Bosque de pináculos perteneciente al gótico tardío en el ábside de la Gran Dama. KAMARERO
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ÁNGEL GONZÁLEZ PIERAS

El 15 de agosto de 1558 se trasladó a la nueva catedral el Santísimo Sacramento desde la iglesia de Santa Clara. Aunque había pasado más de un siglo, la antigua sinagoga judía seguía siendo un lugar de referencia para los cristianos: en 1410 había tenido lugar el “Milagro de la sinagoga”, asociado a la Catorcena y a la presunta profanación de una sagrada forma por parte de unos judíos; en ese mismo año, y cual si fuera más una justificación que el final de un relato, se había incautado el recinto a los rabinos sefardíes. En ese lugar dice la tradición que comenzó la revolución comunera en Segovia hace ahora 500 años.

Santa Clara poseía la suficiente enjundia para ser estancia del Santísimo Sacramento; la misma que tiene la actual iglesia de la Adoración, pocos metros más allá -en el epicentro de la Judería Vieja- para contener hoy su exposición permanente, en la trasera de un convento franciscano. El 15 de agosto de 1558, día del traslado, “amaneció la ciudad llena de regocijo, invenciones, danzas, fiestas, colgaduras y concurso admirable de gentes…”. Así se expresa Diego de Colmenares, hijo y cura de San Juan, en su admirable “Historia de la insigne ciudad de Segovia…”. Dice el cronista que fue grande “el concurso de gentes casi de toda España”.

La primera piedra de la nueva catedral la había colocado el obispo don Diego de Rivera en 1525, concretamente el 8 de junio. 33 años después los servicios de coral y de culto quedaron definitivamente instalados en la catedral con la acogida del Santísimo. La vieja catedral románica, a la vera de El Alcázar, atalaya de las tropas comuneras, quedaba ya solo como una sombra del pasado. O quizá no, como luego se verá.

La cuestión es que 209 años después del traslado del Santísimo, y según escribe el canónigo archivero Don Hilario Sanz en un artículo publicado el 18 de julio de 1968 en EL ADELANTADO de Segovia, “surgió la duda de si podría o no seguir rezándo(se) de la Dedicación, ya que por Decretos repetidos de la Sagrada Congregación de Ritos se prohibía rezar en las iglesias que no estuvieran consagradas”. Y resulta que la catedral castellana había estado sin consagrar más de dos centurias. Por poner un ejemplo comparativo, una catedral coetánea, la de Málaga, empezó a construirse en 1528, llegando su consagración el 3 de agosto de 1588.

La Dedicación es una de las más solemnes acciones litúrgicas que renueva cada año, el día de la consagración, la voluntad de dedicar para siempre la iglesia al Señor, a la que vez que se solicita su bendición. Pero si no había consagración, no cabía que hubiera rezo. El asunto parecía serio.

Reunión del cabildo
El 17 de octubre de 1767 se reunió el cabildo catedralicio en capítulo general para tratar la cuestión. Los escrúpulos eran muchos. El canónigo González expuso que un padre capuchino había dejado claro en su añalejo – calendario eclesiástico que señala el orden y rito del rezo y del oficio divino durante todo el año- que no debía rezarse de la Dedicación en la catedral por la ausencia de consagración, y que, a pesar de que la nueva se había construido con fragmentos de la anterior, que se consagró en 1216, “por decretos de Benedicto XIII y XIV se halla prohibido rezar de la Dedicación de la iglesia no solo en la ciudad y el obispado, pero aun también en la mesma Santa Iglesia”.

Los canónigos Carranza y Doctoral –asesor jurídico del cabildo, docto en derecho canónico- quisieron moderar la cuestión, arguyendo el testimonio de otros decretos, y poniendo por ejemplo a la catedral de Salamanca –hermana de estilo con la segoviana, dado que la dos salieron de la traza de los Gil de Hontañón, aunque la salmantina era 12 años más joven-, en donde al parecer se había rezado ese mismo mes sin estar consagrada.

El caso es que se eligieron unos comitentes para que estudiaran bien el supuesto y presentaran en un plazo razonable un informe sobre lo que debía hacerse dado el momento en que se encontraban. Así se realizó, y en la reunión del Cabildo de 3 de marzo de 1768, y por “voto secreto” se aprobó solicitar al obispo la consagración de la catedral, eligiendo a los canónigo González –que había destapado el asunto- y Doctoral para que le suplicaran al obispo la dicha consagración.

Edicto del obispo
Era entonces obispo de la diócesis Juan José Martínez Escalzo, un buen y generoso obispo que donó a la catedral su órgano, que desgraciadamente no pudo estar listo para el día de la ceremonia. El prelado consideró apropiada la idea para evitar dudas y escrúpulos, emitiendo un Edicto el 20 de junio de 1768. Al obispo, el cabildo le había remitido la responsabilidad de fijar la fecha. Y decidió que fuera la del 16 de julio de 1768, que coincidía con el día y el mes de la consagración de la catedral románica, la vieja y destrozada catedral, que conoció su unción en 1228 de la mano de Juan, obispo de Sabinia y cardenal legado del Papa. A su vez, el prelado, al fijar esa fecha, no quiso alterar la epacta, que fija el orden y rito del rezo durante todo el año entre los canónigos. Y era lógico, puesto que no debía haber ese día otra misa cantada que la de la consagración.

El obispo, en el edicto señalado, fijó que el acto debía desarrollarse con “todas las formalidades y el ritual que prescribe el Pontifical Romano”, dedicándola a “María Santísima Señora Nuestra en el Misterio de su Gloriosa Asumpción a los Cielos”. En el Edicto no se menciona a San Frutos.

Solemnes y austeros
Los actos, como se decía, fueron de una gran solemnidad pero austeros. Unos comisarios acudieron a hacer partícipe a la ciudad, solicitando al concejo que adornara el balcón del Ayuntamiento con luminaria como iba a hacer el propio cabildo en su casa y en el palacio episcopal.

La víspera fue día de ayuno y de comunicación al pueblo de lo que acontecía mediante el volteo de campanas de la catedral, de las iglesias y de los conventos de la ciudad. Y se repitieron a las doce del medio día, a las dos de la tarde y durante las oraciones vespertinas.

Al llegar la noche, y concluido el rezo de Completas –el último rezo según el Libro de las Horas- se formó una procesión en la que participó el obispo y en la que se llevó el Santísimo hasta la sala capitular, y las reliquias de los santos Frutos, Valentín y Engracia a un altar pequeño que se había levantado en el enlosado de la catedral, en donde dieron vela durante toda la noche los capellanes de número, es decir aquellos con capellanías y obras pías a su cargo.

Al día siguiente, las celebraciones comenzaron a las 4,30 con el canto de las horas. Tras su culminación, el cabildo salió al encuentro del obispo, que esperaba en el enlosado, comenzándose la procesión por el interior de la catedral. Todo el suelo de la iglesia había sido cubierto con arena. En primer término fueron llevadas en andas las reliquias de los santos y tras de ellos un carro cubierto con paños de terciopelo con las cruces que se iban a utilizar en la ceremonia.

A continuación, tuvo lugar la Misa de Consagración propiamente dicha, que se celebró “con el mayor gusto y complacencia que es imaginable y sin haber manifestado la más mínima señal de cansancio, siendo assi que la Capilla cantó una Misa de mucha solemnidad y larga”, como dice el acta de la jornada que se conserva en el archivo catedralicio.

Era el mediodía cuando el prelado abandonaba la catedral después de siete horas de celebración. En la girola todavía se conserva hoy un testimonio que recuerda ese día y no olvida en esta ocasión –superando la omisión del edicto episcopal- que también la consagración fue en honor de San Frutos, como patrón que es de la diócesis de Segovia.

Otras catedrales
A pesar del precedente de Málaga, no fue el cabildo de Segovia el único que procrastinó en la consagración de una catedral. La de Jaén, reformada en el siglo XVI de la mano del gran Andrés de Vandelvira para superar el gótico anterior, no lo fue hasta 1660. En este caso, los fastos se llevaron a cabo no con la austeridad segoviana sino a través de impactantes arquitecturas efímeras, con presencia de imágenes, cuadros y escenografías en la calle, muy del gusto del barroco andaluz, como se vería también en la apertura de las iglesias de Santa María La Blanca y del Sagrario, de Sevilla.

El supuesto más paradigmático es, sin embargo, el de Granada. El arzobispo Antonio de Rojas, sucesor de Fray Hernando, a quien tanto quería Isabel la Católica, puso la primera piedra del templo el 25 de marzo de 1523, dos años antes que la segoviana. La obra se acabó en 1704. En 1946, su trigésimo sexto arzobispo, Balbino Santos, procedió a su consagración ante la sospecha fundada de que el templo no lo estuviera formalmente. Lo recuerda una lápida de mármol con la correspondiente inscripción colocada junto al altar de San Bernardo.

NOTA: El autor agradece las facilidades dadas por el canónigo director del archivo catedralicio, Don José Miguel Espinosa, para la realización de este artículo.