emiliano barral

Me parece una de las más hermosas composiciones que hoy adorna cualesquiera calle o plaza de cualquier población española. No es un monumento conmemorativo más. No guarda la simetría de este tipo obras que tanto proliferaron en la estatuaria de finales del XIX y principios del XX. La cabeza del homenajeado parece salir del bloque de granito rojo de Ávila como la lava de un volcán que emergiera de las profundidades marinas. El escultor que bebía de las aguas del clasicismo aquí aboceta la talla, la llena de filigranas, de sinuosas líneas -tan segovianas-, en el pedestal que ensalza las barbas y los ojos del prócer retratado. Ignacio Carral, su amigo, quien le dedicó un bonito homenaje en modo de relato en ocasiones biográfico en Las memorias de Pedro Herráez, creo que no comprendió el significado último de la composición. “Sube desigual, romas las aristas y llenos de dibujos caprichosos sin ninguna simetría”. He ahí su encanto. El intento de que luzca etérea y hasta difuminada la figura imponente, rotunda, potente, de Daniel Zuloaga, el ilustre pintor y ceramista. ¿Abocetado? Claro. Como una obra de Tiziano o de Velázquez. “Está bien, está bien, pero qué lástima que no haya tenido tiempo de terminarle”. Así, con un leísmo, concluía Carral el artículo citado párrafos arriba (La Libertad, 24 de diciembre de 1924).

Es la modernidad de Emiliano Barral (1896-1936) plasmada en esta obra inmensa si se tuviera la ocasión, y por lo tanto el placer, de ser contemplada en toda su amplitud. Que hoy no se puede, agazapada, escondida, casi avergonzada, como está entre el follaje, orilla la cabecera de san Juan de los Caballeros. Tampoco se pudo en su día, domingo 26 de octubre de 1924, cuando se inauguró en la Plaza de la Merced. Ocupaba entonces un “rinconcito de la plazuela, ante un grupo de arbolillos de troncos tortuosos”. No el centro de la plazuela –hace bien Carral en matizar: en Segovia solo ha existido una plaza por excelencia, la Mayor-, sino un rinconcito. Había sido sufragada por aportación popular, de la que destacó la generosa contribución de su sobrino Ignacio: 2.000 pesetas. Ya recogimos su inauguración en el capítulo en que hablamos de Daniel Zuloaga, por lo que no insistimos en los fastos.

El busto de Daniel Zuloaga es el primero que hace Emiliano Barral de una serie de monumentos, que en Segovia culminan con el que levanta al doctor Tapia (1935) en Riaza

El busto de Daniel Zuloaga es el primero que hace Emiliano Barral de una serie de monumentos, que en Segovia culminan con el que levanta al doctor Tapia (1935) en Riaza, un año antes de la trágica muerte del escultor en la defensa de Madrid en la Guerra Civil. ¿Por qué me detengo en él? Creo que la explicación va contenida en el texto, y ahora incido en ella: es una obra en la que sorprende su modernidad en un autor hasta entonces de un eclecticismo clásico evidente. Susana Vilches y Santiago Martínez, en el catálogo de la exposición que tuvo lugar en el Museo de Segovia en el 2017 –completísima la bibliografía-, relatan, sin embargo, las dudas que tuvo el autor en el modelado inicial de la obra. Pareciera esta su consagración en Segovia y ante ilustres invitados: Manuel Pagola, Gregorio Marañón, Margarita Nelken, Ignacio Zuloaga. Y en cierta manera lo fue. Ese mismo año es el año en que, por fin, obtendrá el pensionado en Italia. También esa temporada había presentado a la Exposición de Bellas Artes de Madrid (El Adelantado, 31 de mayo de 1924) El arquitecto del Acueducto, este sí de clara influencia italiana: romana en este caso -aunque fechado el año anterior: 1923-, de ahí quizá el título. Se trataba de un retrato en granito patinado de Blas Zambrano (hoy propiedad de la Diputación Provincial de Segovia) que el crítico de El Sol, Francisco Alcántara, dijo que se “revelaba tan dominador de la forma como comunicativo de la poderosa espiritualidad del alma”. “Algunos pensábamos, al verle, en el Nicolo Uzzano de Donatello”, añadió por su parte Antonio Machado para completar la referencia. No tuvo éxito en el jurado, como tampoco lo había tenido el busto del propio Antonio Machado también presentado en una edición anterior (la de 1922). Ese año de 1924 había llevado a la Exposición, junto con El arquitecto del Acueducto, la cabeza de Pablo Iglesias, una obra en mármol que después regaló a la Casa del Pueblo de Madrid (El Adelantado, 3 de febrero de 1925).

Aunque hemos visto el comentario de Alcántara, que no era poca cosa, el busto para el monumento conmemorativo de Daniel Zuloaga gozó de mayor repercusión en los mentideros madrileños: ‘Un gran escultor‘, titula a propósito La Libertad el 29 de octubre de 1924. El prestigioso crítico Juan de la Enzina –seudónimo de Ricardo Gutiérrez Abascal: quizá junto a José Francés el más influyente de la época- hablaba sobre Emiliano Barral en La Voz con este propósito. “No se trata de ninguno de esos nombres pomposos, cuyo arte no deja de tener alguna afinidad con el que cultivan las sociedades de pompas fúnebres, sino de un nombre modesto y casi totalmente desconocido (…) que, o mucho nos equivocamos, o ha de ser, con el tiempo, uno de los escultores excelentes de España”. Me quedo con la definición que de la Enzina realiza de su estilo, que encuentro muy ajustada: ”siente la escultura con la solidez de un romántico y la fineza de un moderno”. Enzina ya había depositado su mirada en Barral cuando este presentó el busto de Antonio Machado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1922, que como se ha dicho pasó sin pena ni gloria para el jurado. “Escultor de raza”, lo había denominado entonces (el original en piedra es propiedad de la Institución Fernán González de Burgos, y lo reproducimos como ilustración en estas páginas gracias a la gentileza de sus miembros. El Museo de Segovia posee la escayola utilizada para la saca de puntos y destinada al cincelado).
También La Época hablaba del busto del ilustre ceramista realizado por Barral, al que calificaba de “obra de arte excelente”.En él aparece el maestro Zuloaga lleno de vida, con su rica expresión, sus ojos vivos y penetrantes, sus barbas bíblicas. Dijérase al verlo que de nuevo vamos a oírle hablar con su charla pintoresca, rápida, fogosa y un tanto destemplada, llena siempre de entusiasmo para Segovia y para el arte”. Es llamativa esta crítica porque se produce cinco meses antes de que tuviera lugar la inauguración oficial del monumento.

CRÓNICAS DEL 120 ANIVERSARIO | Fulgor y muerte: Emiliano Barral (descarga el suplemento)

1923 y 1924

Somos conscientes de que suponen 1924 y la obra sobre Daniel Zuloaga sendos hitos en la carrera de este escultor, que después analizaremos con más tino. Pero había sido en 1923 cuando consiguió poner una pica en Flandes a escala nacional con el encargo del monumento a Rubén Darío destinado al Retiro madrileño. Antonio Machado formaba parte de la comisión. La paradoja del encargo a un escultor “ignorado” fue resaltada por Gonzalo España en las páginas de El Adelantado de Segovia (13 de julio de 1923). Susana Vilches ha demostrado que Antonio Machado ya conocía, en la temprana fecha de mayo de 1921, el trabajo de Barral sobre Darío, y que tutelaba la presentación del escultor en los círculos intelectuales madrileños. Desgraciadamente, la falta de fondos impidió a la postre la realización del proyecto, pero refleja la impronta temprana del sepulvedano en su dedicación a las obras monumentales, como también lo haría a las funerarias.

Una rápida carrera

El camino no había sido muy largo. Digamos que en menos de seis años consigue el escultor su consagración. De 1918 procedían sus primeras obras: el Museo de Segovia guarda un yeso patinado de esa época inicial. Sin embargo, su puesta de largo en la crítica se produce en El Adelantado de Segovia, el 28 de julio de 1919. Escribe la crónica Rosendo Ruiz y Bizaga. “En un rostro bien relleno, quizá un tanto redondeado por obra y gracia del realismo que palpita en la totalidad de la figura, se enmarcan un mentón señaladamente ahogado en el vértice; una boca plegada, de blandas comisuras y labios carnosos y carnales, unos pómulos de adivinaciones óseas (…) una frente espaciosa y expresiva (quizá el mejor acierto) y unas patillas en forma de trapecio que bajan hasta la parte inferior del pabellón auricular”. La cabeza, aun notándose los tanteos iniciales de un escultor que guarda la técnica de la cantería y quiere exhibirla, denota ya algunas de las características que no le abandonarán a lo largo de su trayectoria, por ejemplo la difícil separación entre geología y arte, entre medio natural y fisonomía humana. La talla a la que nos referimos, realizada en caliza, la tituló Inquietud, pero después se le adicionó el nombre de quien se suponía retratado: Rosendo Ruiz y Bazaga, autor de la crónica que hemos leído.

Aspiraba Barral a una beca para ampliación de estudios en París, siguiendo la tradición que tenía la institución provincial. No lo consiguió

Es verdaderamente esta obra su tarjeta de presentación en Segovia. Antes que la del busto de Daniel Zuloaga, que supone su consagración, que dijimos. Estuvo expuesta junto con el busto de Ignacio Carral en las dependencias de la Diputación Provincial de Segovia. Aspiraba Barral a una beca para ampliación de estudios en París, siguiendo la tradición que tenía la institución provincial. No lo consiguió. La obtendría, ya lo hemos visto, en 1924. Estaría seis meses por Italia. En 1921 formaron parte estas obras, junto con otras, de la exposición que los artistas segovianos realizaron en la Casa de los Picos, la más importante desde 1901.

Un año antes, el 4 de enero de 1920 –en lo que es la segunda referencia importante que recibe Barral en esos primeros años, después de la de Ruiz y Bizaga-, otro joven, Juan Francisco de Cáceres, Juanito Cáceres, le escribe una hermosa crónica en las páginas de La Tierra de Segovia.

Sin duda alguna, Emiliano Barral entra por derecho propio dentro del grupo de la Generación de 1920. El sepulvedano se codearía a partir de entonces con jóvenes e inquietos intelectuales como Mariano Quintanilla, Ignacio Carral, Julián M. Otero, Mariano Grau o Eugenio de la Torre. A la mayoría le hará retratos. Frecuentará tertulias, primero en el café de la Unión y después en el taller que Fernando Arranz abrirá una vez que Cristóbal Ruiz le remodele la antigua Capilla de San Gregorio. “Este es un taller del Renacimiento”, exclamaba con alegría Barral cuando la conversación se animaba. Lo cuenta Antonio Linage Conde, autor del libro definitivo sobre Los Barral: Emiliano Barral y sus hermanos (Veoveo Ediciones, 2019), e hijo de quien fue con el mismo nombre y primer apellido entrevistador y numerosos escritos dejó sobre Emiliano, por ejemplo en El Adelantado. Con la hermana de Fernando Arranz, Elvira, se casará. A ella le dedicó un precioso alabastro, hoy en el Centro de Arte Reina Sofía. Lo esculpió en 1928, un año después de su matrimonio; el mismo en que nació su hijo, Fernando Miguel, Corroco. Destaca el cincelado de la boca, que da a la expresión un gesto muy particular que aúna la expresividad con la contención y la mesura. Capta la enorme belleza de la mujer y entronca a través del cabello con la piedra y con el cuerpo, con ese juego que veíamos en su obra Inquietud. No se adivinaba entonces la tragedia que después acaecerá sobre toda la familia Barral-Arranz, como si el destino, proceloso, no terminara nunca su labor hasta golpear con rabia en ambos.

A Fernando Arranz también lo retrató en yeso pintado (1920). El barrero del taller de Arranz le inspiró El filósofo cañí (1921), también de yeso pintado y hoy propiedad de la Diputación de Segovia. Repetía materiales en aquellos primeros años de vida profesional (caliza, yeso). Una excepción fue el busto de Torreagero, una de sus escasas incursiones en el bronce, que viajó a la Exposición de Venecia de 1924, aunque antes pasara por Segovia (1921) y Madrid (1922).

La escultura en España

La escultura en España recibía nuevos bríos en aquellos años 20. Sexagenarios ya nombres como Mariano Benlliure, Agustín Querol o Aniceto Marinas –su obra Hermanitos de leche, 1926, que ganó la medalla de honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año, fue tildada de “naturalismo anecdótico y sentimental de treinta años antes”– eran precisamente los treintañeros quienes copaban el escalafón. Josep Clará quedaba en medio. De todos ellos, Emiliano Barral, autodidacta, aprendiz de cantero en su niñez, absorbía influencias. El escultor, dotado de una inteligencia natural extraordinaria, era una esponja que procesaba todo lo que consideraba interesante para su producción. Los ojos del Marinero vasco (1916), de Victorio Macho, los encuentro en los de Julián María Otero (1919). La serie de bustos de la raza, de Julio Antonio, está muy presente en los retratos que realiza en su primera época el escultor sepulvedano (Julio Antonio murió el mismo año, 1919, en el que Barral empieza a moverse por los ambientes segovianos y madrileños). De Victorio Macho, y en concreto de su Monumento a Galdós (1918), ve Valeriano Bozal influencia en el trazo de la maqueta realizada por Barral para el monumento a Rubén Darío (Pintura y escultura españolas del siglo XX, 1900-1939. Madrid, 1993). Juan Manuel Santamaría también observa la influencia de Mateo Inurria en algunos de los torsos modelados por el escultor.

Y, sin embargo, tras su exposición individual en Madrid, en donde llevó diez años de obra -1919-1920- pocos críticos dejaron de emparentarlo con la obra del croata Ivan Mestrovic: “los bloques atormentados y patéticos”, decía Gil Fillol (La Estampa, 19 de febrero de 1929), quizá por el impacto que en esa exposición tuvo la obra La maternidad (1928), destinada a formar parte del mausoleo de Pablo Iglesias. “En el caso de Barral, el arte de Mestrovic fue una luz que iluminó su camino” remachaba por el mismo camino Antonio Méndez Casal, en Blanco y Negro el 26 de mayo de 1929. El propio Linage Conde delimita esa influencia: “Hay que recordar su planismo, sus cortes acusados, que le emparentan con el croata Mestrovic” (El Adelantado de Segovia, 4 de octubre del 2020).

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Entiendo estas referencias por la especial predilección de nuestro escultor por la talla directa, por enfrentarse al bloque de piedra con el mazo y el cincel, como lo recordaba Ignacio Carral en el artículo de La Libertad con el que principiaba esta crónica. Me gusta cómo define el trabajo de Barral Luis Gil Fillol –también colaborador habitual de El Adelantado- en el suelto citado. “Semejante casta de escultores toma la piedra, no como caprichosa materia definitiva, sino como vehículo adecuado de expresión artística. En los otros, cabe el capricho; una estatua concebida en barro se convierte indistintamente en mármol o en bronce. Una estatua ‘sentida’ en piedra es piedra desde su nacimiento. Rodin se mostraba orgulloso de llamarse `picapedrero´. Y Barral se enorgullece de haber domado bloques de pórfido que se resistían a los más expertos y corajudos desbastadores”. No se sentía a gusto el escultor, en cambio, en los modelados en barro de sus obras. Se conocen, eso sí, algunos de los yesos con marcas para sacar puntos que servían de pauta para la posterior escultura (Fernando Barral, ca 1930). “Yo persigo la línea, siento la forma, busco la carne… Camelos, ¿no? Mis esculturas, mis hijas entrañables, salen a su padre, son tan francas como yo…”. Así le contestó a Ruiz y Bizaga el 28 de julio de 1919, casi en los comienzos. Quedaba clara la cuestión.

Gloria y tragedia

Habrían de pasar diez años hasta la exposición individual de Barral en Madrid. Quizá su momento de mayor gloria artística. De seguro su momento de mayor tragedia personal. Vamos a lo primero para desembocar en lo segundo.

Expone Emiliano Barral en el Salón de Amigos del Arte. Mayo de 1929. Palacio de Bibliotecas y Museo. Madrid. En una conocida foto, aparece rodeado de un buen número de visitantes, contemplado su obra Maternidad. Parece orgulloso Barral. Junto a ella otras obras: Mi madre, El arquitecto del Acueducto, Pablo Iglesias (busto), Javier de Winthuysen, Mujer de tierras de Segovia, Zoe –que terminaría comprando el Duque de Alba-, Eugenio de la Torre, Julián María Otero, Mi mujer (Elvira Arranz) y así hasta veintiséis obras. Suponen un recorrido por la mayor parte de su carrera. Prácticamente por toda su obra. En diversos foros el escultor había reconocido que hasta que prestó el servicio militar, allá por 1917, no había emprendido la profesión en serio. Alguna revista habla por ello de “falta de unidad de esta exposición, en la que podrían reunirse las obras en tres o cuatro grupos, cual si fuesen labor de varios artistas” (Blanco y negro, 26 de mayo de 1929). Pero fue un éxito la muestra. En todo caso, no era tan desconocido el escultor en los ambientes madrileños. La revista Estampa le había dedicado un amplio reportaje el 19 de febrero de 1929, que ya hemos citado.

Jano y Medea

Cosas de la vida, capaz de ofrecerte dos caras en un instante. El dios bifronte, Jano, se alía en este caso con el mito de Medea, la vengadora de su esposo Jasón. Al día siguiente, el 20 de febrero de 1929, vuelve a salir en un medio de comunicación su nombre. Pero en esta ocasión con tintes trágicos. Mundo Gráfico publica una fotonoticia estremecedora. Aparece Elvira, su mujer, tendida y con la cara ensangrentada; al lado, su hijo, lloroso, de corta edad (unos seis meses). El pie de foto lo decía todo sin pretender decir nada: “La esposa del escultor Emiliano Barral, que en unión de un hijo de corta edad, se tiró al Metro en Madrid. La mujer resultó con heridas gravísimas, y al niño apenas le ocurrió nada. En contra de la primera versión, parece ser que ella no se tiró al paso de los coches, sino que se cayó a la vía”. Despropósito de información. Era la noche del 15 de febrero de 1929. Antonio Linage Conde explica la situación en las palabras de Fortunata Prieto Barral: “Elvira padecía obsesión suicida y, con motivos fundados o sin ellos, sus celos eran irreprimibles y violentos”. El propio Linage, en comunicación personal con el autor de esta crónica, remarcaba esta situación con su propio testimonio personal: “Mi madre se acordaba de las palabras que varias veces oyó a Barral después de aquello: `mi vida está destrozada. El hogar, deshecho´. Yo he visto una nota a lápiz suya en un calendario que decía: el día más triste de mi vida”.

Dos meses después, en el banquete que se le ofreció con motivo de la exposición en el Hotel Gran Vía, y que organizó Manuel Chaves Nogales –colaborador del diario Estampa y de El Adelantado de Segovia, y de quien también realizaría un busto en mármol gris de Toledo-, manifestaba sin pudor: “En este instante, siento por mí mismo una lástima infinita, porque sospecho que no voy a poder deciros en cuatro palabras sencillas lo que significa en estos momentos, esencialmente dolorosos en mi vida, el calor que me prestáis”.

El escultor sigue trabajando. Su situación personal se restituye. En noviembre de 1931, la prensa madrileña recoge la presentación de los monumentales Osos polares, un grupo de talla directa en granito encargada por el financiero vinculado al Banco Urquijo, Valentín Ruiz Senén. La obra fue expuesta en el Retiro de Madrid.

Pero otra vez la diosa fortuna le fue adversa. El martes 22 de diciembre de 1931, El Adelantado de Segovia titulaba en su primera página y con grandes caracteres: “El escultor segoviano Barral, gravemente herido por unos atracadores. Le exigieron dinero y el artista se defendió valientemente”. Vivía entonces Emiliano Barral en Madrid. En el pasaje de Romero, 10. Cuando se dirigía a su domicilio a las diez de la noche del lunes 21 de diciembre, dos individuos le salieron al paso en la calle Modesto Lafuente exigiéndole el dinero que llevaba encima y amenazándole con una pistola. Barral se resistió. Imperó su carácter indómito antes que la prudencia. Dispararon dos veces, alcanzándole una de las balas que quedó incrustada en la axila. Fue el doctor Bastos quien se la extrajo, informaba el decano al día siguiente, indicando la mejoría dentro de la gravedad.

Dispararon dos veces, alcanzándole una de las balas que quedó incrustada en la axila. Fue el doctor Bastos quien se la extrajo

Como el Ave Fénix, volvería a resurgir. Tendría tiempo de concluir dos monumentos. No los cito por orden cronológico. Uno fue el de Pablo Iglesias en el Parque del Oeste (1936), que terminó destruido –en 1979 se recuperaría la gigantesca cabeza, de más de un metro de altura-. Colaboró en este proyecto con el arquitecto Esteban de la Mora y con el pintor Luis Quintanilla. Resaltaba el granito gris de la cabeza frente a la piedra de Gerona del grupo escultórico. Uno de los primeros libros que conozco publicado sobre él tras la Guerra Civil –El escultor Emiliano Barral. Ediciones del Castro. La Coruña, 1965- lleva la cabeza en la portada. Con toda probabilidad no fue entendida la alusión.

El segundo (1935) es el que levantó a la entrada de Riaza por las eras, en la calle que entonces comunicaba el pueblo con la colonia del doctor Tapia. Porque el homenajeado es Antonio García Tapia. Durante cerca de diez años de mi vida, rara era la semana en que no saludase no al buen doctor, sino a la delicada Espigadora que se levanta en el vértice posterior del monumento. Se separa de la línea de Regocijo de volúmenes, otra de las esculturas más expresivas y esquemáticas de Barral. Porque a diferencia del primitivismo de aquella, su figura no es hierática, sino está en movimiento. Creo reduccionista verle aire de realismo soviético. En todo caso, poco casa con la expresionista y minúscula cabeza del doctor, a punto de ser engullida por el pedestal de granito. El tercero de estos monumentos de ciudad había sido el levantado en Aranda de Duero en 1930 en homenaje a Diego Arias Miranda.

Emiliano Barral murió el 21 de noviembre de 1936 en plena Guerra Civil. En el barrio de Usera, en Madrid. Acompañaba a unos corresponsales extranjeros que visitaban la primera línea de fuego en la defensa de la capital. Había organizado las milicias segovianas.

No por ello su figura se diluye con la muerte. En 1937, durante la Exposición Internacional de París, en el Pabellón de España se exponen 18 esculturas suyas. Al cumplirse un año de su muerte, La Vanguardia le dedicó un recuerdo. En 1938, el Congreso Nacional de la Solidaridad emite un sello de 25 céntimos con su retrato. En Segovia, esos dos adalides de la cultura que fueron los hermanos Serrano, Ángel y Jesús, recuperaron su memoria con una exposición de 15 obras del 23 al 30 de junio de 1965 en la Casa del Siglo XV.

Asistieron Pedro Barral –hermano y colaborador de Emiliano y autor de la copia del busto de Antonio Machado que hoy se expone en el jardín de la que fue la pensión de Luisa Torrego- y su mujer Patricia.

Su viuda, Elvira, y su hijo Fernando marcharon a Argentina, en donde vivía el hermano de ella, el ceramista Fernando Arranz. Después deambularon por América y Europa. Fernando llegó a dirigir un instituto de psiquiatría en Cuba.

En el entierro de Emiliano, Antonio Machado leyó el poema que le había compuesto, posiblemente en Sepúlveda, en agosto de 1922, incluido en Nuevas Canciones (1924). Su última estrofa dice: “Dos ojos de un ver lejano,/ que yo quisiera tener/ como están en tu escultura:/ cavados en piedra dura,/ en piedra para no ver”.

Sería pretencioso dedicar este artículo al maestro Antonio Linage Conde, “con quien tanto quiere” el autor. Sí, al menos, debo insistir en el recuerdo de su obra y en la de su padre, Antonio Linage Revilla, amigo de Emiliano Barral, de quien está cerca el centenario del comienzo de sus colaboraciones en El Adelantado de Segovia.

Pintoresco bohemio

Quien deambule por las páginas periodísticas dedicadas a Emiliano Barral encontrará referencias continuas al carácter y al aspecto del escultor. Diríase que él mismo gustaba remarcar su aspecto “bizarro”, “rudo”, temperamental. Espíritu libre, mujeriego, anarquista, socialista, el monumento a Pablo Iglesias, y en especial el grupo escultórico de los Obreros, no satisfizo ni a derecha ni al Mundo Obrero, órgano de comunicación del Partido Comunista de España.

El Adelantado de Segovia abría el 12 de enero de 1928 su edición con un artículo titulado: La pintoresca bohemia de Emiliano Barral. Era ya el sepulvedano un escultor reconocido, a un año de celebrar su exposición individual en Madrid. Lo reconoce el cronista. V. Sánchez-Ocaña:Sería grotesco que yo intentara ´descubrirles` a ustedes al gran escultor segoviano”. A continuación define al personaje: “Este Barral no es el tipo de artista que uno está acostumbrado a ver en los cromos y también en las tertulias. Con sus maneras un poco brusca, su lenguaje desaliñado y expresivo, su sombrero y su garrote, parece un labriego”.

En la entrevista se perfila el personaje a través de su “dilatada” vida (en ese momento tenía treintaiún años): a los quince años ya era revolucionario. Para propagar la revolución social viajó con un portugués de nombre Cruceiro –que había aterrizado en Sepúlveda- a las minas de Riotinto, en Huelva. Detenido, pasa una temporada en la cárcel. Vuelve a Sepúlveda para marchar después en bicicleta a Valencia, en donde se enamoró de una estrella de varietés, “La bella españolita”, con la que se fugó a Barcelona de polizones en un barco. Allí terminó de comerse, junto a la artista, el dinero que había arramblado de la familia sepulvedana. De ahí a París, también de polizón, esta vez con menos suerte. No paso de Lyon. Otra vez breve estancia en la cárcel. Libre, llegó con veinte céntimos a la capital francesa, que se gastó en un pispás en un desayuno. Consecuencia: dos días sin comer, durmiendo en la calle. Al final, fue el consulado español quien le ofreció trabajo como obrero cantero. No aguantaría porque era muy bohemio para desarrollar un oficio, cosa no propia de un artista. Pero ya no abandonaría la relación con la piedra.

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