. Juan del Río, Sancho García del Espinar, Juan de Villalobos, Antonio López, sobrino del deán de Segovia y racionero.

Citemos ahora los nombres de conversos segovianos conocidos: Rodrigo Sánchez de Segovia, quien formó parte de la expedición del descubrimiento de América. Su padre Gabriel Sánchez fue uno de los que financiaron el viaje y llegó a ser consejero de Fernando el Católico. El padre de Gabriel y abuelo de Rodrigo se llamaba Josef Colluf, Çaragoçí, cuyo nombre cristiano fue el de Juan Sánchez de Calatayud. Gabriel de la Fuente en 1493 heredó la casa de su padre, Rabí Yucef Galhón; Juan López, hizo lo propio con una tenería situada en la Puente Castellana que había pertenecido a su padre, Yudá Salero; Beatriz Álvarez, mujer de Abrahán Lumbroso, dio poder a su hijo Fernando de Piña para tomar a censo unas casas que estaban en la Solana; Diego López tomó una casa que antes había sido de Simuel Abenxuer. Rabí David Gómez una vez convertido se llamó Bernardino de Casasola.

El día 10 de noviembre de 1492, los Reyes Católicos firmaban la primera “Carta de Seguro” mediante la cual se permitía el regreso a España de los judíos expulsados meses antes, pero con la condición de convertirse y no judaizar. El día 20 de ese mes se concedió el permiso para regresar a Segovia desde Portugal a Jacob Galfón, bautizado como Pedro Suárez de la Concha, a su hijo Leví Galfón: Cristóbal Suarez de la Concha, y a Abrahán Galfón: Fernando Suarez de la Concha; y a sus hijas Catalina, casada con Fernando de Piña, e Isabel, casada con Alonso de Piña (el apellido judío de los Piña era el de Lumbroso). Otro converso de nombre judío conocido es Yuçe Bitón, el herrero de la catedral de Segovia, quien al bautizarse adoptó el nombre cristiano de Alonso de Palencia.

Todas estas conversiones fueron voluntarias. Después de 1492 las cosas cambiarán sustancialmente, pues las conversiones pasarán a ser forzosas. De ello se tratará en la segunda parte de este artículo.


(*) Doctor en Historia por la UNED.