Fue uno de los hitos que tiñó de negro la historia de España. Han transcurrido más de ocho décadas. De ahí que la Guerra Civil española (1936 – 1939) y la posterior dictadura franquista (1939 – 1975) se hayan abordado ya desde todo tipo de ángulos. Pero, por extraño que parezca, todavía hay algo que queda por explorar a fondo: la literatura infantil y juvenil española de aquella época. Es este el eje sobre el que gira el nuevo libro de la doctora y profesora de Lengua castellana y Literatura en la Universidad Autónoma de Madrid, María Victoria Sotomayor, ‘Literatura infantil y juvenil del exilio republicano de 1939’, que presenta este viernes a las 19:00 horas en la librería ‘Diagonal’ de Segovia.

Sus convicciones antifascistas y su lealtad a la legalidad empujaron a un buen número de escritores a dejar atrás sus raíces. La segoviana, junto con Berta Muñoz, ha tratado de recuperar el rico caudal de obras que escribieron en sus países de acogida quienes, con anterioridad a la guerra, emprendieron la renovación de la literatura infantil española y, poco después, fueron empujados al olvido más absoluto.

— La literatura infantil y juvenil, en pleno apogeo en los años 30, ¿para en seco ante el exilio de parte de sus impulsores?

Los autores que tuvieron que irse fueron los que más dedicación y aportación habían hecho a la literatura infantil en el periodo republicano. Es el caso de Elena Fortún, que tiene una gran vinculación con Segovia, Antoniorrobles, María Teresa León, Alejandro Casona, José Moreno Villa o Salvador Bartolozzi.

Quienes empezaron a escribir para niños en los años 30 hicieron algo renovador con el pensamiento regeneracionista, con todo lo que marcó la Institución Libre de Enseñanza y las Misiones Pedagógicas, y dentro del movimiento de las vanguardias.

— ¿Qué supuso que los exiliados fueran los que, a su vez, habían encabezado la renovación de la literatura en España?

Eso fue un drama porque justo los que estaban a la vanguardia de la literatura infantil, fueron los que se marcharon y continuaron su producción fuera, mientras que aquí no quedó prácticamente nada. Hasta que aparecieron nuevos autores a partir de la mitad de los años 50, el panorama era muy desolador.

—Como contrapartida, ¿contribuyeron a la regeneración de la literatura en el extranjero?

Cuando salieron, las circunstancias eran muy distintas, estuvieron en otros contextos, países… Y era muy difícil mantener la línea innovadora porque habían perdido su suelo aunque, en algunos casos, continuaron con su espíritu renovador. Por ejemplo, en Buenos Aires, Rafael Dieste y su mujer Carmen Muñoz crearon dos colecciones muy importantes de divulgación de los clásicos para niños. La manera en la que lo hacían respondía a los principios de la Institución Libre de Enseñanza.

— ¿Todos tenían una vinculación previa con la literatura infantil?

Entre los que se fueron había dos clases de autores. Unos ya habían escrito para niños en los años 20 y, sobre todo, en los 30, que fueron muy ricos y productivos para la literatura infantil en España. Hubo escritores muy conocidos que le dieron un gran empuje a esta producción.

Cuando estos se fueron al exilio a América Latina, Estados Unidos o Europa, sobre todo los que estuvieron en México, como allí ya eran conocidos, tuvieron la oportunidad de continuar con su creación, como Alejandro Casona con el teatro.

Había quienes no habían escrito antes para niños y se decidieron a escribir para ellos porque, en muchas ocasiones, escribían para sus hijos o nietos y estaban relacionados con editores o revistas vinculadas a la infancia en sus países de acogida.

Entre la censura y el olvido

— Como dice en el libro, este panorama de la literatura le fue vetado a los niños españoles.

Claro, porque fue lo que escribían los exiliados. Los libros de esos autores tenían muchas dificultades; algunos ni siquiera se intentaron publicar, otros tuvieron problemas para su difusión o fueron modificados, y muchos se prohibieron, como ‘Celia en el colegio’, de Elena Fortún.

A partir del 39, los niños españoles no conocieron o tuvieron muchas dificultades para conocer la literatura de sus autores que se estaba haciendo en otra parte. Por eso decimos que les fue vetado. Lo que queremos con este libro es recuperar a toda esa gente y sus creaciones, que son parte de la historia de la literatura española.

— Y los escritores que se quedaron debían evitar la censura.

En los años 40, aunque también en los 50 y parte de los 60, en España lo condicionaba todo la censura. Los escritores que se quedaron debían hacer una literatura muy sometida al régimen y a las normas que imponía la censuraque se aplicaba a todo tipo de publicaciones y de creaciones. En el caso de los niños, como estaba en juego la educación, esto tenía una especial importancia. Era una literatura muy escasa, poco innovadora, con unos temas bastante alejados de lo que eran en realidad los intereses y gustos de los más pequeños.

— Esos autores que fueron silenciados, ¿siguen en el olvido?

Fueron ocultados, silenciados y se impidió el conocimiento y la difusión de su obra. Se hizo una purga de las bibliotecas públicas y escolares donde estaban sus libros.

Desde que empezó la Transición, se dio inicio al proceso de recuperación de algunas de sus obras, aunque este ha ido muy lento y hay muchas que son absolutamente desconocidas todavía. Se está reeditando toda la obra de Elena Fortún. De Antoniorrobles, que volvió a España en 1964, no se había publicado nada de él en todo ese tiempo, era casi desconocido y en México fue una autoridad.

— Por tanto, ¿no ha sido sencillo rastrear esa huella?

Ha sido muy complicado, es un asunto difícil. Es una literatura que, como no ha sido considerada de mucho valor, muchas veces no se ha conservado. Tuvimos que traer ejemplares que estaban en Estados Unidos, buscamos en librerías de viejo de España y otros países…

— ¿Su migración influyó en los temas que abordaban?

Los temas y la forma de escribir estaban a medio camino entre continuar con lo que se había hecho en España y adaptarse o responder a su nuevo público lector. Muchos optaron por recurrir a temas más fantásticos, legendarios o relacionados con el folclore. Publicaron cosas vinculadas con personajes históricos, con lo que ellos vivían como si fuesen sus raíces.

— Lo cierto es que esas no eran sus raíces. ¿Lograban adaptarse con facilidad?

Algunas veces, cuando trataban de hacer una literatura más realista, más referida al sitio donde estaban o de dónde habían partido, se le planteaban problemas, y ahí es donde tuvieron que realizar adaptaciones, como hizo Elena Fortún, que había creado a sus personajes con la vida cotidiana del Madrid de los años 30. Cuando llegó a Argentina, intentó adaptar su literatura, hasta en el lenguaje, y no tuvo éxito porque era de familia madrileña – segoviana.