José Santoyo: “El tesón y la constancia deben ser los patrones de cualquier empresario”

Nacido en Madrid en 1935, José Santoyo Morillas, representa el espíritu de un empresario de raza que ha conseguido sacar adelante sus proyectos, personales e industriales, haciendo siempre frente a los elementos. Apasionado de la nieve, en los años 60 trabajó en Suiza, en la Société Genevoise d´Instruments de Physique, tras pasar por varias industrias españolas. Luego regresó a España para ligar su vida a la estación de esquí de La Pinilla, en cuyas proximidades implantó la empresa que lleva su apellido y donde se confeccionan las prendas más demandadas en el sector gracias a su calidad.

— Quizá sea la nieve el elemento que más le ha marcado en su vida. Se trata de un duro elemento al que enfrentarse
— Siempre me ha gustado la nieve. He sido un apasionado de ella y siempre he buscado las zonas donde se podía esquiar.

— Pero sus inicios profesionales no tenían nada que ver con ella
— No. De muy joven me gustaba la mecánica y estuve en varias empresas donde estuve de ajustador o matricero, que es como se llamaba entonces a los que nos dedicábamos a la mecánica de precisión.

— ¿Fue su primer trabajo?
— No. Cuando era poco más que un crío, que eran los años del hambre en Madrid, tuve que ponerme a trabajar, todo a pesar de que era el primero en la escuela. Comencé a trabajar de botones, en la Sección Femenina de Falange, fíjate.

— ¿Cómo saltó a la mecánica?
—Porque unos amigos me ofrecieron trabajar en la fábrica Iresa. Me pagaban a la vez una carrera, y comencé a dedicarme a la precisión. Fui cambiando de empresas porque en cada una que entraba, me cogían y me pagaban más. Yo quería aprender más. En cada sitio pedía un salario y cada vez me ofrecían más. Eso debía ser porque no era malo del todo.

— Pero la mayor parte de su vida ha estado ligada a la nieve.
— Efectivamente. Era una de mis grandes pasiones, la nieve y la montaña. Con los que estaba trabajando entonces me dijeron que se iban a Suiza. Entonces me compré una motocicleta, marca Sanglas de 400 centímetros cúbicos. Y con ella me fui a Suiza. Cuando llegué a Ginebra dije “esto es maravilloso”. Entonces pensé que me quedaría allí a vivir y empecé a buscar trabajo.

— Sería duro el comienzo en un país extranjero
— Por su puesto. En las empresas donde preguntaba si había trabajo me decían que debía ser suizo o al menos hablar bien francés. Recorrí varias y no había manera de que me cogieran. Pero finalmente me cogieron en la Société Genevoise d´Instruments de Physique. Hice la prueba de rectificador y la pasé, por lo que me quedé a trabajar. Había unos 300 empleados, pero me fueron dando cada vez trabajos más difíciles hasta que terminé trabajando solo en un cuarto encerrado. De ahí pasé a otro en el que solo podía haber una persona porque el calor del cuerpo podía dilatar las piezas. En esta empresa comprendí lo que de verdad significaba la precisión.

— Allí, en Suiza, hay nieve y además muchas fábricas de relojes, el símbolo de la presión.
— Por eso estuve allí algo más de doce años. Aquí tuve la oportunidad de esquiar en multitud de estaciones suizas, y también a veces en algunas de Francia, por su proximidad.

— ¿Cómo fue para dejar aquel país y volverse a España?
— Me gustaba el esquí y veía cómo vivían los profesores de esquí de aquel país. El que más o menos tenía un negocio, que compatibilizaba con su trabajo. Yo comencé dando clases a niños y me llegó la idea de hacer lo mismo y poner yo también alguna empresa relacionada con este mundo. Pero también pensé que debía volver con la familia antes de que mis hijos se hicieran mayores. Entonces se me ocurrió la idea de poner algún hotel familiar, como los que había visto en Suiza, para hacer lo mismo en alguna estación española como Baqueira o Candanchú. Eran los años 70. Entonces mi hermano, que era amigo de José Pirinoli, promotor de la estación de La Pinilla, me propuso venirme a la provincia de Segovia.
Era verano y me vine a España de vacaciones. Aproveché para acercarme por La Pinilla. Había nieve, pero no había casi gente en esta zona. A pesar de volverme, Pirinolli y yo estuvimos en contacto permanente. Él me propuso ser jefe de obra en el proyecto que comenzaba a fraguarse ya. Aunque no había trabajado en ello antes, replanteé el Pico del Lobo y otros para montar toda la estructura. La pena es que cuando se terminó la construcción dejó de nevar en esta zona.

— No vio entonces mucho futuro a su idea de montar el hotel familiar.
— Tampoco me desanimé mucho. Tengo dos hijos que estaban entonces compitiendo un equipo nacional. Traían un anorak bueno que me llamó mucho la atención y dije entonces: “ese lo tengo que hacer”. En una tienda de Madrid, donde yo vivía entonces había un profesor de esquí trabajaba de tapicero. Era uno los pioneros del ala delta y aprovechaba para hacerse los arneses. Fue él quien me propuso hacer una sociedad para hacer productos de deporte de montaña, y sobre todo de ropa. Yo entonces monté un bar en La Pinilla. Algunos vieron los trajes de nieve en él y empezaron a hacerme encargos. En una semana ya tenía numerosos pedidos. Cada uno costaba 20.000 pesetas de las de entonces.

— Así comenzó el negocio Santoyo
— Puse mi primer taller en Madrid, después de visitar varios clubs de esquí. Alquilé dos locales, uno como tienda y otro como taller. Uno de mis hijos terminó la carrera y dijo que estaría conmigo haciendo trajes. La verdad es que yo no he recibido ninguna clase de confección ni nada, pero por sentido común y lógica saqué como debía hacerse el escalado de los trajes. Hablando con un profesional de la marca de pantalones Lee, me preguntó. Entonces empecé a hacer diseños… y hasta ahora.

— ¿Estuvo trabajando con otros talleres?
— Sí. Cuando empecé a coger pedidos para los clubs de esquí tuve que buscar en Lozoyuela gente que cosiera. Allí el alcalde me dejaba un cuarto en el Ayuntamiento con máquinas de coser, pero no eran de la calidad que yo quería. Busqué en Buitrago otro lugar que ponía Corte y Confección. Mi sorpresa es que no tenían mucha idea. Luego en Horcajuelo también con un taller cooperativo. Allí yo les dije cómo debían coser y empezaron a trabajar conmigo. Tenía que estar pendiente y sufriendo. También encontré en la localidad de Santoyo, en Palencia, una cooperativa que llevaba muchos años cosiendo para el Corte Inglés. Allí estuve un mes para enseñarles como hacerlo bien. Empezaron a hacer las cosas bien y fue el despegue. Estuve allí dos meses hospedado.

— ¿No les molestaba a esos talleres que les dijera cómo debían hacer las cosas?
— No les importaba. Se lo mostraba y lo agradecían. Luego yo les formé aquí. Yo les decía que es la sensibilidad de las yemas de los dedos lo importante porque la máquina solo sube y baja la aguja; como tampoco los tejidos son iguales para trabajarlos de una u otra forma.

— Y ya se implantó en Riaza con todo el negocio.
— Sí. Fue en 1981 cuando creamos una sociedad como persona jurídica. Pero desde el 99 nos constituimos como sociedad. Estamos en el polígono industrial de Riaza, con dos naves. En una está la sección de corte, y en otra, donde se cose. En total tenemos 17 empleados.

— ¿Cuál ha sido la clave de su éxito empresarial?
— Creo que el buscar la calidad. Las prendas nuestras son las que quieren los mejores. Yo siempre busqué buena materia prima, siempre lo mejor. El precio no me importaba. Me interesaba la calidad sobre todo. A las personas con las que he trabajado también las he inculcado la idea. La he formado con la idea de que hay que tener precisión y sensibilidad. Para coser vale una máquina, que siempre hace lo mismo. El tejido lo traemos desde Japón, que es donde está lo mejor. Y luego nosotros hacemos la confección, controlando la calidad del hilo, su tensión, todo el proceso.

— ¿Cree que fue arriesgado apostar por montar su empresa en una zona como el Nordeste de Segovia?
— Con la experiencia que tengo ahora, a mis 85 años, no se me ocurriría montar una empresa otra vez. Pero entonces aguantaba todo, porque había mucho empeño y mucha ilusión. A lo mejor lo haría otra vez, pero ya con esta experiencia a lo mejor lo habría hecho en Madrid, donde podría tener 200 obreros o más. Pero también me podría haber ocurrido que me arruinara. Nunca me ha fallado el trabajo. Estoy contento. El negocio da para vivir a toda al gente que tenemos aquí y nosotros no nos podemos quejar.

— ¿Cuál es el principal ingrediente que debe tener un empresario?
— El tesón y la constancia deben ser los que guíen a un empresario. Hay que saber que los principios son duros y hay que hacer todo hasta salir adelante, sea cuando sea. Es preciso tener mucha fuerza de voluntad.

— También será importante contar con alguna ayuda
— Yo nunca he tenido ayudas de la administración. Todo lo hemos conseguido con nuestros propios medios. Y tenemos lo más moderno que hay en el mercado, en máquinas de termosellar, de bordar, etc..

— ¿Cómo ve el futuro de la zona de Riaza y todo el Nordeste?
— Ahora no se puede ver ni la televisión porque te desanima. Yo creo que las cosas por aquí están estabilizadas. La gente de Riaza no marcha mal en cuanto a la crisis del virus. Hay colas en los comercios, hay que esperar, pero no va mal las cosas en comparación con el resto. Algunos negocios de la hostelería, por ejemplo, que son amplios han hecho un buen negocio este verano.

— Usted se encuentra a gusto en esta comarca
— Yo sigo al lado de La Pinilla, y eso me gusta.