Jose Ortega y Gasset
Ortega y Gasset.

La Generación del 14 pasa a la acción. Asume el papel que en los días previos a la Dictadura de Primo de Rivera había adoptado casi en solitario Miguel de Unamuno. La crisis intelectual del 98 encauzó sus aguas por caceras distintas, paralelas a la acción política directa. Es ahora, tras la agonía de una dictadura que certificó ella misma la debacle política de la España de la Restauración, cuando los intelectuales saltan de manera decidida al escenario político. Encabezados por Ortega. Asumen, desde su consideración de élites, el papel que la burguesía española había desechado en el siglo XIX. La burguesía se incorporó como clase a una oligarquía que boqueaba decrépita, apropiándose de las tierras salidas a subasta en las distintas desamortizaciones decimonónicas; y se retiró a su cuarteles de invierno; e inmovilizó capital en solares e inmensas propiedades rústicas; y dejó la iniciativa política a militares con más arrojo que capacidad, pero garantizadores del orden social que hacía posible minúsculos cambios para que nada cambiase. Galdós lo plasmó en sus novelas.

Primo era el último de una larga dinastía de botas y sable. A su caída, los viejos partidos de la Restauración sobrevivían del naufragio, alejados ya del fraude electoral –su gran salvavidas- y sin el apoyo del Rey. Los nuevos grupos republicanos no pasaban de un estado embrionario, y los socialistas se debatían en una división interna que venía desde los años de su colaboración con Primo, aunque gozaran de una buena organización sobre la base de la UGT. Pero la división entre Besteiro, Prieto y Largo Caballero hará a la postre naufragar un proyecto que no había aprendido del The labour party inglés el valor de la unión.

Ante ese panorama, los intelectuales toman la batuta. Y Ortega se convierte en su adalid. Ya se había anunciado en La España invertebrada (1924) y en La rebelión de las masas (1929), pero es en La redención de las provincias y la decencia nacional –artículos escritos de 1927 a 1930 y publicados como libro el 31 de marzo de 1931, al poco de su mitin en Segovia-, en donde aparece claramente expuesto su ideario: “El tipo medio de español al uso no hace posible la construcción de un pueblo bien dotado para los retos que los tiempos nuevos imponen”, escribe. Resultaba pues “forzoso reformar el modo de ser de ese español”. Esa era la labor del intelectual ante el guirigay político que se observaba en la época. Leamos a Ortega: “Para mí, la función sustancial que hoy tienen política y Estado en España es ésta: contribuir con su formidable maquinaria a crear un español más activo, más capaz, más despierto”.

“¿Dónde está el gran número de españoles? Evidentemente, en las provincias”

Y ese español medio, según Ortega, se encuentra en las provincias, en donde “la nación (…) está”. “Hablar de tipo medio es hablar del gran número. ¿Dónde está el gran número de españoles? Evidentemente, en las provincias. Consecuencia: el pensamiento político tiene que comenzar por plantearse el problema de nuestra vida provincial. A mi juicio, en él hinca la raíz de toda posible mejoría, por lo mismo que en él se esconde la raíz de las pasadas desventuras”. Eso explica bien a las claras su elección de Segovia para hacer pública su Agrupación al servicio de la República.

Obviamente esa mejoría conllevaba un cambio no solo de régimen político, sino también de comportamientos sociales arraigados. No contaban los intelectuales con la feroz oposición que se iban a encontrar en unas provincias todavía ancladas en modos pretéritos y en donde la burguesía era alérgica a todo cambio. Ello se hizo evidente en el trato que periódicos como El Adelantado dio a las propuestas de los intelectuales. Y, en concreto, al acto del 14 de febrero de 1931, tan alejado del que le propició a Miguel de Unamuno el 24 de febrero de 1922.

De esos polvos devinieron los lodos que compusieron la aversión a los intelectuales que alimentó el odio de los sublevados en 1936. El “muera la inteligencia”, se dijera o no la expresión, bebe de estas fuentes. Poco duraría también la ilusión reformadora en el ánimo de los intelectuales. El 6 de noviembre de 1931, cuando la discusión sobre la nueva Constitución de España concluía, Ortega pronunció en Madrid –esta vez sí- una conferencia en la que se distancia del camino emprendido por la República. “Han bastado siete meses para que empiece a cundir por el país desazón, descontento, desánimo, en suma, tristeza”, dice. El acto se desarrolló tres días después de escribir Un aldabonazo, publicado en Crisol y en donde se recogía su célebre frase “No es esto, no es esto. La República es una cosa. El ‘radicalismo’ es otra”. Su república de “puro ensueño”, como la calificó Francesc Cambó tras la reunión con el filósofo en su despacho del Hotel Ritz a finales de 1930, se desmoronaba. A la conferencia de Madrid asistieron, entre otros, Azorín, Marañón, Unamuno e Ignacio Zuloaga. Su posterior comportamiento ya es conocido.