Paisaje de cercados de piedra en seco junto a la Dehesa Vieja de Pedraza. Fuente: elaboración propia.

Durante mucho tiempo, las técnicas de construcción de piedra en seco articularon el territorio de la Vera de la Sierra, haciendo posible, entre otras cosas, la compatibilización entre usos agrícolas y ganaderos, así como entre aprovechamientos comunales e intereses privados. Si bien en la actualidad apenas se presta alguna atención a los vestigios constructivos más llamativos del pasado trashumante, como son los famosos chozos de pastores, la realidad es que históricamente ha sido un complejo entramado de sencillos cercados de piedra con junta abierta (sin argamasa) el encargado de tejer las relaciones sociales, económicas e incluso ecológicas del entorno serrano. Hoy, no obstante, los proyectos de concentración parcelaria que desde hace dos décadas se están llevando a cabo en varios municipios de montaña constituyen la más preocupante de las amenazas para estas infraestructuras históricas y sus paisajes asociados. Y es que, como si de una enfermedad autoinmune se tratase, la reparcelación promovida por la Junta de Castilla y León proporciona un medio óptimo para la eclosión de perversas dinámicas destructivas que ponen de manifiesto la pérdida gradual no solo de un paisaje, sino también de una territorial. Este artículo, dividido en dos partes, pretende llamar la atención sobre la necesidad de entender estas infraestructuras históricas desde su encaje socioambiental (parte I), así como sobre lo urgente que resulta la necesidad de revertir los efectos de la concentración parcelaria (parte II)

En el áspero territorio de la Vera de la Sierra segoviana —desde Villacastín hasta Santo Tomé del Puerto— imperan, según la clasificación popular, dos tipos de suelo: las denominadas tierras centeneras y las tierras trigueras, llamadas así porque sus respectivos sustratos se consideraban apropiados (en ausencia de tierras de mejor calidad) para el cultivo del centeno y el trigo. Estos suelos, a su vez, se corresponden respectivamente con las formaciones ígneas y metamórficas (especialmente granitos y gneises) de las que deriva la noción de “piedra centenera”, y con los afloramientos de calizas de los que emerge la llamada “piedra triguera”. En términos paisajísticos, tal y como muestra la toponimia aún existente, se habla asimismo de navas y berrocales cuando se hace referencia a los húmedos y conturbados entornos de gneises y bolos graníticos (más o menos pulverizados, según el caso), y de lastras cuando se observan las típicas extensiones casi siempre anegadas por piedrecillas calizas. A cada uno de estos paisajes, por último, le correspondía habitualmente un tipo de producción: prados de siega y pastos para la ganadería en navas y berrocales y cultivos en las escasas regiones de lastras.

La pared de piedra en seco y la muerte de un territorio histórico (parte I)
Frente a esta situación, la de un territorio poco fértil dominado por la piedra, una tarea resultaba indispensable a la hora de preparar cualquier parcela para su futura explotación agrícola o ganadera: el despedregado. A medida que pasaba el arado o la guadaña, de ese modo, agricultores y segadores echaban a un lado los cantos que molestaban durante el proceso. A lo largo de los meses o incluso años, se generaban montones de piedra —denominados majanos o montículos de despedregado— que en muchas ocasiones se compactaban en construcciones ubicadas en lugares estratégicos y que servían como reservas de piedra.Una vez llegaban los periodos de menos actividades agrícolas, tales reservas eran utilizadas para diversos fines, como la construcción de cercados de piedra en seco.

La pared de piedra en seco y la muerte de un territorio histórico (parte I)
Montículos de despedregado (o majanos).

No obstante, una vez constituido este stock de piedra, ¿bajo qué condiciones a la población local le resultaba conveniente (y posible) la construcción de un cerramiento de piedra en seco? Su emergencia y su necesidad se vinculan en primer lugar con la presencia (desde tiempos inmemoriales) de la Cañada Real Soriana Occidental —o Cañada de la Vera de la Sierra— y sus múltiples ramificaciones en cordeles y veredas. La trashumancia, hoy abandonada por completo en estas vías pecuarias, fue una práctica determinante que durante cientos de años trajo riqueza, pero también miseria y conflictos, a los y las serranas. Y es que, según disponían los Privilegios Reales del Honrado Concejo de la Mesta, los enormes rebaños trashumantes, casi siempre propiedad de grandes tenedores no avecindados que no deben confundirse con los pequeños pastores locales estantes y trasterminantes, podían pastar a su antojo durante su “libre tránsito” en todos aquellos pastos (como bienes comunes de los concejos y baldíos) que no estuviesen vedados o dehesados, es decir, que no contasen con una pared o un vallado perimetral. Como es de imaginar, el paso bianual de cientos de miles de cabezas de ganado merino arrasaba con los pastos necesarios para la subsistencia de la empobrecida población local, además de hacer estragos en los campos abiertos de centeno, trigo y cebada. Las dehesas (de defesa, defendida, según el Diccionario de Autoridades), grandes espacios agrosilvopastoriles cuya principal característica en Segovia es su cercado perimetral, emergieron así como infraestructuras comunales dedicadas a la protección del terrazgo concejil frente a las incursiones trashumantes.

La pared de piedra en seco y la muerte de un territorio histórico (parte I)
Cercados de piedra seca tomados por la vegetación y con arbolado integrado.

Pero, por mucho que fuese una necesidad de gran urgencia para la subsistencia de los vecinos, construir una pared no era, al menos en términos administrativos, tarea fácil. Salvando mínimas excepciones, el permiso Real era estrictamente necesario para llevar a cabo cualquier cercamiento (tanto para comunidades como para particulares), y dado que la Mesta era un imponente lobby cortesano dedicado a tumbar cualquier solicitud por parte de vecinos no mesteños, el camino era tortuoso, sino imposible, para la mayoría. La efectiva liberación de este proceso, en paralelo al desmantelamiento de la Mesta y de las Comunidades de Villa y Tierra y en compañía del auge del liberalismo y de los primeros procesos desamortizadores, no llegó hasta 1836.Desde las Cortes de Cádiz (1810-1814), aún más, la legislación estatal había comenzado a integrar los principios de propiedad privada modernos, asumiendo que, en contra de lo que se concebía hasta el momento, cualquier particular era propietario exclusivo de todos los aprovechamientos de la tierra de la que fuese titular. Paradójicamente, el cercamiento, proceso que hasta este momento había servido para instituir y proteger las tierras del común, pasaría a partir de este momento a ser una herramienta en manos de los propietarios particulares para liberar la tierra de sus servidumbres y cargas comunales.
A partir de este momento, todo eclosiona. Los cercados de piedra en seco empezaron a levantarse sistemáticamente en prados particulares, lo cual, en un territorio socialmente marcado por la microparcelación, supuso un cambio radical en el paisaje. Y es que, vale recordar que el parentesco segoviano, al igual que otros sistemas sociales basados en la transmisión igualitaria, tiende a la pulverización del terrazgo.Al contrario de lo que ha ocurrido históricamente en regiones como País Vasco o Cataluña, donde un único hijo (generalmente varón) heredaba todo el patrimonio familiar, en Segovia todos los hijos e hijas heredan por igual, y en los casos de herencia igualitaria estricta, cada bien (cada parcela, la casa o incluso los muebles) es proporcionalmente cortado y dividido entre ellos para evitar que la preferencia por determinados bienes acabe derivando en conflictos familiares.

La pared de piedra en seco y la muerte de un territorio histórico (parte I)
Mosaico de prados cercados junto a Matamala (Matabuena). Fuente: elaboración propia y Google Earth.

Este último hecho, tan criticado desde el punto de vista del desarrollismo rural, constituye un fenómeno de gran relevancia para el tema que aquí me ocupa. Según este principio de transmisión hereditaria, generación tras generación el territorio tiende a subdividirse más y más y, en consonancia, los cercados de piedra en seco proliferan. En diversos casos, la subdivisión parcelaria acabó por generar densos entramados de paredes que a medida que acogían vegetación (todo tipo de musgos, setos y arbolado) derivaron en frondosos mosaicos perfectamente compatibles con los aprovechamientos silvopastoriles —en los que, sin ir más lejos,el arbolado es aprovechado por sus frutos y sus vuelos mientras que las orlas espinosas contribuyen a la función de cierre y a la alimentación ocasional del ganado—.En sintonía con esto último, cabe decir que, gracias a sus juntas abiertas y a su articulación en sistemas de bocage, las paredes constituyen en sí mismas hábitats y corredores ecológicos que acogen elevados índices de biodiversidad, lo que, entre otras cosas, contribuye a aspectos que inciden directamente sobre lo productivo (como el control de plagas o la restauración de la fertilidad del suelo). Estos cercados, tal y como vienen mostrando diversos estudios de ecología, tienen además la capacidad de interferir sobre la regulación del viento y de la humedad, lo que a su vez influye en el microclima. No hay duda de que se trata de infraestructuras que contribuyen de forma notable a la resiliencia territorial, al equilibrio medioambiental y a la adaptación del calentamiento global. Cuando forman parte de explotaciones ganaderas activas, en fin, este tipo de entornos cercados son una muestra excepcional de que es posible la compatibilización, tan necesaria en los días que corren, de lo productivo, lo ecológico, lo patrimonial y lo paisajístico.

La pared de piedra en seco y la muerte de un territorio histórico (parte I)
Cercados de piedra seca tomados por la vegetación y con arbolado integrado.

Parece evidente que en estos casos el valor de la piedra en seco raramente puede limitarse a elementos específicos que puedan ser patrimonializados. Al contrario de lo que ocurre con otras construcciones, la conservación de una u otra pared considerada ejemplar o singular no tiene ningún valor si no viene acompañada de su contexto territorial y productivo. No se puede tomar la parte por el todo, del mismo modo que un médico no puede aspirar a salvar la vida de un paciente conservando apenas alguno de sus órganos. En los complejos entornos de piedra en seco, en fin, los valores socioculturales, productivos y ambientales se entrelazan de forma absoluta e indisociable mediante un territorio que debe permanecer activo. Es el territorio como entramado dinámico, como maraña de prácticas y habitares, lo que debemos aspirar a conservar.
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(*) Doctor en Historia y Arqueología (UCM, 2020), Mestrado/Máster en Antropología Social (PPGAS/UFSCar, Brasil, 2016) y Arquitecto (ETSAB-UPC, 2013). Trabaja como consultor en cuestiones de planificación territorial en MMMAPA. Autor del estudio “La piedra entre las tierras: antropología de la piedra en seco en la Vera de la Sierra (Segovia)”, financiado en 2021 por el Instituto de Cultura Tradicional Segoviana Manuel González Herrero. Contacto: ionfdlheras@gmail.com