Soportal, plaza de Martín Muñoz.
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Pese al declarado propósito de ruptura representado por las Comunidades de Castilla y la implicación de la ciudad, su derrota no implicó el cese de la presencia de Segovia y los segovianos en el Consejo Real, el organismo encargado del gobierno y la justicia suprema en la Castilla moderna. Si el licenciado Pedro de Medina Garciavela fue nombrado para el mismo a poco de aplacado el movimiento, en plena adaptación del organismo a las demandas administrativas de los alzados, el testigo fue recogido unos años después por el licenciado Francisco de Montalvo. Con él se inició una serie de destacados personajes que, llegados al Consejo tras una ardua carrera, pusieron de manifiesto desde el organismo la influencia de Segovia en la construcción de la Monarquía Hispana, en un periodo de importancia fundamental para ella, las décadas centrales del siglo XVI. Un tiempo en que se manifestó, también, un duro enfrentamiento entre distintos grupos de poder en la Corte, dirigidos por poderosos patrones. La administración y la política formaban entonces un conglomerado de difícil distinción.

Las primeras etapas de su carrera

El licenciado Francisco de Montalvo nació en Martín Muñoz de las Posadas en 1495. Incorporada la localidad al concejo de Segovia desde mediado el siglo anterior, pero dependiente en lo eclesiástico del obispado de Ávila, su ubicación próxima a Arévalo propició una permanente influencia de esta villa en la vida social y económica de Martín Muñoz, si se considera, además, la inexistencia en las edades medieval y moderna de los marcados límites representados por las circunscripciones provinciales propias del Estado Liberal. Una manifestación de tal relación fue el arraigo en Martín Muñoz de los Montalvo, uno de los cuatro linajes con ese apellido presentes en Arévalo. Colegial de San Bartolomé en Salamanca, se licenció en Cánones y pasó a ocuparse de una cátedra de esta materia en la Universidad, tarea a la que se añadió en 1532 la de juez metropolitano del arzobispado de Santiago en Salamanca. Este cometido hizo patente la protección recibida de Juan de Tavera, poderoso patrón cortesano que acumulaba la mitra compostelana a la presidencia del Consejo Real, así como su aptitud para la tarea judicial, que significó su paso como oidor a la chancillería de Granada en 1533.

Pero su acceso a la Corte se debió a Fernando de Valdés, quien sucedió a Tavera en la presidencia de Castilla en 1539. Falto de clientes, impulsado a la presidencia de Castilla solo por el deseo de Carlos V de evitar el monopolio del poder en la persona del cardenal Tavera durante el viaje que emprendió entonces a los Países Bajos, Valdés emprendió un reclutamiento discreto de ministros que le ayudaran a consolidarse en la Corte. El inmediato encargo a Martín Tristán Calvete de una inspección a la chancillería de Granada estuvo relacionado con este propósito y de la misma fue resultado la promoción del licenciado Francisco de Montalvo a la plaza de alcalde de Casa y Corte en noviembre de 1540. No era un mal destino en la Corte, puesto que se convertía así en uno de los cuatro ministros encargados de la justicia y el abastecimiento en ella, entre otras funciones.

La llegada al Consejo Real de Castilla

Una vez en la Corte, el Consejo quedaba más a mano. El 6 de julio de 1544 era publicado el título del licenciado Francisco de Montalvo para el Consejo Real, tomando desde entonces parte activa en la política patrocinada por su Presidente. Con todo, Montalvo mostró una virtud muy valiosa para navegar en el golfo de los negocios cortesanos: la adaptación a una situación política siempre cambiante. Sustituido Valdés en la presidencia por Hernando Niño (1546), se apresuró a recomendarle a su deudo Diego de Espinosa, nacido como él en Martín Muñoz. Una breve referencia genealógica permite aclarar no sólo el grado que unía a Francisco de Montalvo y Diego de Espinosa, sino la señalada integración de Martín Muñoz, Arévalo, y los lugares limítrofes en un espacio común. De hecho, el linaje Espinosa de Martín Muñoz de las Posadas debía su nombre a Martín González de Espinosa, caballero originario de Espinosa de los Caballeros, lugar de la comarca. Una vez radicada la familia en Martín Muñoz, su nieto Pedro de Espinosa tuvo dos hijos, Diego de Espinosa el Viejo y María de Espinosa. El primero casó con Catalina de Arévalo, siendo el segundo de sus cuatro hijos el afamado Cardenal, Presidente de Castilla e Inquisidor General Diego de Espinosa. En cuanto a María, contrajo matrimonio con Juan de Montalvo, natural de Arévalo, cuyo hijo fue el licenciado Francisco de Montalvo. La inmediata designación de Diego de Espinosa como provisor en el obispado de Sigüenza, que ejercía el nuevo Presidente, puso de manifiesto la gran capacidad de mediación de la que por entonces gozaba Montalvo, germen de la fulgurante carrera administrativa de Espinosa, como ha destacado el profesor Martínez Millán.

Desde un principio, los asuntos de los que se encargó como consejero fueron de importancia. Consta que junto con el Doctor Escudero y los licenciados Alderete y Galarza le fue especialmente confiado un sensible asunto indiano, la sentencia contra Hernando Pizarro por haber dado muerte al adelantado Don Diego de Almagro. A su vez, la señalada capacidad de adaptación de Montalvo fue compatible con el mantenimiento de la fidelidad a Valdés. De hecho, una vez nombrado este Inquisidor General (1547), el Emperador trató de superar su reticencia a que ciertos miembros del Consejo Real tuviesen plaza al mismo tiempo en el de Inquisición proponiéndole la entrada en este de sus protegidos, caso de los licenciados Galarza y Francisco de Montalvo. Carlos V consideraba necesaria la asistencia de miembros del Consejo Real en la Suprema, por motivos que definían con paulatina claridad la coyuntura confesionalista que iba afrontando la naciente Monarquía Hispana, es decir, la creciente confusión entre el ámbito temporal y el espiritual propia de ese contexto. Caso del surgimiento en el Consejo de Inquisición de negocios “que tocan a la gobernación del reino”, como eran principalmente el número y las exenciones gozadas por los ministros, oficiales y familiares de la institución en las diferentes ciudades, villas y lugares de Castilla. De esa presencia se esperaba una resolución de los asuntos “en más conformidad de todos”. Por entonces, las diferencias suscitadas en la materia entre los inquisidores de Granada y la chancillería de la ciudad fueron, a ojos del Emperador, motivo adicional para la incorporación de ambos consejeros a la Suprema, especialmente si se tiene en cuenta la experiencia granadina de Montalvo. Aunque terminó incorporado a la Suprema, en marzo de 1550 fallecía, sin lograrse la resolución teórica de estas controversias hasta que una Cédula Real de 10 de marzo de 1553 fijó un número concreto de familiares inquisitoriales según la población de cada localidad.

Un linaje salpicado por la disputa política

En las coordenadas domésticas propias de la monarquía moderna, y al margen de la altura política alcanzada, el licenciado Francisco de Montalvo tuvo el mérito de contribuir a la creación de una red de apoyo mutuo de orden familiar que le sobrevivió y que no se limitó al afamado Diego de Espinosa. Entre los hijos y deudos que dejó destacó Jerónimo de Montalvo, sobrino del cardenal, cuya hija casó con el depositario general don Francisco de Barrionuevo Peralta. Por su parte, su nieto don Gómez de Montalvo, caballero de Santiago, redujo de cuatro a tres las ramas de los Montalvo de Arévalo al casarse con la única hija del licenciado Hernán Martínez de Montalvo, a su vez miembro del Consejo Real. Con el tiempo, esa red formó parte del partido castellanista en la Corte española, heredero de los principios políticos del Cardenal Espinosa, así llamado por la importancia que concedían a Castilla como modelo de organización del conjunto de la monarquía. Tales principios pasaban por la iniciativa dada al poder temporal en el impulso y protección de la reforma católica tras la conclusión del Concilio de Trento. No es de extrañar que, en consecuencia, surgiese un grupo político contrario amparado por la Sede Apostólica, que la crítica histórica conoce como papista, y que en adelante la Corte acogiese una dura lucha política, que no dejo al margen la memoria y el honor del linaje de Montalvo, con toda seguridad por su responsabilidad en el impulso de Espinosa.

Como ha investigado Pedro M. Cátedra, en el año 1577, momento culminante de esa disputa, se publicó sin licencia un pliego suelto impreso de amplia difusión, Caso admirable y espantoso subzedido en la villa de Martín Muñoz de las Posadas, víspera de la Sanctísima Trinidad,…, que los demonios llebaron un mal christiano en hueso y en carne, en el que se describían los últimos y sobrenaturales momentos de un importante letrado que había vendido su alma al diablo por el éxito profesional. Pese a su carácter ficticio, su protagonista recordaba poderosamente a un personaje real vinculado con la familia. Se trataba del licenciado Gutiérrez, abogado nacido en la villa, ejerciente en Segovia, y también fallecido en Martín Muñoz en noviembre de 1576. El pliego motivó la denuncia de Bernardino de Montalvo, padre de Gaspar Gutiérrez de Montalvo, heredero del licenciado. Cabe interpretar esta publicación en el contexto de la disputa política cortesana, que no tardaría en desembocar en la detención del famoso secretario Antonio Pérez. Y autorizaba a echar calumnia y descrédito sobre el oponente, especialmente si permitía crear sospechas en el orden religioso, campo en el que los castellanistas presumían de radicales defensores de la ortodoxia.

Si el licenciado Francisco de Montalvo obró con éxito para proyectar su entorno local y familiar en la Corte, principalmente en la persona de su conterráneo el licenciado Diego de Espinosa, este llegó a absoluto dominador de ella mediante la imposición de una política confesionalizadora. Los límites de la misma, relacionados con la rigidez con que fue aplicada, obligaron a Felipe II a encomendar su corrección al afamado jurista y eclesiástico Diego de Covarrubias, quien, si bien no era de cuna segoviana, afrontó el encargo mientras era al tiempo obispo de Segovia. Por consiguiente, tres personajes profundamente relacionados con Segovia tuvieron por entonces un protagonismo destacado en el retablo cortesano, hecho que invita a dedicarles una serie de breves semblanzas desde las páginas de El Adelantado, iniciada con la presente.
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(*) Investigador (IULCE-UAM/CEDIS-UNL).