Cenotafio o sepulcro de Juan Pacheco en la capilla mayor de la iglesia del Monasterio de Santa María del Parral. / Olga Cantos
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El Monasterio del Parral, por su ubicación extramuros, próxima al río Eresma, y por tratarse de un espacio religioso de clausura, es todavía un monumento relativamente desconocido incluso para los propios segovianos. La historia de este conjunto histórico-artístico se enreda en los últimos siglos y, aunque desde el primer tercio del XX ha quedado constatada la propiedad del Estado, su conservación y mantenimiento, a pesar de los esfuerzos de los jerónimos últimamente, no es precisamente ejemplar. La situación ha cambiado gracias al Plan Nacional de Abadías, Monasterios y Abadías del hoy en día Ministerio de Cultura y Deporte, que en este caso concreto dio sus frutos en 2013 con la consecución de un ambicioso Plan Director del Monasterio de Santa María del Parral, en el que se fijaron las intervenciones prioritarias para su salvaguarda. Así se ha empezado por la rehabilitación de las cubiertas, cuyas obras se dieron por finalizadas el verano pasado, y continuarán en 2020 y 2021 con la restauración del retablo mayor y los cenotafios que forman un conjunto único en su iglesia.

La recuperación y puesta en valor de este conjunto escultórico ha estado precedida de la realización de unos estudios previos entre noviembre y diciembre de 2017 y enero de 2028. Estos han servido para elaborar a su vez el proyecto de intervención por parte de Olga Cantos Martínez, conservadora-restauradora del Instituto de Patrimonio Cultural de España.

Una de las premisas del mismo es que el retablo mayor del Parral “es la obra más relevante de la iglesia”, que, a su vez está considerada como el mejor exponente del Renacimiento en la provincia de Segovia, según el experto Valentín Berriochoa, arquitecto y profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales 2000.

Este último considera también que el espacio funerario creado por el maestro toledano Juan Guas, y en general toda la iglesia, “tuvo su inmediato correlato en el templo toledano de San Juan de los Reyes, inicialmente pensado para panteón de la reina Isabel”. Puntualiza Berriochoa que, aunque la solución en el de Toledo es diferente, la idea es la misma: crucero, capilla mayor y cimborrio configuran un espacio único lleno de interés.

Antecedentes históricos

El Monasterio fue fundado a mediados del siglo XV por el rey Enrique IV de Castilla, el más segoviano de los monarcas castellanos porque gustaba mucho de la ciudad y en ella estableció su corte. Desde el siglo XII se asentaba en ese lugar una ermita dedicada a Nuestra Señora del Parral, que fue adquirida por el cabildo gracias a la mediación de Juan Pacheco.

El papa Nicolás V concedió la bula fundacional del monasterio en 1446 y fue entonces cuando llegaron a Segovia, procedentes del monasterio extremeño de Guadalupe, los primeros monjes. Durante el reinado de Enrique IV –1454-1474– comenzaron las construcciones y ornamentos. En 1472 se encarga la capilla mayor a los maestros Juan Guas, Martín Sánchez Bonifacio y Pedro Polido (este último vecino de Segovia). Aunque la capilla estaba cerrada en 1485, las obras continuaron, tanto en al decoración como en las cubiertas.

El retablo mayor fue encargado en 1528 a los entalladores Juan Rodríguez y Jerónimo Pellicer, junto al pintor Francisco González, mientras el contrato del dorado y el policromado se firmó en 1553 con Diego de Urbina.

Los cenotafios los encargó Diego Pacheco, hijo del primer marqués de Villena, Juan Pacheco, en 1528 a Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, ya que Enrique IV había donado a su padre la capilla mayor para su enterramiento y el de su mujer e hijos en 1472. El cuerpo del marqués estuvo depositado en Guadalupe hasta 1480, momento en el que fue trasladado al Parral, sepultado inicialmente en los restos de la capilla mayor vieja de la ermita.

Añadido de José María García Moro

El retablo mayor es de grandes dimensiones (tiene una altura de 25,20 metros y una anchura de 6,76) y crea una rica escenografía al conectar con los sepulcros adyacentes de los Villena. Está realizado en madera dorada y policromada y se asienta sobre una bancada de piedra distribuido en 4 cuerpos o niveles, ático y remate.

El altar original, situado en la zona inferior de la calle central, fue retirado en 1968, con el cambio de liturgia realizado por el papa Juan XXIII, y sustituido por el emblema de la Orden de los Jerónimos en el centro e historias fabulosas de la vida de San Jerónimo, modeladas por el artista segoviano José Mª García Moro en 1968.

En el primer nivel, a ambos lados del espacio donde estaba el sagrario expositor barroco (reemplazado también en 1968 por una imagen de bulto redondo de San Jerónimo procedente de la parroquia de San Marcos), pueden contemplarse dos escenas de la Pasión de Cristo: la última Cena y el Lavatorio de pies, mientras los laterales acogen parejas de evangelistas.

En el primer piso, las calles laterales cobijan los relieves de la Natividad de María y la Visitación, mientras en el centro se encuentra la Virgen entronizada con el Niño (Nuestra Señora de la Paz). Los relieves del tercer nivel se corresponden con escenas de la Anunciación y el Abrazo ante la Puerta Dorada, mientras el siguiente acoge la Circuncisión, Pentecostés y la Asunción, talladas a una escala mayor.

El ático aloja la historia de la Crucifixión, con un Crucificado en el centro y la Dolorosa y San Juan a los lados, mientras unos ángeles recogen la sangre de Cristo en unos cálices. Remata este retablo un tímpano semicircular con el torso de Dios Padre bendiciendo.

Perjudicial capa de cal

Los monumentos funerarios de Juan Pacheco y María Portocarrero responden al esquema frecuente en el Renacimiento castellano de buscar el contraste de color y textura utilizando piedras distintas, en este caso caliza y alabastro; la primera para la estructura de los sepulcros y el alabastro reservado para la figuras protagonistas. Como es norma, el del lado izquierdo corresponde al cenotafio del varón y el derecho al de su mujer. Los dos tienen una composición idéntica: hornacina profunda a modo de arco triunfal con las figuras orantes de los esposos. En los bancos están representadas las virtudes y Adán y Eva. Como dato curioso, la Fortaleza aparece en forma de mujer en el sepulcro de don Juan y como Sansón en el de la hembra.

La decoración se completa con un paje, en el caso del varón y una dueña en el de la mujer, además de escudos, las Marías, santos y santas, escenas de la Pasión, doctores, obispos, etc. En el de la marquesa aparece en el fondo un altorrelieve con imágenes de la villa de Villena.

Desafortunadamente, en el siglo XVIII estos cenotafios recibieron una mano de cal y pintura, como denunció el cronista Isidoro Bosarte en 1804 en su libro ‘Viaje artístico a varios pueblos de España’. La intervención que se llevará a cabo ahora permitirá por lo tanto una recuperación más fidedigna de su aspecto original antes de ese ‘sacrilegio’ artístico perpetrado hace más de dos siglos.