Jóse, el ‘maitre’ del merendero Villa-Rosa

Un negocio familiar de tercera generación conocido por ofrecer una exquisita comida castellana de calidad y la mayor intimidad y tranquilidad en cada mesa, pues se atiende sin ninguna celeridad

Jose Villa Rosa

La familia Iglesias Arevalillo regenta el negocio familiar ‘Bar Ventorro Villa-Rosa’ —un restaurante segoviano conocido por ofrecer una exquisita comida castellana de calidad y la mayor tranquilidad e intimidad en cada mesa— desde hace tres generaciones.

“Hace aproximadamente noventa años —pues antes no era necesaria una licencia de apertura por lo que no tenemos constancia escrita de la fecha exacta—, mi abuelo Eusebio Iglesias compró la finca y el bar, abriendo para todos los segovianos y segovianas el Ventorro Villa-Rosa, donde desde los ocho años comenzó a trabajar también mi padre, Saturnino Iglesias, y en la actualidad lo regenta un servidor, José Antonio Iglesias”.

Ubicado en la carretera de Arévalo, número 6, —pasando el arco de la Virgen de la Fuencisla, a mano derecha— su clientela es fija, clientes de toda la vida que buscan comida tradicional, de calidad y sin prisas. Su negocio tiene una filosofía muy distinta al sector de la hostelería actual pues en el Ventorro Villa-Rosa se atiende a las mesas sin ninguna celeridad. Nadie urge al comensal para que deje libre el espacio y se multipliquen así los turnos de comida.

“No es lo mismo estar ubicados a las afueras que en pleno centro de Segovia. Aquí no hay turistas, ni comercios, ni tiendas y por lo tanto, por nuestra puerta no pasan una media de quinientas personas diarias como sucede en otros restaurantes ubicados en plenas calles comerciales y turísticas de la capital segoviana. Por ello, nuestro negocio no está enfocado al turismo, ya que nuestra clientela son gente que nos conocen y vienen a nuestro Ventorro en busca de tranquilidad, evitando el bullicio y los restaurantes masificados”, asegura Iglesias.
Especializados en el delicioso sabor de la cocina castellana, todos sus platos están preparados con ingredientes de excelente calidad. Y es que, a Villa Rosa se va a comer raciones de queso, jamón, chorizo; huevos fritos con chorizo, lomo, morcilla y patatas fritas; croquetas, ensalada, tortilla de patata, conejo o codornices escabechadas. “Es decir, estamos enfocados en la comida tradicional, sin meternos en gastronomía moderna, ni preparaciones del plato sofisticadas o restaurante de lujo”, añade.

En la actualidad, el Restaurante-Bar Ventorro Villa-Rosa “lo llevamos entre mi hermana y yo. No tenemos obreros por lo que con hacer poca recaudación nos mantenemos. Y esta fórmula ha sido la clave de nuestro éxito de seguir abiertos durante noventa años de forma continuada. A nosotros no nos preocupa hacer caja. Sino todo lo contrario, en Villa Rosa es al revés, prima la tranquilidad, la comida casera y de calidad. Y aunque disponemos de 400 metros de terraza-jardín, con aparcamiento propio dentro de la finca, y una capacidad para cien comensales en la terraza y cincuenta en el interior, nosotros trabajamos las mesas con tranquilidad. Es decir, no vamos a la batalla y si tenemos dos comensales que se tiran tres horas con un par de raciones nos da igual. Porque lo que nos diferencia es nuestro ambiente tranquilo, primando la intimidad y la tranquilidad de cada mesa”.

En definitiva, la esencia del Ventorro Villa-Rosa se ha mantenido viva e intacta a pesar del paso de los años. Con sus mesas distribuidas en su amplia y soleada terraza — testigo privilegiado de unas vistas únicas de las torres del Alcázar y la Catedral—junto al río Eresma, seguirá siendo un lugar único desde donde poder disfrutar de una típica comida castellana, de calidad, y saborear una exquisita sobremesa, sin prisas y con tranquilidad.

El paso de los años no ha hecho estragos en este Restaurante- Ventorro, pues sigue fiel a sus inicios, a sus orígenes a principios del siglo XX cuando los ventorros eran lugares de parada y posada. Hoy en día, detenido en el tiempo, conserva el mismo estilo que hace noventa años, con sus sillas y mesas metálicas, sus emparrados y su gran terraza.
Un bar de los de toda la vida, en el que su dueño José Antonio Iglesias junto a su hermana lo mismo adecentan dicha terraza-jardín, que sirven a sus comensales, cortan la leña para calentarse y cocinar, se ocupan de la despensa o siguen elaborando las recetas de su madre —infalibles también décadas después y responsables de su afamada cocina —.