Douglas Sirk a A. Drove: “La felicidad es un pájaro que vuela”

Billy Elliot.
Billy Elliot.

Leo el diccionario de la Real Academia. La palabra cuyo significado busco es “felicidad”. Y el diccionario dice lo siguiente: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”.

No estoy muy de acuerdo pues entiendo estamos ante el frágil territorio de lo indefinible. Así, pienso que me muevo en este escrito en el territorio de lo indefinible, quizá de lo inexplicable.

Mientras tanto, mientras leo y escribo al mismo tiempo este artículo, me acerco al voluminoso y loco libro del cineasta Antonio Drove, “Tiempo de vivir, tiempo de revivir”, un libro al que le tengo un cariño especial, porque me lo regaló mi amigo Manolo Matji. Tengo el ejemplar ahí, en un estante cercano, para poder recordarlo y así volver a leerlo, aunque sea un pequeño fragmento. Es un libro extraordinario, un libro distinto entre los libros sobre . Y regalar libros entre las gentes del cine también es la felicidad. El cineasta Drove, en un encuentro raro y mágico, entrevista al cineasta Douglas Sirk. No hablan el mismo idioma, pero buscarán con ansia la comunicación.

Drove acude en un momento personal difícil, angustioso. Y el cineasta busca respuestas en otro cineasta. Así ha de ser, entre cineastas -competitivos por naturaleza- hay que ayudarse. Antonio Drove le pide a Douglas Sirk que le hable de su concepto de la felicidad, de la brevedad de la felicidad y de cómo convivir con la infelicidad.

Leo inmediatamente con inquietud y rapidez.

Drove, dice él mismo, le suelta la pregunta a bocajarro, como un pistoletazo, con ansiedad infinita por conocer la respuesta. Sirk carraspea y le contesta: “La felicidad es un pájaro que vuela, usando una metáfora. Tratas de atraparlo pero casi siempre se escapa. Y si lo atrapas, lo coges y… no sé, incluso si has llegado a atraparlo, nunca llegará a ser algo muy familiar para ti, o muy raramente lo será. La felicidad volará lejos de ti de nuevo. Sólo si consigues domesticar al pájaro se quedará contigo, quizás se convierta en tu amigo… Pero la mayoría de la gente no se da cuenta de esto. Creen que la felicidad tiene que llegar a ellos, que tienen que ser felices, que la felicidad se les debe… y no es así. En cierta forma, los seres humanos estamos desamparados, básicamente en manos del destino. Para que la felicidad venga, debemos ser lo suficientemente atractivos para merecerla, para que ella desee venir a nosotros… no sé si queda claro”.

Drove quedó como en trance, hipnotizado, dice, como si hubiera vivido una experiencia de las más importantes en su vida.

Realmente la respuesta de Douglas Sirk fue extraordinaria.

Y mientras voy escribiendo esto, querido lector, aprovecho para invitarte al vuelo de ese pájaro de Sirk, que resulta ser también “El pájaro de la felicidad” de la película de Pilar Miró de 1993. Realmente he olvidado la película por culpa del gran villano, el olvido (ni siquiera sé si me gustó o no), pero no el fragmento de “Los amores tardíos”, la novela de Pío Baroja en la que vuela ese pájaro. Esto se dice en “Los amores tardíos”: “¿Habré tenido yo la suerte de cazar ese pájaro maravilloso de la felicidad que todo el mundo asegura saber adónde anida, y que nadie, en último término, encuentra? ¿Será de verdad que ha llegado la Fortuna como una pintada ave del paraíso, o no será esta dicha extraordinaria más que un pájaro corriente, aletargado, que al último se me escapará, dejándome en las manos unas cuantas plumas de la cola?”

El televisor “Inter” en blanco y negro que compró mi padre no sé cuando exactamente pasa una película de los hermanos Marx. Soy un niño, un niño cinéfilo a su manera. Me río con ganas ante la mera presencia de Harpo Marx. Es mudo, pero es genial cuando se ríe. Se ríe silencioso y yo sonrío. No importa que aún no haya cometido una de sus fechorías, que yo ya empiezo a reírme por lo bajini. Un niño viendo las travesuras de los hermanos Marx. Es la felicidad. Y es la felicidad ver en el voluminoso televisor de culo gordo a aquellos que bailan. No me entero de la trama de “Sombrero de copa” pero no hace maldita falta. La preciosa y luminosa Ginger Rogers y el enjuto y elegante Fred Astaire vuelan. Vuelan jóvenes y soy feliz ante sus acrobacias, ante el baile fantasía. No he vuelto a ver la película. No sé que pensaría ahora.

Little Miss Sunshine.
Little Miss Sunshine.

¿Qué me encontraría si volviese a ver al Tarzán Johnny Weissmuller? ¿Qué me encontraría? Felicidad en la selva. Seguro.

Aparece entonces mi tío Baldomero, el del espectacular Seat 1500, el bingo y el de un cuba libre tras otro, un cigarrillo tras otro, alguna carcajada. Debe haber un tío así en todas la familias, pienso. Y mi tío y mis primos se reúnen conmigo y mi hermano y mis padres para ir a alguna cafetería, seguramente en ese territorio mágico que es el sábado por la tarde. Y entonces surge no la felicidad, sino la “promesa” de felicidad para el cinéfilo. En una gran sala, en su fachada, la promesa. Es “El retorno del Jedi”. ¡Qué título! ¡Qué título! No la veré esta tarde ni una tarde cercana porque Rey Baldomero tiene otros planes, pero no olvido ese título y tendré que esperar al cine sin techo, al héroe, el Cine Pineda.

Doy un salto y soy un proyeccionista de cine. ¡Proyeccionista! Es por poco tiempo, pero vuelo como Astaire, paso la película por los rodillos y dejo la película “cargada”, que es como lo llamamos, como si estuvieramos con un arma en las manos. Vuelo, digo, vuelo y en cuanto arranco bajo a las salas saltando los escalones de a dos. Escucho el sonido, observo el formato, se me ilumina la cara cuando veo una escena favorita o escucho una música o aparece un actor o actriz. Felicidades.

Felicidades cuando soy acomodador y charlo con los espectadores. El trabajo de proyeccionista está bien, pero es solitario. Es mucho mejor para mi la conversación con Zatoichi o Perdi o Carlos Gracia, los cinéfilos del palique más habitual. Todavía no lo sé, pero es mi paraíso pequeño del cine.

Ya la felicidad se ha ido de mi cine. Fue destruido y no me recuperé, no me recuperaré, en futuro. Es otra vida, de nuevo la de espectador, siempre buscando nuevo cine, nueva felicidad, pero también buceando en el cine de pasado, el cine olvidado, los guiones que nunca se rodaron, las sinopsis, los libros que inspiraron películas, la melodía de una banda sonora. Todo eso sigue valiendo en esa búsqueda en la que ando.

Destino oculto.
Destino oculto.

Hay un mapa de la India y hay un mapa de la felicidad. De película a película. Me guía por esos territorios a ratos mi maestro Manolo Marinero, que se refiere a reencontrar ansiosamente momentos potentes, espesos y felices: “Impelidos por la repulsión de una mediocridad existencial que llega al sinsentido, los amantes del cine de todas las tendencias buscamos la frontera de la prospección vital. Si la vida tiene una densidad media de cinco sobre diez, el cine debe ofrecernos una densidad mínima de siete sobre diez”.

Pediría toneladas de cine a los Reyes Magos. Por volver a la infancia. Por sacar a relucir a Reyes que también son Magos.

Lamentablemente hay una felicidad de “barniz”, barniz que a todos engaña. Ese barniz no era Marilyn; Marilyn era otra, como la de la entregada Ana de Armas en “Blonde”. Puro cine de terror. Terror de verdad.

¿En qué películas detenerme? No lo sé. La felicidad contagiosa, emocionante de “Qué bello es vivir” y la felicidad que se persigue sin descanso, frente a una realidad que pretende separar a Matt Damon de Emily Blunt. Damon frente al mundo, frente a la felicidad que le es denegada por un oscuro poder, una oscura realidad del azar juguetón ante el que hay que rebelarse. Es “Destino oculto”, la historia del gran Philip K. Dick.

Se mete de por medio el cómico Roberto Benigni, ese que sube a hacer piruetas en las butacas de los premios Oscar con su vida bella. Benigni: “Búsquenla todos los días, continuamente. Es más, quien me lee ahora que la busque ahora porque está aquí, la tienen, la tenemos. Nos la dieron a todos cuando éramos pequeños. Nos la dieron como regalo, en dote, y era un regalo tan bello que lo escondimos, como hacen los perros con los huesos, y muchos de nosotros lo escondimos tan bien que no recordamos dónde lo guardamos. Pero la tenemos, miren en todo los lugares: las cajas, los cajones, los armarios, los compartimentos del alma. Ahí está la felicidad, debemos pensar siempre en ella, aunque ella se olvide de nosotros. No la olvidemos nunca, hasta el último día de nuestra vida”.

Radiantes, felices andan Russell Crowe y Paul Bettany avante a toda vela. El perseguidor es perseguido y ahora nuestros héroes navegan en la persecución al barco fantasma, el barco villano. ¡”Master and commander”!

Master and Commander.
Master and Commander.

Regocijo y relámpago, el de “Kes”, la maravillosa película de Ken Loach, una de mis favoritas, con el niño que entrena, que domestica un pequeño halcón. Es feliz, como Bogart y Grahame “En un lugar solitario”. Pero algo terrible acecha a Bogie y al maestro de halcones.

Nuestra Iciar Bollaín aboga por una persecución serena, directa, impecable: “La boda de Rosa”.

Niños y jóvenes, como el valiente “Billy Elliot” o la niña de “Little Miss Sunshine”, Todos persiguen. Porque en la noche siempre hay un fuego oculto, dice Claudio Rodríguez.,

Tantas películas. ¿Por qué detenerme en unas y no en otras? Quizá surgen porque me hicieron feliz. Desde los confines Sergio Almau me dice que no olvide al “Superman” de Richard Donner, que nos hizo soñar en la infancia. Y Rubén Sánchez me avisa de “L.A Story”, la extraña magia que sucede con Steve Martin a la caza de Victoria Tennant.

La infancia. Siempre la infancia del cinéfilo, la de Pepe Cantos con “Sonrisas y lágrimas” o la inocencia de “Dulce libertad” para Carlos Gracia, estupenda película de Alan Alda.

Y para mi también otra de la Pfeiffer, “Lady halcón” que nunca puede reunirse con su amado. Es terrible. Para ellos la felicidad no existe, sólo lo hace por un segundo, por un instante. Es saber que la felicidad no va a durar, como el Tim Robbins de “Cadena perpetua” regalando música al resto de los presos.

Superman.
Superman.

Los besos de cine, tantos, apenas duran. De algún modo es la rebeldía, saber que la felicidad no durará. El pájaro vuela, vuela cerca y pensamos que rápidamente volverá y muchas veces no lo hace. Otras veces rápidamente se aleja. Lo perdemos de vista. ¿Indefinidamente?

Kavafis: “(…) Siempre fueron nuestros paseos/ felices por ir juntos,/ claras sendas sin espinos/-si los había, la tierra los ocultaba./ Ni los mejores oradores ni los hombres más sabios/ podrían ahora persuadirme/ tanto como el más leve gesto suyo/ entonces./ Oh amigos, cuando yo estuve enamorado -hace ya tantos años-/ no vivía en el mismo mundo /que el resto de los mortales”.
¡Películas! ¡Películas! Más besos de cine, más halcones, más árboles y plantas como las de “El jardin secreto”. Los chillidos de un niño enfermo, la infelicidad. Pero ahí cerca un petirrojo… ¡nuestro pájaro! La niña protagonista se convierte en doctora, guiada por el pájaro.

Woody Allen se disfraza de Groucho Marx en “Todos dicen I love you”. ¡Todos los invitados a la fiesta se disfrazan de Groucho! ¿Puede haber algo mejor?

Clark Gable saltará todos los obstáculos para estar con Gene Tierney, para lograr su felicidad en “Nunca me abandones”. Estamos con Gable y con la bailarina. Richard Burton y Elizabeth Taylor también lo tienen difícil en “The sandpiper” (“Castillos en la arena”), la película de Vincente Minnelli. ¿Qué hará el pájaro?

Paul Newman sonríe cuando ve que se ha salido con la suya en “El castañazo”. Mira a la grada con satisfacción. La felicidad de la satisfacción.

Las “satisfacciones” de Bertolt Brecht: “La primera mirada por la ventana al despertarse/ el viejo libro vuelto a encontrar/ rostros entusiasmados/ nieve, el cambio de las estaciones/ el periódico/ el perro/ la dialéctica/ ducharse, nadar/ música antigua/ zapatos cómodos/ comprender/ música nueva/ escribir, plantar/ viajar/ cantar/ ser amable”.