rogelio la fuentecilla
Rogelio Gorriz posa junto a la entrada del bar que alquiló en Puente Hierro. / NEREA LLORENTE

Jesús Rogelio Gorriz pagó cinco meses de alquiler en el bar La Fuentecilla para abrirlo al público 22 días. La apuesta de este cocinero era reverdecer los viejos laureles de Puente Hierro con precios bajos y pinchos de calidad. A ello le añadió una decoración cuidada y wi-fi. “Me lo he currado”, subraya. Sin trabajo a la vista, renunció a su ayuda de 450 euros y se embarcó en la odisea, pero no había agua en la piscina. “Es un barrio jodido, de gente muy mayor, y no dejan un duro, dicho así. Ni hay bares ni creo que los vaya a haber”.

Rogelio se quedó con el bar en diciembre. Pagó el alquiler religiosamente, pero no abrió hasta abril, cuando la Junta de Castilla y León volvió a permitir el consumo en interiores. Tras cocinar en Francia o Miami y en restaurantes de Segovia como El Bernardino, La Postal, Cándido, Duque, La Codorniz o El Cordero, estaba sin trabajo y decidió emprender. “Como es mi barrio, pues me metí con la idea de intentar hacer algo que saliera bien, pero qué va”.

Abría a las nueve de la mañana, aunque él iba un poco antes para hacer los pinchos, su gran baza. Pinchos de cocinero: caracoles, pollo, calamares, bacalao rebozado, callos, oreja guisada, torreznos o tortilla. “Por la noche me llevaba la tortilla para los niños. Lo demás, muchas veces iba a la basura”. Estaba solo y su mujer le ayudaba a comprar algún producto. Allí estaba hasta las nueve y media de la noche. Más de 12 horas para recibir, en su día más boyante, a poco más de 20 clientes.

Los pocos fieles

Ante un barrio que no respondió, la clientela la ponían sus amigos. “Gente que venía de la estación, San José o El Carmen que venían a verme. Lo que es del barrio… solamente había un chaval, trabajador, muy majete, que iba todos los días y Esteban, que se tomaba un café a la que iba a comprar el pan”. Y Rogelio se ponía “malo” viendo cómo pasaba la gente de largo desde aquellas empinadas cuestas rumbo a la panadería. Tenía una terraza pequeña de tres mesas que tampoco llenaba.

Como vecino del barrio sabía que la fórmula podía funcionar porque lo hizo en El Ventorro. “Había obreros en el polígono a por bocadillos, muchos menús. Tuvo su época, pero anda que no ha llovido… Un domingo hace diez años era la barra llena, una locura de pinchos, gente y calor; ahora es un domingo triste”. El propietario de ese bar, lejos de alquilarlo, lo tiene en venta.

Él achaca el fracaso al Covid y a que las autoridades hayan “mareado” con lo que se podía hacer en cada momento. “La gente mayor no gasta y los jóvenes están preocupados por el alquiler o los gastos”. Él salió de un grupo de WhastApp con vecinos del barrio ante ese sinfín de lamentos que servían de puntilla: en esas circunstancias, no bajarían al bar. Tampoco había vecinos que para echar la partida. “Con eso puedes ir tirando porque les tienes ahí sentados y algo te van pidiendo. Pero nada”.

Cuando se acumulan las facturas, el tiempo para la esperanza se acorta drásticamente. El alquiler (400 euros, estuviera o no operativo), que ahora ve como una “burrada”, más los gastos de luz o la cuota de autónomos. A Rogelio le crecían los enanos: llegó una inspección de la OCA, el organismo que verifica el estado de las instalaciones eléctricas, y le pidieron unas mejoras presupuestadas en unos 2.000 euros que el anterior inquilino no había asumido. Él tampoco.

Este segoviano subraya que el éxito en la hostelería no solo radica en el tamaño. “Los bares grandes, sí, pero también donde lo haces bien. Tienes que dar una buena oferta de pinchos y enrollarte. Los pocos clientes que yo tenía en La Fuentecilla iban a los pinchos que yo hacía. Yo te pongo un trozo de tortilla bien hecha, jugosita y grande. Un pincho en condiciones, no andaba mirando, yo no soy rácano. Y ni aún así he sido capaz de que la gente vaya…”.

Rogelio estuvo 22 días abierto. Hasta que dijo basta. “Veo que me comen las facturas. Que me pedía el carnicero una factura de ciento y pico euros, la pescadería, la luz…”. Otros gastos como la alarma o la conexión de wi-fi. “Todo va sumando…”. Conexión de Internet y un bar decorado con encanto; no se puede decir que Rogelio se dejara balas en la recámara. Tampoco puede argumentarse que cerrara por los precios: el tercio de cerveza lo cobraba a dos euros y no escatimaba con el café, pues compraba el de 14 euros el kilo, un producto mejor que el de muchos bares.

Tras el experimento fallido, se gana la vida con alguna extra y paga “malamente” esas deudas. “Lo tengo que pagar currando. Si no curro, no puedo pagar”. Su barrio le rompió el corazón.