francisco javier gonzalez sanz geologo
Francisco Javier González Sanz en una de sus expediciones. / EL ADELANTADO

El interés de Francisco Javier González Sanz (46 años), investigador en el Instituto Geológico Minero de España, por la mineralogía llegó a los 13 años. Alumno del Colegio Maristas, admiraba al Hermano Gregorio Acero, coleccionista de minerales que introdujo a unos cuantos alumnos en la materia. En aquella Asociación Segoviana de Aficionados a la Mineralogía hizo sus primeras excursiones y despertó un gusanillo que le ha llevado dos veces a la Antártida. Experto en mineralogía marina, este geólogo no descarta que su odisea, con una vida itinerante con duras épocas de aislamiento, le lleve algún día a Marte. Su currículo incluye 19 expediciones en las Azores, Canarias, el lago Baikal (Rusia), las islas Galápagos, el sur de China o la Antártida, donde ha despertado más de 60 días. El pasaporte de un privilegiado.

— ¿Cómo vive un adolescente enamorado de la geología?

— (Sonríe). Es diferente, claro. La mayoría de gente de 14 años está pensando en el fútbol o las consolas; ir al campo a ver cosas de ciencia era un poco raro. Pero había más como nosotros. Igual que otros estudiaban piano, a mí me gustaban los minerales.

— En un sector con tantas opciones, ¿por qué eligió la mineralogía marina?

— Desde el inicio, la mineralogía era un campo donde yo me desenvolvía con mucha facilidad. Y cuando estaba estudiando en la universidad, la mayor parte de los geólogos que nos licenciamos en 1999 iban al campo de la geotermia; en aquella época estaba en boom de la construcción y todo el mundo se metía ahí. A mí, personalmente, no me atraía. Y los yacimientos minerales, sí. Cuando te dedicas a algo donde hay mucha competencia es más difícil salir adelante, pero la mineralogía estaba un poco de bajón, no eran buenos tiempos. Sobre todo lo hice porque me gustaba.

— Está previsto que la actividad minera supere los 10 billones de dólares. ¿Por qué?

— Es una previsión de la Comisión Europea, con los estudios de mercado que ha ido realizando. La producción actual de minerales submarinos se limita a zonas muy someras, muy cercanas a la costa, donde se explotan áridos para regenerar playas; cada vez que hay un temporal en las playas de Málaga o Alicante, se las lleva y hay que dragar arena de la zona marina para regenerarlas. O las explotaciones de oro o de estaño en Asia; o de diamantes en Sudáfrica, que están a 100 o 150 metros de profundidad. La minería de gran profundidad, hasta 4.000 metros, todavía no está activa. Es algo que llegará en los próximos años; tanto los países como la autoridad internacional de los fondos marinos tienen que aprobar códigos que regulen estas actividades.

francisco javier gonzalez sanz geologo
El geólogo segoviano posa en una de las cosas de La Granja en 2019. / EL ADELANTADO

— ¿Qué hay a esas profundidades?

— Entre 5.000 y 6.000 metros podemos encontrar campos de nódulos de manganeso, que tienen altos contenidos en níquel, cobre, cobalto. Los montes o volcanes submarinos, como en las Canarias, tienen alto contenido en cobalto o platino. Tenemos fosfatos, que son muy importantes para la agricultura y generan fertilizantes. O piedras raras como el itrio para las empresas de tecnología, placas solares o los aerogeneradores eólicos, que son necesarios hoy en día para el funcionamiento de nuestra sociedad.

— Tras tantos años de investigación, ¿qué nos dicen las emisiones submarinas del cambio climático?

— En los fondos marinos, podemos observar que se emite CO2 o metano. Eso influye en el clima de la Tierra, pero lo hace de un modo natural, no de un modo antropogénico, como estamos sufriendo nosotros con las emisiones de la industria o la contaminación de los vehículos. Las costras de los fondos se forman muy lentamente; son los cambios que ha habido a lo largo de miles de años, no los actuales. Los cambios de últimos 50 o 60 años debido a la actividad humana no podemos observarlos en este tipo de minerales, porque su evolución es súper lenta.

“La Antartida es un planeta dentro del planeta. Es una sensación a la que quieres volver siempre”

— Ha estado en la Antártida con temperaturas sobre cero. ¿El calentamiento global y el deshielo permiten conocer más el planeta?

— Si ves el verano antártico, con temperaturas de dos bajo, cero piensas: “En Segovia hace más frío en invierno”. Los cambios climáticos en la historia del planeta han sido continuos desde la creación del planeta; la cuestión es que tenemos que conocer claramente cuál es la influencia que tiene el hombre en los cambios que se están produciendo en las últimas décadas. Tenemos que buscar patrones en la naturaleza. La Antártida, tanto a nivel biológico como geológico, es un laboratorio de trabajo increíble. Un glaciar puede dar mucha información sobre los cambios del pasado y los actuales.

— Habla de expediciones en las que no se pierde ni un minuto. ¿Cómo es esa rutina?

— Es duro. Que trabajemos 24 horas al día no quiere decir que cada persona trabaje 24 horas, pero el barco organiza los turnos para no parar en ningún momento. Estamos ocho o diez horas por día, pero cuando estás encerrado dentro de un buque tampoco tienes muchas opciones de ocio. Así que acabas trabajando muchas más horas porque cuando no estás en tu turno, estás ayudando a algún compañero. Es duro, pero es una experiencia única. Descubrir cosas nuevas es espectacular; es duro, pero la verdad es que merece la pena. No lo cambiaríamos por un trabajo de oficina.

— Ha compartido zonas con cruceros turísticos de precios prohibitivos. ¿Cómo definiría ese privilegio?

— Un crucero que salga de Ushuaia (Argentina) a la Antártida de una semana puede salirte por 10.000 dólares. Nosotros estamos un mes en zonas marinas y costeras de algunas islas. Trabajando, por supuesto. Un mes seguido en una naturaleza desbordante rodeado de vida por todas partes. Es verdad que está rodeado también de hielo y de unas condiciones súper inhóspitas, pero es alucinante. Yo siempre digo que la Antártida es como un planeta dentro de este planeta. Es una sensación a la que quieres volver siempre. Por muchas veces que vayas, no puedes parar de repetir.

— ¿Cuál es el momento más privilegiado que ha vivido en estas expediciones?

— Resumir uno es muy difícil. Un momento espectacular fue cuando navegamos en 2011 por encima del volcán submarino de El Hierro, investigando la erupción mientras estaba en plena actividad, expulsando lava, gases y productos volcánicos. Fue un momento increíble. Otro muy singular fue en el Hespérides, cuando salimos de Punta Arena, en el sur de Chile, recorriendo todos los canales de Tierra de Fuego hacia la Antártida; están llenos de glaciares que bajan hasta el mar. Y por supuesto, la Antártida: sin palabras. Navegar cerca de las islas… Cuando estás en alta mar no tienes una gran sensación de estar allí quitando las bajas temperaturas y los icebergs. Pero cuando estás cerca de tierra, ahí ya sí; no sabes dónde acaba el glaciar y donde empieza la nube.

“Pasas un mes rodeado de una naturaleza desbordante. También hay condiciones inhóspitas, pero merece la pena”

— Cuando va a estos lugares, ¿pie perdón a toda esa pureza por la huella humana?

— Nunca he tenido esa sensación porque con nuestro pequeño granito de arena como científicos contribuimos a que las cosas se puedan mejorar. Siempre he tenido una conciencia respetuosa con el medio ambiente; no soy un consumista al estilo americano de los que cuanto más tiene, más quiere. Siempre he pensado: “Joder, qué suerte tengo de poder estar aquí”.

— ¿Cómo gestiona la sensación de aislamiento?

— En el barco te generas una serie de rutinas diarias. El horario de curro no es sencillo porque suelen ser jornadas partidas; te puede tocar el turno de cuatro a ocho de la tarde y de cuatro a ocho de la mañana. Metes un poco de lo que harías en tu casa: ver una serie o ir al gimnasio. Si hace buen tiempo, incluso salir a tomar un poco el sol, dependiendo de dónde tengas la expedición. Se trata de buscar la sensación de que no estás tan lejos de casa.

— Ha trabajado con portugueses, rusos o peruanos. ¿El esfuerzo colectivo es necesario o es una opción?

— Es absolutamente necesario. Si todos navegáramos en cooperación, se evitarían duplicidades de trabajos que ya se han hecho en otros lugares y podríamos avanzar bastante más. Cada estado tiene sus políticas científicas y de ello dependen patentes o desarrollos industriales. O lucha contra enfermedades; el Covid, sin ir más lejos. Desde el punto de vista romántico de un científico es todo cooperación, pero hay otros factores que no están en nuestras manos. Pero sí, la cooperación internacional es básica para el avance de la ciencia.

— ¿En qué ha cambiado la pandemia a la ciencia?

— Hemos tenido que retrasar muchísimo nuestras actividades científicas porque no teníamos acceso a los laboratorios, no podíamos hacer expediciones ni salir al campo. Las relaciones con colegas de otros países las tenemos que hacer por teleconferencia y no es lo mismo. Va a ralentizar proyectos, pero esperemos que la cosa vaya mejorando en los próximos meses.

— ¿Le ayuda su experiencia en lugares de aislamiento a la hora de digerir un confinamiento?

— La verdad es que sí. No tuve ninguna sensación de agobio. Lo que pasa es que esto ya es demasiado largo y ninguno hemos vivido una pandemia de este tipo. Es verdad que haber vivido aislado en un barco durante meses ayuda a sobrellevarlo todo.

— ¿Habrá lecturas positivas de la pandemia?

— Que el ser humano se conciencie, que hay que respetar el medio ambiente y los espacios que la naturaleza tiene para sí misma. No invadirlos. Pero para mí gusto, no vamos a aprender ninguna lección. Ojalá sí y consigamos regular la actividad industrial, la contaminación o los espacios que el hombre ha ido invadiendo y cuya consecuencia puede haber sido la pandemia.

— Póngase a soñar en voz alta. ¿Es una locura imaginarse investigando en Marte?

— No es nada loco. Uno de mis directores de tesis, Jesús Martínez Frías, trabaja con lo más puntero como la Nasa o la Agencia Europea en investigación en Marte. Podría ser. A priori, no es mi objetivo inmediato; seguiré estudiando los recursos de los fondos marinos. Tenemos un proyecto europeo, Mind the Sea, que acaba en octubre; nuestro plan es continuar con esta línea de investigación, tanto dentro del Instituto Geológico y Minero de España como en otras cooperaciones internacionales. Con eso me conformo de momento. Tampoco hay que pedir demasiado. Ya se irá viendo.

— ¿Asumiría el coste personal de irse a otro planeta a investigar?

— La verdad es que la idea es increíble. Sí. Si mañana hay una expedición a Marte y te ofrecen ir aunque el viaje dure cuatro años. ¿Irías? Ahora mismo te diría que sí. No sé si luego me echaría para atrás, pero sería increíble.