El Monasterio jerónimo de El Parral. / ROCÍO PARDOS
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Se une el Papa a través de una carta a la celebración de los 1.600 años de la muerte de San Jerónimo, que tuvo lugar un 30 de septiembre, no se termina de saber muy bien si fue del 419 o del 420 d.C. Lo hace a través de una misiva al Delegado de la Santa Sede para la Orden, un reverendo agustino. Es de entender que acuda a un agustino, aunque las relaciones en el pasado tuvieron momentos de tirantez: las dos órdenes siguen la regla de San Agustín, por otro lado la más antigua de Occidente (siglos IV y V). Además, solo cinco frailes profesan hoy en el mundo la contemplación bajo la Orden jerónima. Y los cinco viven en el Monasterio de Santa María de El Parral, a orillas del Eresma, en el valle en donde recalaron la mayoría de las órdenes monásticas en Segovia.

La carta del Papa Francisco tiene su historia. Hace un siglo, en 1920, la Orden pasaba por motivos críticos. Herida de muerte por la Desamortización de Mendizábal (1834-1836), en 1935 se cumplían los cien años para su prescripción canónica por falta de actividad cenobítica y de fieles seguidores. El 15 de septiembre de 1920 Benedicto XV expone su octava Encíclica: Spiritus Paraclitus, escrita con ocasión de XV centenario de San Jerónimo. El Papa loa al santo que escribió la Vulgata, al que denomina ‘maestro de católicos’, ‘modelo de virtudes y maestro del mundo entero’, y convoca al respeto a la ‘Escritura divina, unida a su piadosa lectura y meditación asidua’.

La encíclica anima a un bancario dedicado al apostolado seglar, Manuel Sanz Domínguez, a restaurar la rama masculina de la Orden de los Monjes Jerónimos. Cuenta con el aliento de las religiosas de la Concepción Jerónima de Madrid. Viaja a Roma donde convence al Papa XI de su proyecto. En 1925 se hace viable la restauración de la Orden en el Monasterio de Santa María de El Parral de Segovia, acompañado de un pequeño grupo de frailes. Se instalan estos seis monjes en un monasterio que presenta un estado semiruinoso, por ser generoso en los adjetivos. En su profesión de votos simples en julio de 1927, Manuel Sanz adopta el nombre de Fray Manuel de la Sagrada Familia. Fray Manuel de la Sagrada Familia es apresado en Madrid en el otoño de 1936, y fusilado en la noche del 7 al 8 de noviembre de ese mismo año. Su delito: ser fraile. El 13 de octubre del 2013, el Papa Francisco lo beatifica.

A él y a su martirio dedica Francisco unas palabras en la carta mencionada al principio como “modelo de vida que nos anima a (…) estar dispuesto a derramar nuestra sangre, a fin de que Cristo sea conocido y amado”. A pesar de estos párrafos que inciden en el sacrificio como vía de santidad, toda ella es un canto al “rigor intelectual” y “ascético” de la profesión eclesiástica hoy día, insistiendo en que hay que huir de la hagiografía a la hora de hablar de San Jerónimo y atender a la importancia que tienen los estudios bíblicos en la formación de los clérigos. “Es importante recordar que ´Vulgata´, el nombre que tradicionalmente recibe su traducción de la Sagrada Escritura, quiere decir para el vulgo, para el pueblo llano; para los cristianos y no cristianos”. El historiador canadiense Andrew C. Gow atribuye esta posición católica actual a la Reforma protestante, a partir de la cual se permitió leer la Biblia en lengua vernácula, siguiendo el intento inicial que San Jerónimo hizo con la Vulgata cuando la tradujo al latín del griego y del hebreo.

Fundación

La Orden Jerónima se funda en la hoy España en la segunda mitad del siglo XIV. Fueron unos ermitaños de buena posición, familia y rango quienes acordaron reunirse en comunidad. En 1373, el Papa Gregorio XI, y por medio de una bula, les concede la observancia de la regla de San Agustín. En pocos años, la Orden tiene un gran arraigo en Castilla. Aunque fijan su sede en el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara) pronto la protección de los Trastámara de Castilla y Aragón (Juan II y Enrique IV, y Juan II y Fernando I, respectivamente) hace que proliferen por todo el territorio peninsular. El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, en Cáceres, el Real Monasterio de Santa María de Fresdeval, en Burgos, el Monasterio de San Jerónimo el Real, en Madrid, o el de Santa Engracia, en Zaragoza, constituyen un hito entre los siglos XV y XVI. La segoviana Abadía Santa María Real de Párraces fue uno de los señoríos de Abadengo más importantes de Castilla, aunque en tiempo de Felipe II perdiera su primacía intelectual y económica frente al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. También adquirió gran importancia, y la sigue teniendo como salvaguarda de la comunidad en el mundo, Santa María de El Parral, fundada al alimón entre el entonces príncipe de Asturias, Enrique IV, y el Marqués de Villena. La Orden también penetra en Portugal, en donde fundan el Monasterio de Santa María de Belem, una joya del estilo manuelino con uno de los claustros más bonitos que pueda hallarse en Europa.

En el 2019, los jerónimos de El Parral escribieron al Papa recordando que su predecesor Benedicto XVI había dictado una encíclica. El 30 de septiembre, festividad de San Jerónimo, Francisco remitió una carta titulada Aperui Illi —’Les abrió el entendimiento’—, alentando la vida contemplativa jerónima en estos momentos de decaimiento en que se encuentra. Esta nueva carta del 2020 incide, en fin, en la consigna de la orden en los tiempos actuales. “San Jerónimo dormía y había que despertarlo”, y anima a ”una formación rigurosa en todas las etapas de la vida religiosa” y al “testimonio silencioso de una vida austera y entregada al trabajo y a la oración”.