Una sombrera segoviana elaborada con paja de centeno.
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Las artesanías de tejidos vegetales son tan viejas como vieja es la cultura humana. Y entre ellas, el tejido de la paja de centeno tiene siglos de antigüedad. En España, con esta materia prima, además de la cestería urdida con zarza o mimbre y la elaborada con la técnica de tejido plano sobre soporte (muy propia antaño del área de Ayllón, en Segovia, y de las cercanas provincias de Guadalajara y Soria; con la que se elaboraban cestos, nasa, fiambreras o pequeñas piezas decorativas), tenemos la artesanía de la paja de centeno utilizada principalmente para la elaboración de sombreros.

Las tierras pobres del centro peninsular, centeneras, sirvieron durante siglos para la obtención de la paja con la que tejer, con verdadero primor, prendas que gustaron de lucir los hombres y, especialmente, las mujeres, como tocado característico con el que protegerse del rigor del sol en las labores del campo, en la costura a la solana o en días de romería. Las gorras y sombreros de paja de centeno señorearon en las cabezas de segovianas, pero también de las mujeres de Guadalajara, Salamanca, Toledo, Cáceres, Zamora y aún en otras áreas de La Mancha o Galicia en una singular y muchas veces reconocida artesanía doméstica, eminentemente femenina.

Nunca fue la gorra, ni el sombrero de paja, prenda de grandes lujos y festividades, para los cuales la mujer reservó siempre un buen pañuelo de seda, una mantellina o incluso en estas tierras segoviana la obligada montera.

Son escasos los estudios dedicados a esta labor artesana, francamente en declive en los últimos años. Urge rescatar lo poco que nos queda de las gorreras que todavía recuerdan en su memoria viva, técnica y decoraciones propias de estas tierras, antes de que sea demasiado tarde pues forma parte de las señas de identidad de la cultura tradicional de la provincia.

Las pocas referencias que aparecen suelen verse en libros generales de tejidos vegetales y cestería, con algunas escasas anotaciones sobre las mismas de hace ya algunos años y, aunque fue prenda considerada en la indumentaria tradicional segoviana, son escasas las publicaciones sobre el tema que apenas si le dedican un hueco.

Sombrera o gorra es el término acuñado en Segovia para su denominación. Gorra que a diferencia del sombrero no cierra por completo el ala, disponiendo de una pequeña escotadura en la nuca que permite encajar la misma en el moño o rodete diario de la mujer.

En esencia, la sombrera segoviana, como la mayoría de modelos que han pervivido, se corresponden con tipologías de capota decimonónica pues acaso fuera durante ese siglo cuando toma las características de forma y decoración propia que nos ha llegado hasta nuestros días.

La manera de elaborar la gorra es muy similar en todas las provincias centrales donde se ha conservado esta artesanía en la memoria viva. El trabajo de confección empezaba en la era, seleccionando el bálago o paja larga de los cereales sin la espiga. Esta tarea de escoger las pajas en bruto era ejecutada en muchos casos por los hombres. La selección de las pajas la realizaba la gorrera. Para la confección de las gorras se prefería la paja de centeno criado blanco y alto, pues le confería una blandura idónea para la elaboración de la trenza y los adornos. Ocasionalmente, valía el trigo tremesino, que daba una paja muy blanca, pudiéndose utilizar para la trenza (base de la gorra), aunque nunca se usó para la elaboración de los encarrujados o decoraciones de paja abierta.

Una vez recogidas las pajas se eliminaban las pajas últimas (la que está cerca de la espiga y la que está cerca de la raíz) y los nudos y se les retiraba la cubierta exterior (la camisilla como la denominan en La Cuesta) para proceder a su clasificación por tamaños y a su remojo. Las pajas así preparadas son homogéneas y se organizan en pajas gruesas, medianas y finas. Las más gruesas irán destinadas a los adornos de paja abierta (en Segovia los conocidos charoles), las medianas a la elaboración de la trenza base y los picos, y las pequeñas o más finas al cordón o trenza estrecha. La parte de la gorra que tiene un mayor adorno es la frente, en el ángulo que forma el casquete con el ala, precisamente en la zona más resguardada, libre de golpes en el caso de caídas.

Mientras se elabora la gorra, las pajas están humedecidas en un trapo para evitar que se sequen en exceso. Previamente habían sido sumergidas en agua fría durante unos minutos.

La trenza base se elabora con siete, nueve, u once pajas y en algunas localidades de Segovia como San Pedro de Gaíllos recibe el nombre de carneja. Es la que va a configurar el casquete y el ala de la gorra, confeccionados de forma independiente. La gorra se empieza a coser por el centro de la copa, con hilo blanco resistente. Después se elaborará el ala, dejando la escotadura para el moño. Los picos son manufacturados con cuatro pajas y se utilizan para el remate del ala de las gorras y de los sombreros. Tanto la trenza como los picos son tejidos planos, ejecutados con la paja aplastada. No suele aparecer en las sombreras segoviana el cordón, elaborado con dos pajas finas, siendo de sección redonda y utilizado principalmente como adorno en otras provincias. En todos los tejidos las pajas se iban añadiendo al mismo quedando insertadas en la labor que se acababa, disimulando perfectamente el acabado, sin conocerse los empalmes. El conjunto de trenzas y adornos se cose con hilo grueso.

En Segovia fue común, y muy propio, el uso de anilinas o tintes naturales para teñir la paja de centeno que, abierta, formaba el encarrujado de los charoles. Las decoraciones de la provincia solían ser muy similares en las distintas comarcas y constaban de un número indeterminado de abanicos, elaborados con paja abierta, dispuestos en la frente y dos estrellas o rosetones abiertos, denominados charoles encima de las orejas que se solían forrar en su centro con telas de colores. Así mismo, se disponía otro tercer charol en el centro de la copa, en su parte superior. Estas telas, normalmente reutilizadas sobre las que disponía en casa la gorrera, solían ser de color oscuro o negras cuando las gorras eran de luto (que no necesariamente de viuda), cuestión esta que se repite en todas las áreas donde las gorras van enteladas (tanto en Montehermoso como en los valles de la serranía abulense). No es muy común encontrar gorras segovianas forradas en el interior pues su uso fue normalmente con sombrero sobre el cabello, evitando así que la paja se enganche.

En Segovia, se recogen referencias bibliográficas a la elaboración y uso de gorras de paja de centeno en Collado Hermoso, La Cuesta, Caballar, Valverde del Majano, Turégano, Arroyo de Cuéllar, Puebla de Pedraza, San Pedro de Gaíllos y muchas otras localidades. Así mismo, Carlos Fontales, cestero afincado en Caballar, ha recogido la tradición gorrera antigua de las últimas mujeres que tejen la paja de centeno en la actualidad.

Las sombreras segovianas fueron objeto de comercio para el turismo de la provincia especialmente a partir de la década de los años 70 y 80. Fueron tiempos donde las sombreras se ahorraron de paja, disminuyendo el tamaño y escaseando la decoración de sus característicos charoles, ofreciendo un producto dedicado al turista que perdía en parte el empaque de las sombreras antiguas segovianas. Tiempos donde todavía aún se gastaron con el mal llamado traje de segadora, invento de la manipulación que la Sección Femenina hizo sobre la indumentaria segoviana más genuina.

Muchas de las gorreras segovianas aprendieron de chicas el oficio con sus madres, que dedicaban parte del tiempo ocioso a la elaboración de las gorras. Mientras las madres cosían y adornaban la pieza, las niñas elaboraban los picos o la trenza, colaborando con esta labor doméstica. La elaboración de una gorra de las de antes podía llevar casi un día completo.

Desgraciadamente, a pesar del abusivo uso que se hizo de tan señera industria artesana, ya bien entrado en siglo XXI, las gorras de paja de centeno agonizan, perdiéndose con ellas una de las señas de identidad de Segovia.