María Ángeles Jové Pons.
María Ángeles Jové Pons.

Mª Ángeles Jové y Andrea Zambrano son fundadoras de ‘Educar es emocionar’, una institución de coaching que acompaña a los padres en el complejo proceso de educación de los hijos. Escribieron juntas en 2018 el libro ‘Educar es emocionar: descubre el método AEIOU para construir una buena relación con tus hijos‘, editado por Paidós, y ahora acaban de publicar, también con Paidós, ‘El valor de cuidar. Desterrar las violencias invisibles en la infancia’.

— Mª Ángeles, en vuestro libro habláis de ‘violencias invisibles’, ¿qué queréis decir exactamente?

— Somos muy conscientes de que hablar de violencia es muy duro. Por eso es importante discernir lo que entendemos por violencia invisible. Todos sabemos ver violencias expresas, manifiestas, sobretodo físicas… lo que pasa es que nos es más difícil darnos cuenta de que podemos ser violentos también de una manera sutil, normalizada. Está ahí, pero tan integrada en nuestro comportamiento, que la hemos naturalizado y no la cuestionamos. Me refiero, por ejemplo, a comportamientos tales como ridiculizar a un niño, corregirle en público, menospreciarle, humillarle, avergonzarle, culpabilizarle, manipularle, juzgarle, invisibilizarle, ignorarle, no escucharle… porque es muy fácil herir a la infancia.

—¿Pero cuándo herimos a la infancia?

—Herimos a la infancia cuando no respetamos su naturaleza, un niño es valioso, vulnerable, dependiente, imperfecto e inmaduro y a veces lo olvidamos; y no cubrimos sus necesidades y acompañamos sus emociones. El niño viene a recibir. Nosotros somos los adultos y nos corresponde dar. Lo que pasa es que la crianza de nuestros hijos nos enfronta a muchos conflictos no resueltos de nuestra propia infancia y en esos momentos es difícil dar ¡Y los niños son muy demandantes!

—¿Entonces?

— Entonces mucha compasión, no queremos ser violentos con nosotros mismos. Tampoco queremos traer culpa. La culpa nos victimiza. Queremos poner consciencia y responsabilizarles, saber que podemos elegir. Saber que podemos agradecer a nuestros padres todo lo que hicieron y no hicieron por nosotros, que podemos perdonarles, y que podemos ser unos padres imperfectos y ‘suficientemente’ buenos, es decir, que podemos cubrir las más de las veces las necesidades de nuestros hijos (es imposible aspirar a la perfección), que estamos presentes acompañando sus emociones. Además, nuestros hijos necesitan unos padres imperfectos para aprender.

¿Sabes una cosa? Lo que más hiere a un niño es la soledad con la que vive un hecho que le daña. Lo importante es tener un adulto presente y empático a su lado que le acompañe en su emoción y ponga palabras (según la edad) a lo ocurrido.

Además, si metemos la pata, que la metemos seguro ¡Yo la primera! Tenemos una ocasión de oro para reparar y enseñar a nuestros hijos a perdonar y a pedir perdón… y esto es algo maravilloso que necesitamos aprender ¡y mucho! Porque somos imperfectos y nos equivocamos.

— En el libro apuntáis que es importantísimo validar las emociones de los más pequeños. ¿Qué significa esto?

—Es que una forma de violencia es no legitimar o validar sus emociones, como decirle a un niño que no puede sentir lo que está sintiendo. Esto es confundirle, decirle que su realidad interior no es la que es. Lo que se consigue es que el pequeño deje de confiar en sí mismo (autoconfianza) que es lo más preciado que tenemos.

— Decís también que en la educación los padres han de ser jardineros y no escultores….

—Sí, no se trata de ser escultor y esculpirles como yo quiero que sean, sino de saber qué semilla te ha tocado, y aceptarla para luego amarla, darle la contención, los cuidados que necesita para crecer, cuidar la relación para influir en la semilla, hacerla sentir bien y así extraer todo su potencial.

Es cierto que con la labor de jardinero igual no recoges los frutos que quieres sino los frutos que tu hijo ha venido a dar, pero evitarás la violencia del esculpido y sentarás una base emocional fuerte.

— En el libro también habláis de que la relación entre padres e hijos es jerárquica y horizontal al mismo tiempo. ¿Puedes explicarlo?

—Es jerárquica en el sentido que el adulto tiene más camino y experiencia recorridos y eso hace que, sobretodo, con los más pequeños, decide por los dos. Sin embargo, en cuanto a lo demás, la relación es horizontal, las necesidades y emociones de tus hijos no son más pequeñas que las tuyas y merecen el mismo respeto.

Esto nos lleva a un paradigma más empático. Pasamos del paradigma ‘ganar-perder’ al ‘ganamos todos’.

—¿Qué mensajes destacarías del libro?

—Que la base de una vida plena y satisfactoria son las relaciones humanas de confianza y eso se aprende en la familia, que es la escuela de las emociones (para bien o para mal). La familia es el Kilómetro cero, es el cielo o es el infierno, porque los niños aprender a interpretar el mundo a través de la mirada de sus padres, en casa se aprenden los modelos relacionales que luego se ponen en práctica, y en casa también tenemos naturalizadas las violencias sutiles que nos pasan desapercibidas porque las hemos sufrido y las hemos infligido también.

Y que el antídoto para la violencia es el cuidado. Hay que devolverle su lugar. El cuidado es transformador, es revolucionario porque vivimos en una sociedad que está de espaldas a los cuidados. Es como si nos hubiéramos olvidado que somos seres vulnerables y necesitantes. Y la pandemia nos lo ha recordado.

—¿Qué quieres decir para terminar?

—No es tanto el ‘qué’ (recoger los juguetes, hacer los deberes, recoger la habitación…) sino el ‘cómo’ lo hago… podemos pedirlo a gritos, hacer chantaje, o podemos empatizar jugando, acompañando, o utilizar el humor, la creatividad… en uno u otro caso nos podemos cargar o no la relación con nuestro hijo, con independencia de que hayamos obtenido nuestro propósito… Podemos elegir hacerlo de muchas maneras y es bueno tomar consciencia para intentar, al menos, cambiar de perspectiva.

Las familias pueden gritar, chantajear, exigir obediencia… o intentar educar con presencia, tranquilidad y empatía.

—¿Por dónde empezar?

—Por no subestimar los pequeños detalles. Cambiar un paradigma integrado es un proceso largo. Es un camino que hay que recorrer con tranquilidad y mucha calma (compasión y empatía). Hay que aprenden a escuchar las necesidades (y emociones) que tenemos como padres y reconocer las de nuestros hijos. ¡Ánimo! Que siempre vale la pena.