La humanización de la muerte

La historiadora Mercedes Sanz acaba de publicar ‘Cual guardo yo en mi pecho. 200 años del cementerio de Segovia’, un libro que recoge la historia del camposanto de la capital , con el que pretende generar una memoria permanente

En su nueva obra, Mercedes Sanz ahonda en el que sigue siendo un tema tabú: la muerte. / E.A.
En su nueva obra, Mercedes Sanz ahonda en el que sigue siendo un tema tabú: la muerte. / E.A.

“Cual guardo yo en mi pecho, por el pesar desecho, memoria inextinguible de vuestro dulce amor”. Este fragmento se puede leer en el primer epitafio del cementerio municipal de Segovia, el Santo Ángel de la Guarda. Se trata, además, del primer panteón construido en este camposanto (1848). Pertenece al mausoleo de dos hermanos. De ahí el título del nuevo libro de la historiadora del arte y especialista en arte sacro y funerario, Mercedes Sanz, ‘Cual guardo yo en mi pecho. 200 años del cementerio de Segovia’. En él se puede encontrar la historia del camposanto de la capital. Trata así de generar una memoria permanente. Y de humanizar la muerte.

El epicentro de sus investigaciones es “la muerte”. No titubea al decirlo. Para Sanz, ha de acabarse con el tabú que rodea a esta cuestión. A ella se acerca “desde el respeto”.

Desde que comenzó sus estudios de Historia del Arte, lo tuvo claro: le llamaba la atención el patrimonio funerario. Tuvo la “suerte” de contar con buenos profesores. Hay uno que le marcó: “Don” José Ramos. Fue el primero que le habló de la muerte en el barroco. A partir de ahí, no solo empezó a centrar sus trabajos en los cementerios. También en todas las manifestaciones artísticas e históricas del hombre frente a la muerte.

A lo largo de su carrera, ha publicado cuatro libros. Hace apenas 15 días, salió el último. Aprovechó que se cumplía el segundo centenario de la construcción del cementerio de Segovia: se inauguró en 1821.

Al bucear en el asunto, hay algo que le resultó especialmente llamativo: a través de las parroquias, los segovianos costearon parte de los 17.900 reales que precisó el cementerio. El ayuntamiento aportó el terreno. Por ello es un espacio dedicado a los difuntos. Pero que también “pertenece al mundo de los vivos”, explica Sanz.

Esto no es todo. Su voz desprende pasión cuando habla de esta cuestión. Los antecedentes de la construcción del cementerio de Segovia le parecen “interesantes”. En 1790, ya se comenzó a hablar de la “necesidad” de contar con este camposanto. “Esto posiciona a la ciudad en el discurso higienista que había en la época”, asegura. Este libro acerca a esa evolución constructiva.

A Sanz le gusta poner el foco en aquellas profesiones relacionadas con la muerte: desde el capellán, hasta los sepultureros. De hecho, su obra la dedica a los enterradores. Considera que ellos son “custodios” de la historia del cementerio. Critica que “habitualmente” no se habla de esas labores. Es de las que creen que el ciudadano suele centrarse en el valor patrimonial de las esculturas. Lo cierto es que esos trabajos “humanizan” estos espacios.

El camposanto de Segovia alberga un buen número de personajes ilustres. El “más paradigmático” le parece el abogado Ezequiel González, por su tumba “tan monumental”, o los escritores José Rodao y Tomás Baeza González.

Le satisface saber que la historia del cementerio está cada vez más extendida entre los segovianos. Pese a ello, cree que este espacio es aún “muy desconocido”. Quizá por el tabú que hay en torno a la muerte. Aunque esta está presente casi cada día desde hace dos años. Sanz trata de humanizar estos espacios. Hace hincapié en la importancia de que los ciudadanos lo hagan suyo. Lo paseen. Lo visiten. Y valoren su importancia. “El patrimonio funerario es el más indefenso, el que está más a la intemperie”, declara. El recuerdo tiene su tiempo. Y el tiempo es un pleito. Hay tumbas abandonadas. Con su trabajo, precisamente, intenta dar a conocer este patrimonio para que se cuide. Y se respete. Porque la muerte, paradójicamente, cada vez forma más parte de la vida.