Victor Martin Guijarro
Víctor Martin Guijarro en una de las zonas afectadas por el volcán de la isla canaria. / E. A.

No llegó a ver con sus propios ojos el volcán en activo. Pero eso no importó, pues el rastro que dejaron las explosiones fue igual de asombroso e inolvidable. Pidió ser voluntario para el estudio del fenómeno, pues contribuiría a su trayectoria profesional. Sin embargo, allí encontró un inesperado e inmenso aprendizaje brindado por los testimonios de superación de multitud de vecinos de La Palma. “Está mal decirlo, pero creo que la isla me ha aportado más a mí que yo a ella”, asegura Víctor Martín Guijarro, ingeniero segoviano enviado a la isla canaria por el Instituto Geográfico Nacional.

Nunca imaginó que iba a trabajar en la investigación de un volcán. Y mucho menos como topógrafo. Aunque la Historia siempre le llamó la atención, en sus últimos años en el IES Mariano Quintanilla decidió que lo que quería estudiar era Ingeniería Geomática y Topografía. Sin dudarlo dos veces, se fue a Madrid para cumplir este propósito. “Me tiré a la piscina y resulta que luego se me dio bien”, bromea Víctor. Así presume de su decisión, pero no olvida hacer lo mismo con sus raíces, que predominan sobre todo lo demás: “Soy más segoviano que el Acueducto”, insiste.

De este modo, tras años de especialización y de sacrificio, un segoviano de tan solo 28 años pudo llegar a pisar las cenizas del volcán de La Palma. Son muchas cosas las que le llamaron la atención en apenas cinco días de estancia en el lugar. Pero, sin ninguna duda, resalta “la inmensa muralla de lava seca que había dividido la isla en dos, la cual medía más de seis metros”. ¿Y por qué le impresionó tanto? “Sabías que se había tragado miles de edificios, calles, carreteras… había arrasado todo”, lamenta.

Cuando llegó a La Palma el 18 de diciembre, su principal misión fue la medición: “Teníamos una red que nos permitía ver las deformaciones que sufría la isla y eso había que renovarlo periódicamente, así como la altura del cráter”, detalla. Aunque también dio apoyo a otras actividades, como el vuelo de drones y la medición de la temperatura del suelo. Unas labores que desarrollaba junto a sus compañeros en jornadas de campo “agotadoras”, define Víctor Martín, “prácticamente de sol a sol”. No obstante, esto no fue lo más complicado.

Precisamente, cada día de trabajo el ingeniero segoviano estuvo en contacto con testimonios de personas que lo habían perdido todo y que, a pesar de ello, “todos los días había un goteo de gente que iba a darnos las gracias por la labor que hacíamos”. Así, recuerda cuando, en una de sus jornadas, fue testigo de la primera visita de una mujer a la zona de exclusión del volcán, donde su casa estaba sepultada por coladas de diez metros. No había podido acceder al lugar desde septiembre. “Esto está muy cambiado, allí enfrente a la derecha estaba mi casa”, manifestó la afectada por la erupción.

“En ese momento se me hizo un nudo en la garganta y no supe qué responder”, afirmó Víctor Martín. En suma a ello, remarcó que “esa mujer lo había perdido todo y estaba entera. Incluso reconocía que este fenómeno era bueno para los investigadores y para la ciencia”. “Esas cosas te tocan mucho, nunca las voy a olvidar”, aseguró, a lo que añadió que “nadie nos prepara para esto”.

Generalmente, “el sentir de los afectados era de aceptación del suceso, es el precio que pagan por vivir en una zona tan maravillosa”, espetó. Y aunque la amenaza volcánica no vaya a desaparecer, “ellos nunca cambiarían su vida en la isla”, asevera. De modo parecido sucede con el segoviano, que reconoce que aún queda mucho trabajo por hacer en La Palma: “Aunque no salga lava, hay que seguir investigando”, enuncia. Por ello, a pesar de la difícil -pero gratificante- experiencia, “en cuanto me llamen, sin dudarlo un segundo volveré”, concluye.