Librería Ícaro. / KAMARERO
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Contemplando los libros atesorados a lo largo de su vida, Elías Canetti pensaba que era su forma de declararse en rebeldía frente a la muerte. Cada libro nuevo es una oportunidad de vida; cada libro que se relee es un guiño al tiempo pasado y un canto de esperanza hacia el futuro. Para quien esto firma los libros también tienen fecha en el calendario; conforman un rito que ayuda a cargar con el paso del tiempo, que es inexorable. Ahora llega el Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Muertos (2 de noviembre). Desde hace años me acompañan en estas jornadas previas la relectura de tres obras: Frankestein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; el poema El cuervo, de Edgar Allan Poe, y por último Bajo el volcán, de Malcolm Lowry.

Son tres obras maestras muy propicias para esta época del año; tres libros en los que el coqueteo con la oscuridad, la atmósfera irreal, fantástica, de espíritus exteriores e interiores acechan a los protagonistas. “¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?”, le recrimina Adán al Creador después de su caída. Es la cita que inaugura Frankestein, una inquietante obra en la que se mezcla el tono alegórico con la descripción realista de la frontera entre la materia y el alma, la ciencia y el espíritu. La argucia de Poe en su poema es algo distinta: conseguir una atmósfera tan inquietante como sobrenatural, con una amenaza exterior representada por un cuervo que convierte el dolor en locura. Tiene el poema una musicalidad exquisita en su lengua original que solo se pierde en las malas traducciones.

El camino al infierno que recorre el protagonista del poema de Poe, acompañado por las palabras que repite machaconamente y hasta el delirio el cuervo: Nevermore, Nevermore, lo transita con destino a la destrucción física –porque ya está muerta su alma- el Cónsul protagonista de Bajo el volcán; lo hace el Día de los Muertos, día grande en México, cuando se exorciza a la muerte invocándola como reina absoluta de la existencia de los hombres: es el día en que más difusa está la frontera entre la vida y el más allá, entre el ser y la nada; y cuando el mezcal libera los sentidos y los fantasmas más íntimos corretean en la calle buscando una víctima propiciatoria de la que alimentarse.

Una librería segoviana, Ícaro, ha querido rememorar estas jornadas que vienen, alejándose de la tontuna meliflua de Halloween y recogiendo en su escaparate un buen conjunto de obras propicias de la época. Está Poe y está Shelley; y aparecen en diferentes ediciones: con y sin ilustraciones. Pero también tiene representantes la literatura contemporánea que se ha alejado de la sangre para inmiscuirse en el más sugerente género de lo fantástico, como José María Latorre. Obviamente los amantes del gore también su oportunidad. La cuestión es leer. Hacer del libro un compañero más de la rutina diaria. Ese maestro de la literatura que era Jorge Luis Borges –extraordinaria su Antología de la literatura fantástica, recopilada a cuatro manos con Bioy Casares- tenía una frase que resume lo que el lector siente cuando se enfrenta, en la más rica soledad que puede darse, con un libro: “Que otros se enorgullezcan de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”.