La tradición también se ve afectada por la pandemia. Las escuelas de música no pueden tocar la dulzaina con seguridad para evitar contagios. Y la dulzaina, como muchos otros instrumentos de viento, emite particular salivares por varios orificios. La solución para seguir impartiendo lecciones va desde las clases presenciales a situar mamparas entre los alumnos para que el virus no pulule por la sala. Ante un sinfín de impedimentos, el dulzainero Martín López Llorente añade una solución novedosa: una funda anti-Covid.

“Siempre me ha gustado la música folclórica del Mester”

Martín lleva tocando la dulzaina desde los 13 años gracias a Juan José Cid, su vecino en la calle Santa Columba, a los pies del Acueducto. “Siempre me ha gustado la música folclórica del Mester”. Es un caso diferente, pues su llegada al instrumento no vino por relación familiar, por más que un tío suyo la tocase. “Yo creo que se nace con ello. Y cuando naces dulzainero, tarde o temprano lo descubres”.

De músico a fabricante, aprendió con Mariano Contreras, que ya hacía cañas, la parte superior del instrumento que se sitúa sobre el tudel. De cañas pasó a dulzainas sin llaves. “Se me iba dando bien la cosa y aprendí a hacerlas con todas las llaves. Pero yo empecé desde cero, comprando una dulzaina antigua, preguntando y mirando 50.000 historias”. El vallisoletano Ángel Velasco, reconocido como inventor del instrumento a finales del siglo XIX, fue quien puso las llaves. En total, ha fabricado unas 150 dulzainas y se dedica a venderlas. Sus clientes son escuelas de música, tiendas de instrumentos o particulares que hacen encargos específicos.

“Se oye perfectamente, no se apaga el sonido. Apenas disminuye el volumen”

El riesgo de contagio de la dulzaina es mayor que, por ejemplo, una trompeta, con un solo orificio de salida. En la dulzaina el aire sale al dar una nota y levantar el dedo correspondiente. “Pensé en tapar la dulzaina con una tela parecida a las de las mascarillas homologadas y tapar el instrumento. Tiene dos mangas para meter las manos y en la parte de arriba, el tudel lleva una gomita que se ajusta para cerrar el instrumento”. El formato aísla el instrumento pero permite maniobrar. “Y se oye perfectamente, no se apaga el sonido. Apenas disminuye el volumen”.

Martín elaboró un patrón y pide las fundas por encargo, unas 10 o 15 unidades. Los pedidos han estado encaminados hacia las escuelas de dulzainas. “Hay profesores que no pueden dar clase por la pandemia”, subraya. Una escuela prestigiosa de Macotera (Salamanca) encargó 30 unidades y está dando clases con normalidad. Los dulzaineros particulares no la compran porque la suspensión de eventos populares les ha dejado sin actividad. “Les da igual tenerla o no porque no van a poder tocar”. Para los futuros dulzaineros, cada lección cuenta. En tiempos de pandemia, el horno de talentos del folclore sigue funcionando.