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Hitchcock, inquietud y astucia.

Al joven Alfred Hitchcock le gusta subirse en el carruaje de su padre, con el que recorre Londres. Son los primeros años del siglo XX y además ya de chico queda atrapado por el teatro y por el dibujo. Su ciudad natal, Londres, está llena de vida. Con apenas diecinueve años ingresa en la compañía Famous Players Lasky para redactar los rótulos acompañados de pequeños dibujos que indican los diálogos y precisan la acción en las películas mudas.
Es en ese cine mudo en el que Hitch (como podemos llamarlo cariñosamente) parece dispuesto a trabajar en lo que sea, guionista, adaptador, rotulista, escenógrafo. Es el territorio de los cineastas pioneros. Conoce en un rodaje a Alma Reville, futura mujer y colaboradora. La hija de ambos, Patricia, destaca el papel de Alma: “Ella escribió “tratamientos” para él, los primeros pasos antes de la redacción de un guión. Y era capaz de decir a mi padre mientras leía un guión que tal detalle no estaba bien. Sin duda era la única que podía hacer eso”.

En su estudio sobre Hitchcock, Bruno Villien señala que “(…) en numerosos films la descripción que hace el cineasta de las relaciones entre hombres y mujeres -para referirnos sólo a ese tema- es a la vez variada, compleja y contradictoria, aunque puedan encontrarse ciertas constantes. A medida que se analizan sus películas más se confirma la justeza de su afirmación: “Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación”.

La película ha de ser preparada sobre el papel. Hitchcock la ve; está ahí. Y a partir de ahí el cineasta-dibujante busca colaboración con el director de fotografía o con el guionista. Se trata de llenar la pantalla en blanco como si se tratase de un cuadro.

Dibuja los planos. Ve la escena en imágenes gráficamente antes de filmarla. Si un arquitecto puede poner un edificio sobre el papel, no hay razón para que no podamos hacer lo mismo con una película. Encontramos un valor pictórico. Todo eso va a ser esencial en escenas como la de la ducha de “Psicosis” o la persecución de una avioneta a Cary Grant en “Con la muerte en los talones”. Esas escenas son cine en estado puro.

Bruno Villien: “(…) Lo que cuenta para Hitchcock es que el espectador tenga tanto miedo como el héroe o la heroína. El cineasta hace todo lo posible para que el proceso de identificación funcione eficazmente. El director se muestra supremamente diestro cuando en el transcurso de un mismo film conduce al espectador a identificarse sucesivamente con muchos personajes”.

¿Tiene espacio Hitch en mi “Cine del Clavo ardiendo”? Ya lo creo. Él es juguetón, quiere siempre colarse en la fiesta y le divierte ser reconocido por la calle. Te hace pasarlo bien y luego te espanta, te hace pensar, te inquieta.

¡Cómo no tener espacio en el Cine del Clavo? Aquí está. Por eso escribo sobre él. Me acompañó desde niño o adolescente con aquellos ciclos en Televisión Española. Hitchcock era una promesa de fascinación, viajar a un territorio sorprendente. Quiero que me siga acompañando. Hay que observar su cine, sus recovecos. Quizá no cuenta tanto analizar como dejarse llevar. Somos los mirones de su cine, como James Stewart en “La ventana indiscreta”. Tomamos un punto de vista, una mirada. Hitch nos acomoda y mientras devora, devora sin cesar. Y no sólo cine. Pierde peso para poder engordar después.  Aprovecha su situación privilegiada que le permite admirar a “sus” rubias o acudir a todos los grandes restaurantes. ¡No estaría mal escribir sobre cineastas orondos o enjutos!
Los villanos aguardan y también los objetos. El cuchillo de “Psicosis”. Las tijeras de “Crimen perfecto”. La taza de café en “Encadenados” o la corbata de “Frenesí”.
Hitch puede con todo. De él hay que esperarlo todo. El cine puede ser como un gran banquete. Son posibles todo tipo de sensaciones… y “al público siempre le gustó sentir miedo”.

la ventana indiscreta
La ventana indiscreta

Es un “Alfred Hitchcock presenta”. Sí, el publico de cine o de televisión le reconoce. Reconoce su figura inolvidable. Él se presenta a sí mismo creando una marca, en constantes cameos. ¡Hay que buscar a Hitchcock! Él está ahí porque él es cine dentro del cine. Amor al cine, absolutamente, sin cortapisas.
El cine puede ser entretenimiento y a la vez algo complejo, inquisitivo. Puede esquivar servidumbres con firmeza.
Es el juego dentro del juego, me escribe Rubén Sánchez, que elige “La soga”… …todo lo que hace lo hace en un espacio tan pequeño. Toda la película en un plano secuencia.
Miguel Vivas Plá aporta un pensamiento: “Si Don Alfred hubiera nacido en alguna generación posterior, como por ejemplo en los años sesenta.. ¿Cómo habrían sido sus indagaciones en la turbia mente humana?

Pero me desvío. Los cameos. No deja de reírse de este juego en el que estamos todos, en esta vida. En el cameo es fotógrafo, peatón, en una cabina telefónica o con un bebé en las rodillas. Está en el ascensor o es pasajero de un autobús que en otro momento pierde. Y sigue riendo y nos saluda desde otro mundo, desde el mundo de la fantasía. Nos saluda y sobre todo y fundamentalmente nos ve. Para él el espectador es esencial. Piensa continuamente en él y quiere que el espectador sea un ser pensante, no un simple consumidor de imágenes. Es posible compatibilizar el entretenimiento con la reflexión.
Pero no nos confiemos ni quedemos detenidos en su humor, en los enamoramientos, en la aventura, porque Hitchcock se sitúa en una especie de ajedrez. Él juega con las piezas blancas y nos incita al pensamiento. Eso es lo que yo creo que le convierte en un gran cineasta, uno de los mejores.

André Bazin: “En materia de plumas, la cámara de Hitchcock era una Parker fuera de serie. Podía escribirlo todo debajo del agua, con los pies en la pared, con las manos detras de la espalda… la imagen se deslizaba sobre la película sin los mil pequeños choques desusados de la máquina de escribir del montaje”.
Hay que creer en Hitchcock, nos dice Bazin.

Antes hablaba de aquellos ciclos de Televisión Española. Aquello ya no existe, hay que inventar otras maneras de ver a Hitch. Pero es posible conseguirlo, encontrar aquel libro que Truffaut le dedicó y con el que estudió al cineasta inglés.

Realmente yo conozco poco a Hitchcock. La filmografía es amplia y ahí está especialmente la etapa inglesa, en el lado oscuro de la luna. No la vemos. Pero espera ser rescatada.
Su cine me interesa. No quiero dejarlo atrás. Siempre despierta mi curiosidad, reunirme con él para esa partida de ajedrez de la que hablaba. Al mismo tiempo aparece el olvido. Sus películas van quedando arrinconadas pero todavía no desaparecen tantos años después del fallecimiento del cineasta.

Alguna de ellas se hace fuerte, muy fuerte, como sucede con “La ventana indiscreta”. Todo encaja. Hitch y su sabiduría, la historia, los diálogos, el reparto. Se produce una verdadera alineación de planetas hitchcockiana. Es eso lo que Hitchcock ha buscado en todas sus películas, en las más siniestras y en las más lúdicas y desenfadadas.

Me detengo entonces, por un momento, en aquello que estoy escribiendo. Me he puesto a pensar en la primera película que ví de nuestro cineasta. Me cuesta saberlo. Quizá fuera “Con la muerte en los talones”, ese puro disfrute con un Cary Grant mejor que nunca. También es posible que la primera película que vi fuera “El hombre que sabía demasiado”, la versión en color. O puede que fuera “Los pájaros”, la que más me gusta y más me inquieta, con un final inolvidable.

Pero no es esto a lo que iba. Iba, como siempre, a mi viejo cine. Quizá debía ir con mi bicicleta, y tenía tiempo de sobra para llegar al cine con varias horas de antelación, poder charlar con los compañeros, un rato de risas y buen humor y ver una película antes de que arrancara mi jornada de trabajo. El cinéfilo que trabaja en un cine busca sus oportunidades cuando el horario se lo permite, para poder ver cine.
Y ahí cerca de las salas, de las pantallas, había una pequeña librería que había instalado el gerente para intercambio de libros, eso que se llamó o se llama “bookcrossing”. Y allí donde hay librerías hay que detenerse.
Dejé mi bicicleta aparcada en el cuarto de las luces y quiso la casualidad que antes de dirigirme a la sala donde se proyectaba la película que yo quería ver me asomé a la librería pequeña y humilde.
Había un ejemplar usado de un libro titulado “Alfred Hitchcock”, cuyo autor era José María Carreño. Lo hojeé y lo guardé rápidamente y pocas horas después me detuve en su presentación: “Este libro es un intento de introducción a la personalidad cinematográfica de Alfred Hitchcock. Su maestría técnica y popularidad como “Mago del suspense” no deben ocultar la extraordinaria complejidad de su estilo y de su visión de la condición humana. Sin embargo, como reacción contra ello, una consideración de su obra que prescinda de su irrenunciable carácter lúdico puede resultar igualmente desvirtuadora”.
Carreño busca hacer justicia a la visión de la condición humana y al carácter lúdico, entretener.

Atrapa a un ladrón
Atrapa a un ladrón

Carreño insiste en su pequeño y magnífico libro, muy personal, en que no nos quedemos sólo en “el mago del suspense”: “Afirmar que Hitchcock es algo más que el mago del suspense no significa despreciar ese aspecto ni prescindir de él, pues su lucidez no es ajena a su trabajo de mago. No pensemos en sus películas como desarrollo de dos líneas paralelas que nunca se tocan (una, la intriga y el suspense; otra, la profundidad), sino como una sola línea en forma espiral: el primer círculo (la intriga) nos conduce a otro situado a mayor profundidad, y éste, a su vez, a un tercero, y así sucesivamente. Podemos imaginar incluso el espiral inabarcable, deslizándonos por él hacia un abismo sin fondo, porque el contenido de su cine no es una meta sino un trayecto, no consiste en “decir” un mensaje sino en abrir las puertas a un mundo de intuiciones y sugerencias que va integrado a (y se desprende de) todo el proceso narrativo (…)”.
Es curioso lo de mi hallazgo del libro de Carreño, un libro tan humilde que desarma. Lo prefiero al famoso libro de Truffaut. Me siento cercano a Carreño, a nuestros críticos y nuestros cineastas, al punto de vista que tienen, cerca de nosotros.
Estoy por lo tanto en Historias de Cines, de viejos cines, como el mío, el del Clavo Ardiendo. Ya he escrito que pienso que Hitchcock va muy bien para proyectarlo en esa sala imaginaria. Lo tiene todo. Y en esas Historias están los libros que me he ido encontrando. A veces esos libros sobre cineastas son tan interesantes como las propias películas. ¿Perseguía yo esos libros o guiones? ¿O simplemente se me aparecían por arte de magia? Quizá es la misma pregunta, quizá esa estantería librería tan pequeña era la de mi imaginación.

“¿Para qué hacía cine Hitchcock?”, se pregunta Carreño. Y mientras leo sus acertadas reflexiones, me lo pregunto yo. Y pienso que hace cine porque es su oficio, en primer lugar, y en segundo lugar para intentar averiguar quiénes somos. Es una meta ambiciosa para el cineasta inglés, que nos invita a entrar en el misterio, en la búsqueda de la mujer desaparecida en “Alarma en el expreso” o en los ataques de cientos de aves en “Los pájaros”, también en Grace Kelly volviendo loco al pobre Cary Grant en “Atrapa un ladrón”.
Dice Carreño: “Y es en la ficción donde crea una realidad hecha de meras apariencias en la que se abre paso todo un submundo insólito. Lo cotidiano posee sus propios fantasmas”.
Desaparece la anciana de “Alarma en el expreso”. ¿Desaparece? Hay incluso quien dice que nunca ha existido. Pero sabemos que la película es de Hitchcock, que hay una promesa de algo inaudito o “malvado”.
No hay una “maldad” del cineasta. Quizá astucia. Hitchcock se limita a mostrar hechos. “Existen”, nos dice. Pero para nosotros es fácil situar a Hitchcock en el papel del villano, cuando no hay tal. ¡Es qué las cosas son así!, nos dice. Apechuga, espectador. Hitchcock reclama tu atención, reclama al mirón.

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