Un jugador segoviano consulta las cuotas de una evento deportivo en una casa de apuestas
Un jugador segoviano consulta las cuotas de una evento deportivo en una casa de apuestas. / NEREA LLORENTE

La cuenta de Manu (nombre ficticio) recibe la nómina de septiembre de 2020. Cien euros en apuestas se convierten en más de 3.000. Suma y sigue. Porque la victoria nunca sacia. Ya no metía 100 por partido, sino 1.000. Pero cambia la suerte y esa fortuna se evapora en tres apuestas. Hay que recuperar, no tanto el dinero como la euforia. Y la nómina está ahí, recién ingresada. Así que Manu se la juega entera: la pierde. Su pareja está en casa, ajena al drama, a que se acaba de esfumar el dinero del alquiler. Pero Manu no puede parar y pide el dinero de la nómina, 800 euros, a su madre para ‘arreglar el coche’. La idea es poner la tirita a la nómina perdida y dedicarlo a comer, a pagar el piso. Pero no. Se lo vuelve a jugar. Y lo pierde. Es la noche de la catarsis, la de odiarse a sí mismo, la de los llantos infinitos de una persona emocionalmente reservada. Al día siguiente lo cuenta, admite sus tropelías de ludópata ante las dos personas que más quiere en el mundo. Y termina con una sangría infinita. Por salud, no lleva la contabilidad del dinero perdido. “Si te digo 30.000 euros me quedaré corto”.

Aquella noche, este segoviano (ya ha superado la treintena) se vetó a sí mismo de cualquier rincón analógico o virtual de apuestas. Después, la charla con su pareja: “La destrocé”. La confesión implicaba contar que en un par de ocasiones ella había sido donante de su ludopatía cuando creía que estaba prestándole dinero porque le habían embargado la nómina. La propensión de Manu a las multas era un filón para inventar excusas que requerían financiación inmediata. “Creía que la iba a perder, era lo que más me dolía”. Ella se quedó y le buscó asociaciones para tratar su adicción. Así dio con la Asociación de Jugadores Rehabilitados de Segovia y trató un drama de casi siete años.

Como tantos jóvenes, Manu empezó compartiendo una apuesta del Real Madrid con un amigo mientras veían el partido en un bar. “Con tan mala suerte de que al final ganas”. De jugar con el amigo, a jugar solo. “Cuando eres ludópata no controlas, es imposible. Se te va de las manos y no te das cuenta”. La metáfora de Conrad Anker, el alpinista que encontró el cadáver de George Mallory en el Everest, cuando hablaba de la muerte a 8.000 metros por la altitud es aplicable a la ludopatía: es una casa que se incendia tan despacio que no te das cuenta. Y esa casa eres tú.

La fórmula ‘ganadora’

Al principio parece pan comido: “A mí me encanta el deporte, esto es fácil. Sé que el Madrid gana, que el Barça gana, que Nadal gana”. Apostar a un Madrid-Alavés es sencillo, pero las ganancias son lentas y no compensan el día que el Madrid pierde. Él lo llama la fórmula Madrid-Barca-Atleti: meter 100 euros para ganar 10. Sacar más dinero exige aumentar el riesgo y “ahí es cuando más hostias le llevas”.

“Vas a recuperar una pero vas a perder cuatro. Y el bache se me fue haciendo más grande”

El punto de no retorno llegó por una situación familiar: su madre estaba en paro, él tenía un trabajo precario y hacía falta dinero en casa. O eso creía él. Pero el juego no funciona así, en el largo plazo solo se conjuga el verbo perder. Al principio eran 20 o 30 euros; varían las cantidades, pero la urgencia es la misma: “Hostia, ahora tengo que recuperar. Pero jamás lo vas a recuperar, que lo tengan claro. Vas a recuperar una pero vas a perder cuatro. Y el bache se me fue haciendo más grande”.

De “dinerillo” a apuestas de cuatro dígitos, con las graves consecuencias que implica. Ahí descubrió la figura del préstamo, un último colchón después de perder la nómina. Manda el corto plazo: pagar el piso y seguir jugando. Empezó por un préstamo convencional de 6.000 euros a una entidad bancaria, que fueron fundidos, pero no tardó en ser adicto a los microcréditos. La montaña de problemas seguía subiendo porque devolverlos era otra odisea: llegó a deber más de 1.000 euros por un préstamo que era de 600. Vivus, Moneyman, Crédito24; nómbrenlos y acertarán. De media, calcula que por un préstamos de 300 le pedían unos 360 a los 15 días. Una vez que vencía la fecha de pago, la factura se iba engordando. Y la cifra es tan alta que toca negociar quitas cuando las empresas llaman día a día para pedir su dinero. “Al final acabas llegando a acuerdos. Si debo 700 euros, acababa ofreciendo 450 en el acto y te lo aceptaban porque ellos lo que quieren es cobrar”.

Un profesional del engaño

No se explica cómo aguantó tanto tiempo. Se convirtió en un profesional del engaño. “Aprovechas las situaciones que conoce tu gente para aprovecharte. Y yo me guardo muy bien los sentimientos. Cuando pierdes 2.000 euros, por narices te tiene que tocar, pero sé sacar la sonrisita. Por suerte no he robado y, salvo excepciones, me he gastado mi dinero”. Pese al ruido de las cuotas, la conciencia habla, intenta ser oída. Muchas veces se decía a sí mismo: “Ya está, la estás liando, no vuelves a pedir un crédito”.

Recomienda al entorno que vigilen cambios de conducta. Sobre todo, el móvil. “Que estés mirando continuamente, te cierres. Que estés con el móvil y te ocultes si viene alguien. Terminar rápido de comer porque te quieres ir rápidamente a jugar. Es que estás todo el día mirando resultados, a ver qué puedes hacer”. Frente a otros casos, el confinamiento no le hizo polvo porque se vio obligado a parar antes. ¿Qué pasó? Ya no le daban ningún crédito. Y la cuarentena le ayudó indirectamente porque redujo las posibles excusas. Hasta que se marchó solo de vacaciones, sin su chica, y llegó la catarsis de septiembre. Con toda su historia, Manu saldrá de la pandemia mejor de lo que entró en ella.

“Es que eres ludópata, tienes que gastar. Estás metiendo a resultados por meter. Y al final lo pierdes”

¿Se imaginan el momento de perder 1.000 euros cuando esa es su nómina? Manu recuerda cuatro o cinco flashes de apuestas similares chafadas. Porque las casas de apuestas saben chafar los buenos momentos. Manu recuerda inercias en las que doblaba el dinero ganado y quería seguir haciéndolo a una apuesta concreta, pero la empresa no le permitía esas cantidades. “Son listas”. La alternativa es meter cantidades más pequeñas, pero eso no sirve; no sacia la euforia. Así que toca distribuir la cantidad total que quería apostar en varias apuestas que no tenía pensadas. “Es que eres ludópata, tienes que gastar. Estás metiendo a resultados por meter. Y al final lo pierdes”. Y cuando perdía, hacía su propio relato de la experiencia. “Si es que estaba claro; en el fondo era lo que quería hacer. Es que te crees que sabes de ello, eso lo peor que te puede pasar”.

El de Manu es un caso distinto porque fue a la terapia asumiendo que había un problema, pero él incide en dejarse ayudar. “Salir solo es muy difícil. Sé que da miedo, sobre todo cuando debes tanto, pero como lo sigas ocultando te arruinas la vida. Aunque les vaya a caer la del pulpo, que pidan ayuda”. En su caso fue esencial la convicción personal. “Lo que tenía claro es que quería salir de esto. Fui a muerte a por ello. Si tú no lo reconoces y no lo quieres ver, por mucho que quiera la gente ayudarte, no vas a salir. Yo tuve a las dos personas más importantes de mi vida, mi madre y mi chica. Y a una psicóloga maravillosa, Sandra”.

Compartir “mierdas”

La terapia de grupo ayudó: “Cuentas tus mierdas y todo el mundo te respeta; no pasa nada”. Manu habla de un mal sueño que no quiere revivir; no será ejemplo para nadie ni se ganará la vida con charlas de autoayuda. “Me encantaría ayudar a la gente, pero no tengo el valor. Quiero vivir, dejarlo a un lado”. Así que no le verán como ludópata rehabilitado. El secreto se mantiene: solo su madre y su pareja lo saben. “Y no se va a enterar nadie más”. Los justifica por el estigma. “Dicen que no te tienes que avergonzar, pero mentira. La sociedad te mira como a una mierda, y yo lo he visto. Eres un apestado”.

“Ya no somos nosotros, que dentro de lo que cabe nos hemos dado cuenta, sino las miles de personas que se están enganchando”

El contexto no ayuda a olvidar. “Ya no somos nosotros, que dentro de lo que cabe nos hemos dado cuenta, sino las miles de personas que se están enganchando. Que hay casas de apuestas al lado de un colegio. Es todo tan agresivo y hay tanto…”. Y cita un sinfín de empresas como si fueran ejércitos colonizadores. “Es que la gente está cayendo como moscas, sobre todo los jóvenes”. Así ilustra una batalla desigual y cree que la respuesta debe ser contundente. “Esto tiene que venir de arriba. Es que es un partido que vas perdiendo 10-0. Y remóntalo. Si el Gobierno no hace nada, es imposible. Esto es una puta droga, con perdón. Es la droga del siglo XXI. Y la gente no lo ve”.

“Cuanto más inmediato es el premio, más adicción”

Sandra Cuevas, psicóloga de la Asociación de Jugadores Rehabilitados de Segovia, se hace una pregunta en sus charlas y aún no está segura de la respuesta. ¿Por qué empezamos a jugar? Máxime los jóvenes, con tantas alternativas. “La mayoría empiezan para ganar dinero y porque lo hacen sus amigos”. Subir la autoestima y olvidar los problemas están entre los orígenes. Más que necesidad económica, hay ego: comprar el mejor móvil y salir con dinero. Así empieza el viaje al abismo.

Sandra Cuevas en su despacho
Sandra Cuevas, en su despacho. / EL ADELANTADO

El ludópata tiene muchas distorsiones cognitivas. Desde creer que tiene control hasta recordar solo los momentos en que ha ganado y no cuando ha perdido. “La mayoría llegan sin reconocer el problema, empujados por la familia, con el pensamiento de que van a estar un par sin jugar un tiempo y ya está. Pero una vez que empiezan y ven al resto de compañeros, lo reconocen”. El perfil ha pasado de hombre de mediana edad con familia o escasa formación a jóvenes –veinteañeros de media, pero también menores– con estudios. La edad ayuda a que cuenten con el respaldo de la familia, que es la que paga la deuda, aunque la terapia incide en que sea el enfermo el que asuma ese coste.

Cuevas explica que la adicción llega cuando el jugador se esconde. “Le da vergüenza jugar con amigos porque él necesita jugar mucho más y oculta la cantidad real que juega. Ahí ya hablamos de dependencia”. El primer objetivo de la terapia es que el paciente genere un cambio desde dentro. “Que se dé cuenta de que tiene una enfermedad y cuáles deben ser los cambios”. Las asociaciones tienen un decálogo con pasos como vaciarse del todo (no dejar mentiras ni deudas por contar).

Una frase recurrente en la terapia es: “Yo he ganado mucho dinero con el juego”. Toca desmontar esa memoria selectiva: “¿Y cuánto has perdido?”. Igual que el jugador de tragaperras recuerda las lucecitas, un jugador se queda con esa apuesta imposible que salió bien y olvida los tropiezos. Hay otras distorsiones como ‘perder por poco’, ya sea un número o un gol. “Tenía la estrategia perfecta pero en el minuto 93 han metido un gol. Eso les refuerza para seguir jugando”.

La psicóloga lo explica por la necesidad de placer inmediato: un chute de dopamina. “Cuanto más inmediato es el premio, más probabilidad de adicción genera”. Por eso una clave de la terapia es producir dopamina alternativa. “Lo conseguimos mediante un montón de cosas; desde una comida a una relación sexual o las compras. Unas más sanas que otras”.

El confinamiento ha complicado las cosas. “Estar solo en casa, sin poder relacionarte con los amigos. No tener ninguna motivación por ninguna actividad… Eso ha hecho que muchos hayan buscado en el juego una forma de evadir problemas y sentirse bien. Han sido muy vulnerables”. Con todo, la psicóloga se sorprende que el formato online haya funcionado. “No sé si por la sensibilidad que todos teníamos en estos momentos tan duro, pero estabas deseando que llegara la terapia en grupo. Se han creado lazos muy fuertes”.

En el juego presencial, el confinamiento ha ayudado. “Como no abrían los bares, no podían jugar a nada. Ese síndrome de abstinencia lo han llevado mejor que si hubieran salido a la calle”. La clave para evitar recaídas es incidir en las consecuencias: pareja, trabajo… “Hay que trabajar esa personalidad dañada, para que no caigan en esa adicción ni en otras”.

El Teatro Juan Bravo acoge el congreso regional

La Federación Castellano y Leonesa de Jugadores de Azar Rehabilitados, FECYLJAR, celebra hoy su II Congreso Regional en el Teatro Juan Bravo bajo el título: ‘Ludopatía y Comorbilidad’. Se trata de un evento gratuito para el público en general, así como para profesionales del sector médico, psicológico o educativo donde se abordarán los factores asociados al juego, en especial los cada vez más frecuentes casos de jóvenes. Acudirán alrededor de 80 personas, entre pacientes, expertos, profesionales y público en general.

El congreso arrancará partir de las 10.00 horas y contará con la presencia de expertos que profundizarán en la ludopatía y el riesgo que conlleva padecer más de una adicción. La jornada comenzará con la psicóloga clínica Bayta Díaz, que charlará sobre la ‘Gamblificación de la sociedad. Factores psicosociales asociados al juego patológico’.

Seguidamente, los técnicos de AJUPAREVA (Asociación de Jugadores Patológicos Rehabilitados de Valladolid) y ABAJ (Asociación Burgalesa de Rehabilitación de Juego Patológico) Sandra Cuevas y David Burgos comentarán ‘La ludopatía y comorbilidad en los jóvenes’ y ‘Adicción: patología de contenido y continente’. El congreso finalizará a las 19:00 horas con un espacio asociativo y humor gracias al actor, Manuel Manquiña.