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La geóloga segoviana Juana Vegas en el último día de la erupción del volcán en la isla canaria de La Palma. / E. A.

«El suelo empezó a temblar y el volcán emitió una columna de cenizas de color marrón, tuvimos que salir corriendo de todas las bombas volcánicas que arrojaba desde el cráter». Así describe la geóloga segoviana Juana Vegas el comienzo de la explosión más violenta del volcán de La Palma en su último día de erupción, el 13 de diciembre. Junto a Andrés Díez, geólogo también segoviano, fue la encargada de retransmitir el final de este episodio dramático. El Instituto Geológico de España (IGME) encomendó a Juana la labor de investigación del volcán en el paraje de Cabeza de Vaca en tres campañas por su gran conocimiento de la geología de la isla canaria. Así, llegó a este lugar el 23 de septiembre, donde llevó a cabo sus labores durante 38 días repartidos en cuatro meses. No obstante, los trabajos aún no han terminado, «aún queda mucho por hacer, hay que abordar la recuperación», insiste.

— ¿Sabías que el 13 de diciembre se iban a producir las últimas erupciones del volcán?
— No lo sabía, pero sí lo sospechábamos todos los científicos por el tiempo que llevaba activo. Además, históricamente en Canarias las erupciones han terminado con un final muy violento. Eso sucedió por la mañana. Por la tarde hubo una explosión, pero no tan intensa.

— ¿Cómo viviste ese momento?
— Cuando todo empezó, estábamos Andrés Díez y yo haciendo una cata para ver el espesor de las cenizas a unos 800 metros del cráter. La verdad que sentimos algo de apuro. Algunas bombas volcánicas eran del tamaño de un camión, nos pusimos nerviosos y tuvimos que retroceder rápidamente.

— No es la primera vez que investigas un fenómeno geológico en La Palma.
— Ciertamente, gran parte de mi labor de investigación la he hecho en Canarias, especialmente en La Palma. Cuando acabé la carrera, me ofrecieron hacer la tesina allí. Se puede decir que la isla me eligió a mí, más que yo a ella.

— Sois muchos los segovianos que habéis trabajado allí.
— Aparte de Andrés Díez y yo, está Gonzalo Lozano, que se ha encargado de hacer el avance de la cartografía de la evolución de las lavas desde la Península. También hay otros dos segovianos de origen: Carlos Lorenzo, que trabaja con drones, y José Mediato, que ha hecho muestreo de cenizas y lavas.

— ¿Cómo se explica tanta presencia segoviana?
—Es una gran casualidad, es curioso que en una provincia que no tiene facultades de Geología haya tantas personas interesadas en esta ciencia. Es cierto que nos gusta mucho la naturaleza, la divulgación y compartir conocimientos. Precisamente, este año se cumple el décimo aniversario de la Asociación Geología de Segovia.

— Cuando llegaste por primera vez a los pies del volcán, ¿sentiste fascinación o miedo?
— Sentí fascinación, jamás pensé que en mi vida profesional iba a trabajar a los pies de un volcán activo. El último día fue espectacular, no lo olvidaré nunca en la vida.

— ¿Estabas preparada para un suceso así?
— Todos estábamos esperando una erupción en Canarias. De hecho, La Palma es la isla más activa y tiene erupciones históricas contabilizadas desde que los europeos llegaron allí en 1500. Sabíamos que, por estadística, pronto iba a haber una erupción. Lo que no conocíamos era ni dónde ni cuándo, pero con la sismicidad que había desde 2017, preveíamos que iba a ser en cualquier momento. Lo estábamos avisando, pero los políticos y la población no son sensibles a la noticia hasta que pasa.

Experiencia imborrable

— ¿Qué es lo que más te llamó la atención?
— Es sobrecogedor el sonido que hace el volcán, no le hace justicia la televisión. Es atronador, yo le llamaba ‘el volcán rugiente’, se oía desde muchas partes de la isla, así como las explosiones. Hacía unas detonaciones de gran potencia que te levantaban el pelo. También eran sorprendentes sus dimensiones y la sensación de la ceniza cayéndote encima. Son cosas que solo se pueden entender en directo.

— En cuanto al lado más humano de la catástrofe, ¿cómo lo has llevado?
— Ha sido lo más duro y para lo que no estábamos preparados como científicos. Durante los primeros dos primeros meses, con nuestras decisiones, se desalojaban los barrios y calles. La gente tenía media hora para salir de sus casas, sabiendo que no iban a poder volver nunca y que lo iban a perder todo. Y aún así nos daban las gracias a los científicos. Puedo destacar de los palmeros lo generosos y amables que son, yo no he visto personas con más entereza pese al drama vivido. Es como si aquí perdiésemos la mitad de Segovia. Para lo difícil de la situación, las personas han sabido estar a la altura de las circunstancias.

— ¿Hay algún testimonio que te haya tocado el corazón?
— Sí. Por un lado, las personas mayores a las que se desalojaba de sus casas y no querían llevarse nada, sabían que era el final de todo y les sobraba lo material. Perdían todo -su barrio, sus vecinos y su día a día-, sabiendo que ellos, con los años que tenían, ya no iban a poder recuperarlo. En segundo lugar, los niños. Además de la pandemia, con el volcán han perdido sus colegios y han visto mucho dolor en sus familias. No han tenido la oportunidad de estudiar como los demás niños del país. Es un drama y un dolor que se te clava, muy difícil de olvidar.

— ¿Y qué cabe esperar?
— Por el momento, seguimos con trabajos de campo y oficina. Todas las lavas tienen que enfriarse, hay que seguir midiendo gases, ver como se quitan las cenizas, etc.

— De todos los fenómenos geológicos -volcanes, terremotos, tsunamis, hundimientos…- que has podido investigar, ¿cuál es el que más te ha impactado?
— Sin ninguna duda, los volcanes. No se puede predecir cuando van a aparecer y alcanzan unas magnitudes espectaculares. Es el fenómeno que interfiere al cien por cien en los humanos, el que más ha atraído a todas las civilizaciones.

— ¿Deberíamos tener miedo o preocupación, aquí en Segovia, por alguna de estas catástrofes?
— Por los volcanes desde luego que no. Estamos en una zona geotectónica en la que no va a producirse la erupción de ningún volcán. En Segovia, los fenómenos que más interfieren en la vida diaria son las inundaciones y desprendimientos. En cuanto a los terremotos, es una zona de baja incidencia. Los hay, pero son de muy baja intensidad.

— ¿Somos privilegiados?
— La verdad que sí, estamos en una zona geológicamente tranquila.