Eugenia Manzanera durante la función que ofreció el sábado por la tarde en el Teatro Juan Bravo. / E. A.
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En las artes escénicas, como en la vida existen las personas llave; esas que, en sus palabras, en sus gestos, en su personalidad, cuentan con los recovecos exactos para abrir la puerta a algo; a la risa, a la calma, a la discusión, a las lágrimas… a cualquier cosa. Ayer por la tarde, el Teatro Juan Bravo de la Diputación pudo comprobar cómo Eugenia Manzanera es una artista llave; llave de historias. Algunos entre el público ya lo sabían, ya conocían a Eugenia de convocatorias anteriores y no quisieron perder la oportunidad de verla de nuevo abriendo la puerta a relatos que se conocen y a otros que no; por eso, no quisieron faltar al Juan Bravo, a pesar de ser tarde de cine, más que de teatro y escogieron cara, antes que Cruz y Banderas.

Pero, ¿qué hubiera pasado si ese centenar y medio de espectadores hubiesen elegido el sofá antes que las butacas y la alfombra roja antes que el telón rojo? Pues que se habrían perdido a Eugenia Manzanera abriendo con gracia y destreza de humorista, narradora y clown, cada una de las puertas a los diferentes cuentos que ayer se fueron subiendo con ella al escenario. Que se habrían perdido un destino que, sin despertar la felicidad que conlleva ganar la lotería, sí trajo alegría y carcajadas de principio a fin. Que se habrían quedado sin conocer la suerte escondida en un envoltorio de galleta china. Y no es ningún cuento chino.

Desde el principio, todo el espectáculo de la artista salmantina fue un ‘ocaraocruz’; una invitación al destino a jugar y a elegir al azar. Desde el principio, Manzanera se lo jugó todo al ánimo de los asistentes por contribuir al espectáculo. Y le salió bien. Muy bien; lo que demuestra una vez más, que el público segoviano también es consciente del cambio climático. Antes de que diese comienzo la cita con las tablas, Eugenia Manzanera, con una extraña falda de cancán abierto y diseño inacabado, se paseaba por el patio de butacas conversando con aquellos que ya ocupaban su localidad. Daba la bienvenida a los más rezagados y compartía con los presentes sus impresiones sobre la fortuna. Saludaba desde la distancia a quien había preferido el palco y decidía echar una Primitiva imaginaria pidiendo números entre el público. Así, antes siquiera de haber comenzado, ya lo tenía en su bolsillo. La llave ya estaba en la cerradura y tan sólo hacía falta una pregunta más para girarla, “¿Qué coleccionáis vosotros?”.

Tras esta pregunta llegó toda una colección de historias, aunque sin duda, la que más gustó entre los asistentes fue la versión comentada y picante de ‘Barba Azul’. Manzanera, consciente de la ama de llaves de historias que es, abrió y cerró voces, giró el pomo de la narración y susurró, pegó portazos a los finales y los cambió e incluso, sin mucho esfuerzo, consiguió que el público le acompañase a pronunciar la contraseña secreta hasta en dos ocasiones para abrir la puerta a nuevas historias. Primero fue repitiendo eso de que “cada cual que atienda su juego” y después, insistiendo en que “la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola”. La luz se encendió después de una hora y media de cuentos y, con Manzanera paseando de nuevo por el patio de butacas, repartiendo galletas, los espectadores del Juan Bravo prestaron su color y su calor.