Riccardo Muti dirige en una sala vacía un gran concierto teñido de esperanza. EFE
Riccardo Muti dirige en una sala vacía un gran concierto teñido de esperanza. EFE

La vida está marcada por símbolos y por ritos. Los primeros nos hacen sobrevolar sobre nuestra condición de seres mortales; los segundos nos inmiscuyen en el continuo retorno, una particular manera de superar el imparable paso del tiempo. Los símbolos y los ritos están impresos en la naturaleza humana; son algo más que costumbres sociales atávicas.

Uno de los ritos para algunos de nosotros es el Concierto de Año Nuevo en la Sala Dorada del Musikverein. Durante décadas, y de manera inútil, nos hemos repetido por estas fechas que no volvía a pasar una nueva convocatoria sin sentar nuestros reales en esta sala historicista de estilo rococó, con estípites bañadas en pan de oro, techos bordeando el kitsch y esgrafiados con grutescos en las pilastras y en los tapices de los palcos. Tan del gusto del emperador Francisco José I. Los austriacos tienen un barroco esplendoroso, pero cuando se pasan en el ornamento están a punto de echarlo todo a perder; y más cuando intentan mezclarlo con un clasicismo que bebe en las fuentes estéticas de Roma y de Grecia, pero empeorando el original. No es de extrañar que el genial arquitecto Adolf Loos titulara su manual de estilo “Ornamento y delito”. Paradójicamente, uno de los ballets que ilustraban el concierto de ayer –con coreografía por segundo año consecutivo del español José Carlos Martínez– tuvo como escenario los interiores del Looshaus (1911), un magnífico antecedente del racionalismo arquitectónico, levantado enfrente de las habitaciones que en el Palacio Real ocupaba Francisco José, que cada mañana debía de rabiar ante tal sinfonía de líneas rectas desnudas.

La Dorada goza en todo caso de una acústica excepcional. Ya en su construcción a finales del siglo XIX –se inauguró el 6 de enero de 1870- se buscó la excelencia sónica. El techo de madera está colgado de los forjados, lo mismo que la tarima hace con respecto al suelo. Estos espacios huecos funcionan como caja de resonancia, dando a las interpretaciones de la Filarmónica de Viena un colorido musical especial. Solo he oído cosa igual en la Concertgebown, de Amsterdam, y en la maravillosa Firlarmónica de Berlín, en el Tiergarten, aunque en esta última el concepto de espacio sea diferente. Scharoun construyó de dentro hacia fuera en Berlín, dejando la música en el patio central; pero en Viena, ya se ha dicho, a pesar de la cuadratura escénica el sonido es excepcional.

Hoy lo ha debido de ser más, dado que la sala estaba vacía, hecho insólito en la historia de conciertos de Año Nuevo. En lo demás se han repetido los mismos tics de convocatorias anteriores. Faltaron las habituales bromas de los directores. Ricardo Mutti, el excelente director napolitano –sexta vez- no es de por sí muy amigo de las charadas, pero en las polcas de ritmo trepidante se echó de menos la reacción excitada del publico una vez concluido el último acorde. Se percibió, no obstante, la variedad de instrumentos con los que la orquesta, en un ejercicio naturalista, imita el canto de los pájaros, y en el Galope veneciano, op. 74, de Johann Strauss padre, hicieron acto de presencia unas castañuelas, algo que rompía sin duda con la ortodoxia.

Fueron excelentes la Obertura de “poeta y campesino”, de Franz Von Suppè, con el chelo –qué precioso instrumento lucía el profesor vienés que lo interpretaba-, el clarinete, el fagot y la oquedad colorida del arpa. Excelente me pareció el tempo y la solemnidad del Vals del Emperador, op. 437, con el chelo abriendo y anticipando el final de la composición, en compañía entonces de la flauta travesera, del metal y de la percusión. Solo con estas dos piezas hubiera valido el concierto de hoy, demostrando que la belleza, es decir, la cultura, se reserva un lugar que permanece indemne a los estragos anímicos de la pandemia.

Pero faltaba En el bello Danubio azul, op. 314, de Johann Strauss hijo. Mutti volvió a dejar su huella, imprimiendo al vals un tempo lento, en ocasiones pianissimo, y siempre majestuoso, moderando en determinadas escenas la presencia del metal frente a otros instrumentos de viento, como la flauta travesera.

La fanfarria, que Strauss padre compuso con el nombre de Marcha Radetzsky, op.228., evidenció sus limitaciones sin la coreografía de palmas. No me voy a contradecir. Ya sé que es otra tradición. Como es un rito este concierto. Atípico este año pero convertido en la batuta de Ricardo Mutti en el mejor de las últimas décadas.