David Gray.
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— ¿Qué sucede para que alguien de Belfast terminé en Samarinda, Indonesia? ¿Sois muy viajeros los norirlandeses?

— No creo que seamos especialmente viajeros. En mi caso, hay un par de condicionantes específicos. Cuando yo dejé Belfast para ir a la universidad fue justo cuando estaban empezando los disturbios fuertes en Irlanda del Norte. Terminaron sumando 3.000 muertos en 30 años. Una auténtica guerra civil soterrada. Me acuerdo de vivir en las afueras de la ciudad y escuchar las bombas, las ametralladoras. Era un entorno un tanto delicado. En la familia había un mantra recurrente: “vete fuera, sal de aquí”. Cuando tocó ir a la universidad elegí Inglaterra, y cuando terminé la carrera ni me planteé volver. Mis hermanos, por cierto, también se marcharon, uno se fue a Sudáfrica y otro a Francia. Nos caló la idea de salir de Irlanda del Norte.

Aterricé en Cambridge, y me puse a estudiar idiomas. Como estaba a tope con el español, me daban la oportunidad de hacer un año de intercambio en España, 1973. Me enviaron a Badajoz. Imagínate. Yo no sabía muy bien en dónde estaba. Se me hizo difícil al principio, me encontraba muy solo. Pero pronto todo cambió y terminó siendo un año apoteósico. Viajé por todo el país con un Renault Gordini de segunda mano. Incluso me hice amigo de unos gitanos locales y acabé realizando mi tesina sobre su cultura, hasta me invitaron a una boda suya donde la novia salía de la habitación conyugal con el pañuelo blanco manchado de sangre. Al final me dio pena tener que marcharme. De hecho hoy día sigo teniendo buenos amigos allí.

— ¿Ya desde la Universidad esto de ir buscando sitios lejanos y de mezclarte con la gente diferente fue algo recurrente, no?

— Totalmente, siempre me ha gustado. Al licenciarme, confieso que lo último que quería hacer era buscar un trabajo, establecerme, montar una familia. Me apunté a una ONG (Voluntary Services Overseas) para irme lejos, lo más lejos posible del Reino Unido. Quería ir a Latinoamérica pero me ofrecieron un lugar en Indonesia llamado Samarinda, al que nadie más quería ir. Rápidamente me dije: ese es mi sitio. Acepté sin dudarlo.

— ¿Tus compañeros de promoción, tus colegas de Cambridge, tenían esta pulsión Conradiana del viaje?

— No, para nada. Se hicieron abogados, banqueros, ejecutivos, contables. Empezaron lo que podríamos llamar carreras serías, matrimonios tempranos. Pero yo no. Quizá soy un poco inconsciente. Poco planificador. Funciono a golpe de impulsos en la vida, y encima soy bastante obsesivo. Si algo se me mete entre ceja y ceja voy a por ello. En 1975 yo quería irme muy lejos de las islas británicas, y tanto que lo conseguí. Samarinda era un destino que ni los propios indonesios conocían entonces.

— ¿Una capital de provincia un tanto particular por lo que te he oído comentar en otras ocasiones?
— Sí, sí, era una ciudad peculiar, a la que se llegaba en barco por el río. La primera sensación que tuve al poner pie en ella fue como de estar en el salvaje Oeste. Era una boomtown (ciudad recóndita en plena ebullición), muy activa, muy intensa, con mucha gente buscando fortuna, con algunos problemas interétnicos, vamos, que no me extraña que nadie quisiera ese destino. Éramos 3 occidentales en toda la ciudad, y yo con mi altura y mis pintas era blanco fácil que me llamaran de todo cada vez que salía a la calle. Supongo que era lógico, pero al principio yo no tenía herramientas para defenderme. Nada en mi formación anterior me había preparado para aquello. Pero bueno, al final salí adelante y aprendí muchas cosas además del indonesio, que lo aprendí bien. Aprendí a manejarme con la gente, a entender no solo la lengua sino la cultura popular, sus hábitos, sus tradiciones. Eso sí, no pasé mucho tiempo con la clase media javanesa (profesores de la universidad donde yo enseñaba como voluntario, funcionarios, hombres de negocio, etc.). Ellos también se sentían extranjeros en Samarinda. Con el tiempo hice amigos entre la gente del puerto fluvial, gentes de extracción popular que como todos los marineros llegaban al muelle cargados de historias. En cuanto me abrí un hueco en esos ambientes, lo disfruté muchísimo.

— Disfrutaste mucho tu último año, me comentabas. De pronto, llegó el tiempo de regresar y tú decides no hacerlo. ¿Qué te hizo no solo quedarte, sino poner rumbo a un lugar más lejano y recóndito que Samarinda?

— Pues la verdad es que no sabía nada del interior de Borneo, de la selva. Pero como en todos mis otros viajes, me moví por una intuición algo romántica. Piensa que la palabra Borneo en inglés evoca cosas muy particulares y exóticas, ligadas a leyendas, a los orangutanes, al pueblo aborigen de los dayak, a los cortadores de cabezas…. Y eso me llamaba, con fuerza, con mucha fuerza. Así que decidí, en vez de regresar a Europa, tirar río arriba. Llevaba meses escuchando historias de las gentes que trabajaba para madereras y que pasaba por Samarinda de vez en cuando. Me narraban cosas sobre la vida en la selva. Mi curiosidad iba en aumento… hasta que se hizo irrefrenable. Ahora bien, me preparé fatal para el viaje. Aunque recuerdo que unos locales me dieron un gran y utilísimo consejo: hacerme unas polainas con la tela de los sacos de harina para protegerme contra las sanguijuelas. Parece chiste pero fueron clave para el viaje. Esa fui mi única preparación. Pedir a un sastre del mercado que me cosiera dos pares de polainas anti-sanguijuelas. Y ahí me fui. Con un par de camisetas, unas sandalias, y algunos medicamentos. Para colmo estaba en una forma física pésima. Dos años en Samarinda te chupan la energía: la humedad, el calor, las fiebres…
Te confieso que no sabía muy bien cuál iba a ser mi destino final. Quería llegar a la tierra de los dayak (habitantes originarios de las selvas del interior de Borneo). Me subí a un barco en el que estuve navegando durante tres días hasta tomar tierra en el último pueblo con contacto habitual con el mundo “civilizado” (por llamarlo de algún modo). Llegué allí con una carta, que alguien me ha escrito en Samarinda, que me tenía que servir de salvoconducto con el jefe de ese lugar. Y comenzaron los problemas. El tal jefe no estaba en el pueblo, se había ido a cazar, y nadie sabía cuándo volvería. ¿Y qué hace uno entonces? Pues esperarlo. Su mujer me ofreció alojamiento, aún cuando no sabía lo que tardaría en regresar. Al final fueron más de 10 días. Un tiempo precioso para orientarme. Tiempo de descubrir la generosidad y hospitalidad del pueblo dayak.

— ¿Ah sí, y qué hacías?

— Sí, fueron casi dos semanas de escuchar mucho, hablar poco, preguntar bastante y ayudar en las tareas domésticas. Justo fue en ese quehacer donde empecé a oír hablar del Lamaniyuk, un lugar habitado por unos dayak ex-nomadas, diestros cazadores… Como te puedes imaginar no tardé nada en decidir que ese lugar, real o fantaseado, tenía que ser mi destino.

Por suerte el jefe llegó cuando mi idea de ir al Lamaniyuk estaba ya madura. A él no le pareció muy sensata, ja, ja, ja, pero fue respetuoso con mi decisión y me ayudó a buscar un par de hombres (aparentemente) conocedores del terreno para que me acompañaran: Abing y Balan. En el libro tienen mucho protagonismo. Se convierten en mis compañeros, amigos y valedores de mi integridad durante mi estancia en la selva. Tres meses.

— ¿Tres meses en la selva?

— Si, sí en la selva… y conviviendo con los dayak en sus casas comunales.

— ¿Y cómo es la selva de verdad, la selva vivida?

— Mira, la selva de verdad no sabría decirte. Te puedo hablar, como tú dices, de la selva vivida por mí. Que es muy diferente de la experiencia de la selva que han tenido algunos turistas aventureros que me he encontrado en mis charlas. Es difícil explicarles lo que para mí fue la selva. Sin rutas, ni mapas, ni alojamiento, ni comida esperándome al final de una caminata por un parque natural. Ojo, no critico su viaje. Solo digo que hemos vivido dos selvas muy diferentes.

Volviendo a tu pregunta, la selva es un lugar ingrato, húmedo, caluroso, con lluvias que traen sanguijuelas que te acribillan. Un lugar muchas veces sin senderos, un laberinto más bien oscuro, de puro frondoso. Un crepúsculo verde donde ocasionalmente se cuela un rayo de sol. Hay momentos que puedes imaginarte dentro de una catedral con raíces trepadoras góticas, pero muy confuso todo, además aderezado con ruidos extraños que cambian de la noche al día. En la selva es muy fácil perderte. Encima, muchas veces teníamos que pelearnos con la vegetación a machetazos, abrirnos paso a base de golpes. Por cierto, nunca vayas a la selva sin machete. La selva te reta a un pulso, y es muy fácil que te rindas y digas “Dios, sácame de aquí”. Pero si aguantas los primeros días y tienes fuerzas para cambiar la escala de tu mirada, dejar de buscar vistas panorámicas y detenerte en los detalles, entonces empiezas a descubrir las maravillas de la selva. Empiezas, entonces, a olvidarte de las incomodidades y quedas atrapado por un mundo fascinante. Para mí, la grandeza de la selva está en sus detalles.

No me quiero enrollar demasiado… los detalles los cuento en el libro, pero sí me gustaría subrayarte que mi viaje no tuvo ni un motivo antropológico ni era un safari fotográfico. Básicamente, tenía hambre de aventura. Y no hay nada como vivir una aventura para colocarte bien en el aquí y ahora. Para mí, viajar es estar muy en el presente, con los cinco sentidos. Sobre todo viajando solo. Soy muy partidario de hacer viajes solo.

— ¿Eres tú muy solitario?

— No, no qué va. Una de las cosas que más me gusta de viajar es cómo te permite entrar en contacto con la gente de otra manera, más directa, más personal, incluso te diría que más libre. Eso sí, me gusta llevar un diario personal donde apunto impresiones, vivencias… sin mi diario no habría podido reconstruir ese viaje en Borneo tantos años después. Es que para mí fue un gran aprendizaje y poder contarlo por escrito ha sido un doble disfrute.

— ¿Luego seguiste viajando por Indonesia?

— Sí, viajando y viviendo, me quedé 10 años en el país. Pero nunca más realicé un viaje de esa envergadura… emocional y tan “insensato” ja, ja, ja….

— ¿Y de Yakarta a Santo Domingo de Pirón, que te trajo hasta aquí?

— Uff, es largo de contar, primero regresamos al Reino Unido, luego nos mudamos a Madrid y finalmente llegamos a Santo Domingo, pero el azar tuvo mucho que ver, como casi todo lo que me ha sucedido en la vida. Lo que sí puedo asegurarte es que mi mujer y yo llevamos 30 años por tierras segovianas, y tan felices. Mis hijos, mitad británicos mitad indonesios por sus progenitores, son más de aquí que Juan Bravo.

David Corominas
Fotos: David Gray