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El pasado 12 de julio José Ovejero fue el encargado de clausurar el XXI Festival de Narradores Orales de Segovia enfrentándose al reto de abandonar la escritura y narrar en alta voz, tal y como otros autores han hecho a lo largo de estos años de festival.

No es fácil convertirse en narrador oral durante una noche. Todos narramos todos los días: contamos chistes, recuerdos, excusas, cotilleos, capítulos de serie, ‘batallitas’ e incluso cuentos, pero la narración oral como acto colectivo y oficio tiene sus propias reglas ocultas bajo la diversidad y la riqueza de formas, estilos y apoyos.

Lo habitual es que los narradores orales adquieran las técnicas y las estructuras tras muchas horas de escucha -igual que se llega a la escritura tras muchas horas de lectura- hasta que un buen día sienten la imperiosa necesidad de abrir la boca y narrar aquello que debe ser narrado.

De alguna manera el dominio de la narración oral se parece al proceso de adquisición de lenguas: un largo período de atención y escucha más una vida de perfeccionamiento y evolución mejorando la comunicación con aquellos a los que nos dirigimos.

En el caso de los escritores que participan en el festival segoviano la secuencia se ve violentada por una invitación difícil de rechazar: abolir el tiempo y la distancia con los receptores, permitiendo, así, la asistencia al nacimiento de la literatura, a la materialización del texto.

UN REGALO ‘ENVENENADO’

Es difícil resistirse a este pequeño regalo envenenado con el que Ignacio Sanz, director del festival, tienta a los escritores: revivir durante una hora los tiempos en que la literatura era efímera y solo podía conservarse en la memoria. Los escritores aceptan, preparan la sesión y, dependiendo de sus experiencias previas, su capacidad para leer al público y el autodominio ante de una situación extraordinaria, salen más o menos airosos del trance.

José Ovejero parecía tranquilo, pues sumaba a los saberes y la práctica del escritor la confianza y el dominio de las técnicas teatrales: presencia, expresión corporal y dicción clara. Pero una sesión de narración oral se parece poco al teatro (aunque a veces se hagan uso de recursos teatrales) y los textos narrativos no funcionan igual en la transmisión oral que en la escrita. De hecho, la estructuración de las historias en la narración oral prefiere las formas simples y los incisos deben resaltar detalles o aclarar circunstancias, pero no se debe abusar de ellos.

las historias eran magníficas y mostraban una unidad interna que, de haberse subrayado y reforzado, hubieran dado en una contada redonda

Además, la narración oral tiene una visión poética que a veces se obvia: prefiere pocas palabras, bien escogidas y sugerentes; pues la palabra que no da vida, mata. Es difícil tener conciencia de todo esto en un primer acercamiento a la narración oral y, quizá, José Ovejero sobreprotegió sus historias con una presencia constante como narrador, personaje, glosador y apuntador, de manera que lo contado no terminaba de fluir con naturalidad y de respirar con soltura.

Lástima, porque las historias eran magníficas y mostraban una unidad interna que de haberse subrayado y reforzado hubieran dado en una contada redonda, pues bajo la forma de un relato de vida se hablaba reiteradamente de la necesidad de escapar (de la familia, de uno mismo) y ese hilo conductor se sustentaba, además, con motivos como las armas, la locura, la identidad y la huida.

Entre todo lo contado, que se extendió más allá de la hora de rigor, destacaron tres hermosas historias: el disparo contra el perro, la vida y muerte del tío Luis y la cinematográfica noche en la selva de Costa Rica. Historias recreadas con el ritmo sereno, elegante y un tanto melancólico propio de la reflexión y el vagabundeo entre los recuerdos que conforman el ser interno.

EL BALANCE

Un año más, el Festival de Narradores Orales ha sido un compendio de los distintos caminos que transita la narración oral, noble arte que en esta edición ha conseguido superar los desafíos impuestos por las medidas de seguridad frente al Covid-19 (mascarilla incluida) con la imaginación, el entusiasmo y la colaboración entre Ayuntamiento y Fundación Juan de Borbón. Se ha hecho de la necesidad virtud y ante la limitación y el control del aforo de las sesiones en el Jardín de los Zuloaga, se ha encontrado la manera de ayudar a través de Cruz Roja a los que más están sufriendo las consecuencias de esta terrible situación.