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Algunos de los asistentes al acto, en la cubierta de la torre-secadero del edificio que nació en los años sesenta como fábrica de embutidos. / Nerea LLorente

Con el descubrimiento de una placa informativa de la Fundación Docomomo, en el edificio de la antigua choricera, en la carretera de San Rafael a la entrada de la ciudad, se producía ayer un reconocimiento de la sociedad segoviana a uno de los emblemas de Segovia, ejemplo de arquitectura industrial integrada en el paisaje, que demuestra que la funcionalidad de las instalaciones fabriles no está reñida con la belleza.

El Colegio de Arquitectos de Segovia, con su presidenta Susana Moreno al frente, organizó, con motivo del Día Mundial de la Arquitectura, un acto sencillo pero cargado de intenciones, una llamada de atención sobre el patrimonio arquitectónico del siglo XX, como reconoció la propia alcaldesa, Clara Luquero, que intervino junto al presidente de la Federación Empresarial Segoviana (FES), Andrés Ortega; el vicedecano del COACYLE (Colegio de Arquitectos de Castilla y León Este, al que pertenece el colectivo de Segovia), José Antonio Verdugo y el empresario segoviano Pedro Benito, que actuó como anfitrión, ya que su empresa Transcose, adquirió en 2014 las instalaciones.

En este acto estuvieron presentes familiares de Curro de Inza, uno de los arquitectos del proyecto de la fábrica construida entre 1963 y 1966 por iniciativa de la familia Postigo, saga de empresarios de la provincia vinculados a la industria cárnica y especialmente al chorizo de Cantimpalos. La familia Postigo, entre otros el diputado del Partido Popular Jesús Postigo, también asistió, así como una representación de la corporación municipal, la secretaria territorial de la Junta, Ana Isabel Fuente y arquitectos.

Un acto social que incluyó una visita guiada en la que se pudo comprobar el buen estado de este edificio, protegido en el Plan General de Ordenación Urbana de la ciudad.

Referente

En ese mismo documento urbanístico se define el edificio, a través de la ficha del catálogo de la Fundación Docomomo, como “hito”, no solo por su valoración arquitectónica y ambiental, sino también porque en una ciudad de escasa actividad industrial como Segovia, constituye un punto de referencia.

La gran altura de su torre-secadero lo convierte en referencia visual desde muchos puntos del término municipal y marca el acceso a la ciudad en un entorno que, por otro lado, se caracteriza todavía por su falta de estructura urbana, con apariencia de periferia suburbial.

Entre los valores arquitectónicos de la choricera, los expertos destacan la composición que juega con la plasticidad de la cubierta, que unifica la especialidad e imagen de un edificio construido con ladrillo de la antigua fábrica segoviana de Carretero. Los dos bloques que surgen en puntos opuestos suponen un hito formal, en el que la expresión se asigna a los voladizos y elementos volados.

Usos

Su actividad como industria cárnica se extendió hasta este siglo XXI pero en 2007, entonces en manos de la sociedad Alresa, un concurso de acreedores llevó a su cierre y a la posterior subasta del edificio, que fue adquirido por Transcose en 2014 y desde 2016 ha realizado importantes inversiones y afianzado su negocio. Pedro Benito explicó ayer que pesó en esa decisión su emplazamiento perfecto, además de la capacidad de almacenaje y funcionalidad, así como un amplio aparcamiento para sus clientes.

Este empresario manifestó ayer públicamente su deseo de que, a través “de este tipo de encuentros, surjan y se concedan iniciativas de nuevos usos para la choricera de Segovia que contribuyan al desarrollo y conservación del propio inmueble y, al mismo tiempo, del desarrollo industrial de la ciudad. Consideramos que esta es la única fórmula para que el edificio perdure en el tiempo como uno de los iconos más representantivos de nuestra querida Segovia”.

Hacía referencia así, al futuro de la torre-secadero, ahora en desuso. La presidenta del Colegio de Arquitectos abundó en esa idea: “su valor es reconocido y no lo podemos perder, y los edificios se pierden si no se mantienen y no se mantienen si no se usan o están infrautilizados por lo que es importante que dotemos al edificio de un uso que pueda mantener sus valores y así conservar esa herencia, nuestro patrimonio, y esperemos estar a la altura esta vez y resolver estas tareas que nos quedan pendientes”.

Antes, la alcaldesa hizo una defensa de la arquitectura del siglo XX, “que requiere especial atención”, dijo, porque la sociedad no es tan consciente de su valor y de la responsabilidad de conservarla como ocurre con la del románico, el gótico o la de otros siglos más alejados en el tiempo.

Ortega, desde la FES, valoró el arrojo de la familia Postigo en los años sesenta al apostar por un proyecto tan rompedor y también ensalzó el trabajo realizado por los Benito, con Transcose, en los últimos años, devolviendo el uso a gran parte de las instalaciones “de una manera sencilla e inteligente”.

De forma similar, Moreno indica que los Postigo querían una fábrica no solo funcional sino también bonita, algo casi insólito entonces pero una tendencia que ahora se ha normalizado, por ejemplo en proyectos para grandes bodegas, recuerda.

La presidenta del Colegio insiste en la simbiosis del edificio con el campo y la Sierra de Guadarrama, especialmente en el momento en el que se construyó, pero también con algunos elementos de la ciudad medieval. Admite que en esos años “generó polémica” y el arquitecto, Curro de Inza “lo entendió porque suponía una modificación del paisaje, aunque sostenía que una ciudad histórica no es excusa para no procurar a la gente una vida mejor, en este caso decenas de puestos de trabajo”.

Su intervención finalizó con esta frase de De Inza: “No existe un momento en la historia que se termine. Existe la continuidad de hechos, una continuidad de acciones y deseos. Existe una relación entre el pasado y el futuro que es la conciencia del presente. No hay presente sin raíces y futuro sin una conciencia actual de la historia”.

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Susana Moreno interviene en presencia de Juan Antonio Verdugo, Clara Luquero, Pedro Benito y Andrés Ortega. / Nerea Llorente

Arquitecto reivindicado

La Fábrica de Embutidos Postigo (1963-1966), más adelante de Embutidos el Acueducto y después de Alresa, es un complejo de edificios industriales que tienen su origen en el proyecto de los arquitectos Heliodoro Dols Morell (Valencia, 1933) y Francisco (Curro) de Inza Campos (Pamplona, 1929 – Mahón, 1976).

Este último, que falleció a los 47 años, fue todo un humanista contemporáneo, según Moreno, que destacó su actividad no solo como arquitecto, sino también como profesor, poeta, músico, pintor… Un hombre polifacético con una gran creatividad, tal y comentó también la alcaldesa Clara Luquero, quien desveló que algunos de sus familiares, presentes en el acto que se celebró ayer en las instalaciones hoy propiedad de la empresa segoviana Transcose, comentaron que tenía una vinculación con Segovia, ya que su mujer era segoviana.

Moreno considera que su obra, su valioso trabajo como arquitecto y especialmente esta choricera, como es conocida popularmente en la ciudad, “no ha trascendido como merecía”.

Desde el Colegio, como también otros arquitectos de todo el mundo, reivindican en los últimos años su arquitectura, con una técnica flexible, precisamente para la adaptación del edificio industrial a nuevas líneas de producto o incorporaciones tecnológicas, “que el edificio no sufra si hay que adaptarlo”.

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Algunos de los asistentes al acto participaron en una visita guiada por las instalaciones de la antigua choricera de Segovia. / Nerea Llorente